Segunda Etapa

12 septiembre 2020

En la noche del Juicio Final, los vigilantes estaban dormidos. No escucharon ninguna de las siete trompetas, ni el ruido de los truenos ni vieron los relámpagos. El teniente de guardia, además, estaba borracho. Pues, eso, Tulio: en los tiempos del coronavirus nos tocó en suerte un gobierno de incompetentes. En una tribu bien organizada, el hechicero llamaría a los ancianos y los pondría a concertar soluciones. Pero el brujo de la hora presente decretó el confinamiento y escanció la copa de la autocomplacencia. Los ancianos perecieron dentro de la choza

De “Liviandades”

El hortelano se ha propuesto reanudar su cuaderno, tantos años suspendido por culpa de otros devaneos. Y lo ha decidido esta mañana de finales de verano viendo a la gente de su pueblo enmascarada. Por ejemplo, en casa ya sabemos lo que es un “mascarillero”. O ¿de qué otro modo llamar a esa tabla en la que cuelgan 13 alcayatas previamente asignadas a cada uno de sus habitantes? Nuestra casa, aunque solo conserve la noble fachada y la toza, se ha convertido en refugio sentimental al que recurrimos para reconocernos como descendientes de un territorio apartado que todavía mantiene algunos atributos centenarios. No olvidarás el nombre de quien dirigió con sabiduría y generosidad su reconstrucción, y todavía lamentas no haberlo incorporado a un azulejo para que, al menos quienes nos sucedan, lo recuerden. Hace sólo unos días, alguien en el Altozano añadió un nuevo capítulo a la historia de la casa que habitas. En ella residió y tuvo taller un maestro orive llegado de Portugal para distribuir a sus hijos por los pueblos de la vecindad, todos ellos expertos en el arte de labrar la plata para engalanar a las campesinas de la comarca. “En tu casa nació mi abuelo porque allí su padre tenía el taller de orive”. Cuando la pandemia arreció en la pasada primavera, un anciano se escabulló de la residencia de mayores y a la hora de siesta lo encontraron aldabeando en la puerta. Los vecinos le reprendieron y él respondió que aquella era su casa y buscaba a su madre. Murió de coronavirus, pocos días más tarde. Me cuentan que procedía de familias de orives y, cuando niño, residió en esta casa. Habían pasado tres cuartos de siglo pero su cerebro seguía orientándole a “su” casa y a su madre. Si, como parece, la práctica de la filigrana en metales preciosos era oficio de judíos y en la toza de la chimenea está esculpido el árbol de la vida, díganme a mí por qué no puedo presumir de que la casa en la que ahora cuelga un “mascarillero” moraron judíos y que, tal vez por ello, en la ventana del dormitorio luce la cruz de los cristianos con el anagrama de Jesucristo. “Excusatio non petita…, acussatio manifesta”

  Has decidido reabrir la alacena de impertinencias cuando la mujer del vendedor de piñones y orégano te ha dicho con el noble acento campesino de esta tierra: “ya viénis del huertu; siempre acarreandu, como las jormiguinas”. Tal vez en la escuela a la mujer del vendedor de orégano le enseñaron la fábula de aquel poeta griego al que sus paisanos despeñaron por las rocas acusado de sacrilegio. Y debes confesar que la pertenencia a la tribu de las hormigas no te ha defraudado porque las “jormiguinas” debíamos ser especie a proteger entre tanta muchedumbre verbenera. Te ven ir y venir cada mañana, cada tarde, del huerto a casa y de casa al huerto con tanta frecuencia, ahora con una carretada de tomates, con el cubo de los huevos o con un ramo de hortelana y perejil como hoy es el caso. A veces te ven también con una brazada de rosas o de bulbos cuando se avecina la primavera. Pero la mujer del vendedor de orégano no sabe que lo que buscas con tanto trajinar de casa a la huerta es el acarreo de emociones primitivas -estas sí- en trance de desaparición.

El perejil y la hortelana -del huerto a la cazuela- sirven para sazonar un condumio de escasa reputación: la morcilla morenga. Tengo para mí que es una reliquia de mis antepasados árabes o judíos. La morenga está hecha con los entresijos, tripas y callos del cordero, además de cebolla, sal, perejil y algo la propia sangre del cordero. En un territorio en el que cerdo era y es el tótem de la cocina, es fácil entender la razón de que esta morcilla esté ayuna de los ingredientes cristianos. ¡Qué fantástica discriminación: morcillas cristianas de cerdo frente a morcillas judías o musulmanas de cordero! No me cabe duda de que la morenga está aquí desde que los árabes habitaban el castillejo o los judíos tenían sinagoga a dos pasos de donde, esta mañana, te has embebido hablando con el carnicero artesano de esta delicia gastronómica, al menos para quienes amanecimos inoculados de estos sabores ancestrales. Por si alguien se siente tentado a probarla, dos consejos básicos: cocción lenta junto a un trozo de cebolla y un ramo de hierbabuena. Mientras dure la cocción, cierre la puerta y abran de par en par la ventana. Con este perfume espeso, el rabino recitaría la Torá y el imán versos coránicos.

De regreso con el botín de las morenga, has reparado en la casa en la que vivió el hortelano que ayer enterraron. Era un hombre enjuto siempre con el cubo al brazo, otra “jormiguina”, presto siempre a la broma y con el que te gustaba conversar en la huerta cuando iba a recoger restos vegetales para sus gallinas. Por cierto, nunca llegaste a confirmar su teoría sobre la categoría superior de los huevos de gallina alimentada con restos de hortalizas. En esa casa que esta mañana sufre la ausencia de quien la adquirió con los ahorros de la esforzada emigración a Alemania, anduviste tú de niño aprendiendo los rudimentos que te sirvieron para aprender el oficio de las letras. La recuerdas aunque haga medio siglo que no la frecuentas. A la entrada, un zaguanillo; una estancia a modo de despachito, a la izquierda; a la derecha, el comedor y el dormitorio y, de frente, un pasillo hacia el corral y el establo. Tal vez la última vez que cruzaste el umbral fue para velar el cadáver del familiar muerto.

¡Las casas de los pueblos! Esas casas por las que ahora suspiran las gentes de ciudad para curarse del confinamiento urbano. ¡Cuántas veces has soñado con hacer un libro con la historia de las casas de los pueblos! Un libro que contara las peripecias de sus moradores en todo lo que la memoria alcanzase. Historias de vivos y muertos, de sucesos de gloria y de desgracias. En estas casas parían las mujeres de generación en generación y morían los hijos de sus hijos. Sus paredes conservan la huella del grito de la parturienta y el gemido de las muertes. Por supuesto, las risas de los niños y el rumor de las canciones campesinas.

 Con poco esfuerzo y colaboración podrías identificar las casas que habitaron tus abuelos y los abuelos de tus abuelos. Te sorprenderías de las historias que guardan estos muros como si de un cofre surgieran mercaderías asombrosas. A veces te has sorprendido, al tiempo que vas por una calle, recordando quiénes fueron los moradores de esta o aquella casa, y, como es larga ya la memoria, reconstruyes con visión panorámica la historia de un tiempo y de unos personajes mucho más sugerentes que los que ahora vemos enmascarados por la calle; que no es lo mismo un personaje tramitando el paro en la ventanilla el subsidio que un labriego aparejando las bestias para hacer la sementera. No me pidas, amigo Tulio, que compare la dignidad de aquel campesino con el infortunio de quien no tiene trabajo.

Pero ya nunca podrás hacer la historia de la calle Braceros como si fuera el relato de un nuevo Macondo, comenzado por la casa del maestro desvariado que vivía con una hermana tarada, o esa otra de la dos hermanas enclaustradas que nunca salían a la calle, o la siguiente con una saga de otras tres hermanas y un varón, una especie de gineceo, perfectamente jerarquizado, y la siguiente en la que vivía la última plañidera que tomaba asiento junto a la viuda para rezar tan pronto expiraba el muerto y sollozar tan alto como fuera el estipendio. La casa de la mujer a la que prestaban el chorizo o la morcilla para adobar los garbanzos de los pobres y desgrasar el cocido de los ricos. Pero ya no tienes tiempo para hacer el relato de las casas, muchas de ellas cerradas o en venta, en las que vivieron sagas familiares cuya memoria se desvanece. Casas a las que ronda la piqueta ignorante y asesina. Cuando derriban una de estas casas, sepan que están destruyendo la memoria compartida, el vínculo que nos une y nos cohesiona. Por eso te dio un ataque de ira aquella mañana cuando descubriste que una maquina comenzaba a derruir una de las casas blasonadas de la calle Pedro Díaz y te quisieron consolar diciendo que luego colocarían el escudo en la nueva fachada recién reconstruida. Tantas casas maltratadas, mutiladas, deshonradas por la ignorancia. Pocas otras cosas te producen más respeto y admiración que una casa centenaria. Así te entretiene y tal vez fatigues a los jóvenes contando las historias de las casas, por ejemplo el valor de estos tus amigos que han recuperado la memoria de alguno de los moradores de casas centenarias que idearon modos de progreso que las guerras y el fanatismo truncaron. En los desvanes han descubierto escritos que, si no los hubiera cubierto el polvo o el olvido, habrían servido para evitar el hundimiento económico de los pueblos. Y soy ingenuo cuando pienso que rescatar la memoria de estos hombres notables ayudará a despertar el genio de quienes todavía pueden soplar el rescoldo del talento de quienes trataron de inventar nuevos sistemas de bienestar antes de que los pueblos, mi pueblo, termine por convertirse en pavesa de un tiempo que ya no existe. Los pueblos, estos pueblos de secano y de modorra, serán a no tardar espacios condenados a la desaparición si alguien desde fuera no los salva. Carecen de toda posibilidad de regenerarse por sí solos.  ¿Quién se atreve a decirles a mis vecinos que este pueblo, y tantos otros como este pueblo, perviven gracias a los recursos ajenos? Si no se hubiera inventado la estructura de solidaridad de la vieja Europa, hoy crecerían ortigas junto a los muros de los templos.  Y no hace tanto tiempo que estas cosas ocurrieron…

Por la tarde, te has sentado junto al limonero del rincón en el que hace veinte años colocaste un azulejo con los versos de JRJ, aquellos de la más dulce melancolía escrita en versos, los que dicen que el canto de los pájaros sobrevivirá aunque el pueblo se hará nuevo cada año. Al poeta le gustaban los atardeceres y es conocido que se disponía cada día a presenciarlos con recogimiento y solemnidad. Estas tardes de finales del verano son las más silenciosas del año. Son tardes poco sólidas, casi evanescentes, presintiendo la vecindad el otoño, propensas a la melancolía y también al pensamiento más substancioso. Si estás atento, oirás el lejano graznido de una pareja de cuervos camino de los pinares. No hay pájaros cantando. Ni siquiera escucharás la algarabía con la que los vencejos despedían los atardeceres del verano. Estarán ya en remotos territorios a la espera de que la rueda de las estaciones los empuje de nuevo a los lugares donde anidaron. Recuerda que celebraste en la primavera, en la ciudad confinada, la llegada de los vencejos acreditando que el mundo no había terminado. Volverán los vencejos, Juan Ramón, y tú seguirás presente. Traerán bajo el ala la noticia de que el virus ha sido al fin confinado.

UN PRODIGIO EN EL GALLINERO

 

4.6.18.- Como ha sido año de lluvias copiosas, las callejas parecen jardines asilvestrados que sirvieran para exhibir lo que la propia naturaleza es capaz de producir sin intervención de los hombres. Si el hortelano no tuviera los tiempos tan marcados, no dudaría en hacer, aunque nada más fuera para autoconsumo, una guía de las flores de calleja. Y así podría dar el nombre a cada una de las plantas que, esta mañana, lucen más que un jardín de nobleza. Mira estas parcelillas de amapolas que han salido en la hendidura del asfalto de las últimas casas del pueblo. Repara en el azul de las campanillas, en el amarillo de tantos y tantos jaramagos. ¡Qué gracia aquel puñado de azulinas encaramadas al muro de pizarra! O el color de aquel reducto de musgo adherido al granito, o las malvas que han tejido, allá donde la calleja se ensancha, un fantástico lienzo violeta. Como el sol apenas sobresale de las cumbreras, ya ves cómo alumbra aquel rincón florecido de candilejas. Puedes recorrer y de hecho lo estás haciendo las callejas sin que nadie te estorbe para contemplar este humilde jardín de las flores proletarias. Y piensas que ni Salomón con toda su gloria se vistió como ellas… Pero, para alumbrar tanta belleza, ha sido preciso que la naturaleza trabajara a destajo, que los vientos depositaran las simientes en cada rendija de los muros y que la lluvia las fecundara.

Allá donde las callejas terminan, sin solución de continuidad, comienzan los caminos de arena que van a los pegujales de mis vecinos. Senderos florecidos con su cohorte de rosales silvestres, jaramugos, hinojales…¡Cuánta hermosura de libre dispensación para quien quiera mirarlo! Mira cómo han prosperado este año las umbrelas con su plataforma en la que anida un enjambre de insectos felices en su mullido territorio floral. Pero sobre todo cuánta soberbia enseñorean las cañijerras o ese florón que más parece un candelabro fastuoso. Flores de callejas y flores de vereda que estáis dispensando un impagable espectáculo sin que nadie tal vez repare en su excepcional belleza, como aquella flor del capítulo de L de Platero: “¡Que pura, Platero, y qué bella esta flor del camino! Pasan a su lado todos los tropeles—los toros, las cabras, los potros, los hombres, y ella, tan tierna y tan débil, sigue enhiesta, malva y fina, en su vallado solo, sin contaminarse de impureza alguna”.

Y debieras recodar además que el espectáculo que te asombra tenía esta mañana otro complemento excepcional: el canto de los pájaros. Cantaban desaforadamente el chamarí y los jilgueros, como si pregonaran la plenitud del momento.

Has abierto el cancil de la huerta y te has encontrado con otro festín de coloración, ¿Qué prefirieres las flores silvestres o el jardín de la huerta? Claro que son diferentes. A este lo abonas, lo podas, lo cuidas, y aquel no tiene quien lo atienda…, pero has reparado en cómo han prosperado los dondiegos sobre la pila de granito que fue comedero de las bestias. Cualquiera de las dos que escoltan la puerta serviría para decorar un palacio y fueron tan solo un pesebre de las vacas o de los jumentos. ¿Quiénes las tallaron? Un buen día, aquel personaje que tanto estimas llegó con una tonelada de granito y con enorme esfuerzo quedaron reconvertidas en recipientes de plantas de jardín. Hoy crecen en ellas la planta más modesta de las que engalanan los patios campesinos. Ayer, cuando bajabas a la plaza porticada para comprar la prensa, reparaste que, en la plazuela del Castillejo, estaban ya recrecidos los pericos que cada año adornan el esquinazo de la calle de las Fraguas. En los meses de invierno, alguien los defiende colocando sobre sus raíces una pizarra. Las manos franciscanas que los cobijan, tan pronto como asoma la primavera, los liberan de la protección para que engalen la fachada encalada, tal como lo hacen otras mujeres en los mínimos arriates de las casas mudéjares de la vecindad o en la misma plaza junto a la muralla del palacio de los condes.

 

El día en que Cees Nooteboom cumplía ochenta años anota en su cuaderno (“533 días”. Editorial Siruela) el “paisaje de sonidos” que le despiertan en su casa de Menorca a la que acude cada año desde hace más de medio siglo. El primer canto de los gallos de los vecinos, entrelazado con el cacareo de las gallinas, el rebuzno del burro, el graznar de los gansos…No lo dice, pero intuyo que Nooteboom trata de trasladarnos en esta página el sentimiento de plenitud que le embarga. El libro es como una caja en la que el escritor estuviera archivando las emociones que le produce la contemplación de las cosas más ordinarias, aquellas que le hacen compañía o le hacen sentirse recompensado. La casa es modesta, perteneció a viejos payeses y él añadió al jardín el huerto de un vecino fallecido hace tiempo y del que conserva una higuera y un limonero. Pero el limonero se secó al poco tiempo. La higuera está a punto de dar los primeros frutos de la temporada. A la casa le llega el sonido del mar; desde el jardincillo de los cactus puede ver las aguas del Mediterráneo. El libro de Nooteboom es puro mediterráneo. Pasa los inviernos en los paisajes nevados del Norte, pero se ha contagiado de los placeres y del pensamiento meridionales. Muchas páginas parecen ambientadas en la Ilíada o en los versos de Virgilio. Cuando trabaja le gusta acompañase de la música. Hoy está escuchando las suites de Bach y, a poco que repares, el contenido del relato parece guiado por el violonchelo de Rostropóvich, como si las letras y la música se hubieran ensamblado. Una vez que ha conseguido este mestizaje, le resulta fácil cabalgar por el mundo de las ideas anotando las incidencias más modestas de la vida ordinaria y aquellas preocupaciones que ensombrecen la vida de las naciones. Otro día cualquiera, Nooteboom se entretiene en encontrar algún tipo de relación entre la música de las últimas seis sonatas de Haydn y sus cactus.  Nos va a informar que las sonatas fueron grabadas por Glenn Gould en 1981. Incluso nos dirá el ambiente en que fueron grabadas en Nueva York. Lo mismo que conoceremos la particularidad de cuando sembró los cactus en su “jardín español”. Y ahora sabremos definitivamente el contenido del libro que está leyendo y la razón por la que está asociando la música de Haydn con la visión de sus cactus. Ni siquiera haría falta que Nooteboom nos confesara su afición a leer los diarios de escritores. Los conserva en su biblioteca de la planta de arriba. Ha tomado entre sus manos el diario de Julien Green y lo abre por una página cualquiera. Corresponde al 14 de febrero de 1942. La lectura de aquél pasaje le trae el recuerdo de algo similar recogido por André Gide igualmente en sus diarios. Son escenas de la Segunda Guerra Mundial. Ese día Green escribe sus recuerdos desde Estados Unidos, Gide desde Túnez. Compara ambas relatos y saca sus conclusiones sobre la crueldad de las guerras. Incluso hace algo más personal: trata de recordar qué pasó en su vida ese mismo día de febrero del año 43. Lo recuerda con toda claridad: vivía de niño en Holanda y fue el año en que se divorciaron sus padres, pero para él hubo otro acontecimiento más importante, fue el año de la bomba. La bomba del ejército aliado había caído junto a su casa. El estruendo “lo sigo oyendo en mi memoria; no me liberaré de él nunca jamás…” El hortelano está atento en la lectura de este diario de Nooteboom y, como él, es también aficionado a la lectura de diarios y memorias. Los guarda, relativamente ordenados, en una estantería adicional entre sus libros de poesía y su pequeña colección de grecolatinos. Por ello no le resultará difícil encontrar los diarios de Jünger y de Klemperer y le seduce la idea de investigar qué sucesos ocurrieron en esa misma fecha, febrero del 43, en la vida de dos de los escritores que más le satisfacen. Incluso podría buscar la coincidencia con Stefan Zweig. Pero tal vez en el 43, Zweig ya se habría suicidado. No pudo recuperarse de la barbarie nazi. Los diarios de Jünger, menos los relativos a la Primera Guerra Mundial, son distendidos, escritos desde la distancia emocional; los de Klemperer, en cambio, son trágicos; todavía recuerdo la impresión con la que los leí hace veinte años. Pocos textos me han impactado más sobre la saña con la que los hombres podemos autodestruirnos. Creo recordar que el primer tomo de los diarios se inicia con la voluntad del escritor de concurrir a las elecciones de rector de Universidad. Terminan buscando basura para alimentarse entre las ruinas de Dresde. El caso es que Nooteboom le ha abierto al hortelano el apetito de comprar los diarios de Julien Green; sentarse en el portalillo, abrir un nuevo libro mientras escuchas el  prodigio que acaba de ocurrir en el gallinero. ¿O por qué no releer a Klemperer? Los políticos que ves a diario en televisión ¿habrán leído alguno de estos diarios? Y si lo han hecho, ¿qué opinarán de los que siembran rencor y odio cada mañana, por la tarde y por la noche?  

LA ADELFA DE FUENTEPIÑA Y EL ELOGIO DE LAS COSAS ORDINARIAS

 

3.6.18. La adelfa que plantamos de un esqueje que recogimos en Fuentepiña ha florecido por vez primera. Está al borde de la veredilla de la huerta frente al gran olivo centenario. La adelfa, en fin, no tiene nada de particular. Cualquiera de las que se venden ahora en los viveros tiene una floración más abundante y de colores, probablemente, más lucidos. Pero esta adelfa pertenece al patrimonio lírico de Juan Ramón Jiménez, y el hortelano no debiera esforzarse en reiterar su devoción por el poeta y por ese lugar “sagrado”, Fuentepiña, al que todos los juanramonianos admiramos. Regresamos  de aquel viaje con esquejes de geranios y de adelfas con la ilusión de que aquellas plantas que crecían desgobernadas  en el arriate que bordea la casa de campo del poeta, muy cerca del pino bajo el que yacen los restos de Platero, procedieran de las mismas que él sembrara. Aquellos esquejes de geranios llevan ya varias temporadas alumbrando los veranos de la huerta, y este es el primer año en el que la adelfa juanramoniana se ha hecho presente en la vereda. Toda  primera vez llega con el aura y el prestigio de lo iniciático, de la emoción que acompaña a la esperanza. Los antiguos celebraban el inicio de las estaciones y los creyentes bendecían las cosechas. Raro es el año que la huerta no nos depara alguna oportunidad iniciática, y estoy listo para celebrar, este otoño, la recolección de las dos primeros frutos del nogal que plantamos para sombrear el sestil de la huerta. El hortelano tiene esta mañana, en las primicias del verano, una sobrecarga sentimental porque, además, está reparando en los árboles y en las plantas “alusivas”. Alusivas porque cada una de ellas te recuerdan su procedencia. Por ejemplo, estás viendo el crecimiento vigoroso y el verde intenso del azufaifo que te trajeron en una macetita desde Campanario, o la higuera repleta de brevas a punto de sazón que llegó desde Los Tejares de Jaraíz de la Vera, o el naranjo que procede de una semilla del corral de la casa de los padres de la calle Braceros, o el roblecito de no más de un palmo que asemillasteis de una bellota cogida del suelo al borde la Casa de Cristal de New Canaan, uno de los espacios más mitificado de la arquitectura de diseño, o el manzano de jardín que te recordará siempre la amistad de uno de los personajes más generosos de cuantos has conocido. Si te lo propusieras, podrás de esta forma componer un largo relato con la historia de la mayoría de las plantas y de los árboles de tu pegujal.

Y mira por dónde estás leyendo estos días ese libro de Cees Nooteboom, “533 días”, que al fin encontraste en La Central de Callao, en el que describe la sensación de confort que le produce el reencuentro con las cosas ordinarias de su casa después de haber estado meses correteando por el mundo. Cuando regresa a su casa de Menorca se sorprende de la “lealtad de los objetos”: mesa, sillas, libros, la lámpara de lectura… “Ahí están los objetos, de pie o tendidos, inmóviles en su perfecto silencio”. A Nooteboom llegaste hace años a través de sus relatos de viajes. En su juventud fue monje trapense. Abandonó la reclusión del monasterio y se hizo nómada y cosmopolita. Hoy, en el tramo final de su camino, convertido en uno de las máximas autoridades intelectuales de Europa, desde su casa con huerto y jardín menorquinos, medita sobre los acontecimientos que ensombrecen el futuro del mundo. Lo hace mezclando lo particular y lo universal con tanta maestría que a veces uno pierde la noción de si lo importante es la enfermedad de sus cactus o la habilidad de la araña en tejer su red en su propio dormitorio, o, por el contrario, lo trascendente es la eterna insatisfacción de los hombres enfebrecidos en fabricar sueños de imposible cumplimiento.

 El caso es que, en esta página que estás leyendo, Nooteboom se felicita por la compañía de los objetos que le hacen la vida confortable. Pero el texto que más aprecias de elogio a cualquiera de los objetos de la vida ordinaria, lo encontraste en el libro de Eckermann referido a la preferencia que el gran Goethe sentía por su silla de madera. Aquel día, cuenta Eckermann, Goethe había comprado en una subasta una butaca verde de la que se había encaprichado, pero pronto se arrepintió y volvió a recuperar su vieja silla de madera a la que había mandado añadir un suplemento que le sirviera de respaldo de cabeza. Y reflexionaba el gran Goethe: “cualquiera forma de comodidad resulta del todo contraria a mi naturaleza (….); los muebles elegantes son propios de gentes que carecen de pensamiento o que no desean tenerlo”.  Y no debes olvidar los versos de JRJ que te sabes de memoria: “¡Qué quietas están las cosas/ y qué bien se está con ellas!/ Por todas partes, sus manos/ con nuestras manos se encuentran”. Tal vez por esta razón pusiste tanto entusiasmo en rehabilitar y grabar su nombre en el sillón de tu bisabuelo, un simple y modesto sillón de madera de pino y de enea. Y te entretuviste en pensar que, en tiempos de ajuares tan escasos, este modestísimo asiento haya presidido las glorias y las desgracias de una familia de labradores y carpinteros. Pero volviendo a la reflexión de Goethe, uno confiesa su debilidad de “voyeur” para escudriñar al detalle los lugares en los que trabajan los autores que admiras cuando aparecen en las revistas ilustradas o en los documentales, y hasta se atreve a clasificarlos según los objetos que muestran sus escritorios. Cela escribió lo mejor de su obra en cafetines y lo peor, que no fue poco, en despachos acomodados. Imagino el escritorio de Delibes y te lo representas despojado de lujo. Cervantes escribió su Quijote entre barrotes. Si te lo propones, encontraras la descripción de Ernst Jünger escribiendo sus memorias a solo unos metros de su huerto de Kirchhorst, a Josep Pla apegado a la chimenea de su masía en Llofriu y a Baroja en su casona de Itzea. Y encontrarías la cita de Azaña cuando decía que necesitaba un ambiente rústico para pergeñar sus prosas. Pero no es tiempo ahora de amontonar viejos conocimientos, sino de enaltecer las cosas, los objetos que te acompañan durante la vida, y de reconocer que “qué bien se está con ellas”, “inmóviles en su perfecto silencio”. O tal vez ésta sea la ocasión del elogio a la austeridad y a la sobriedad para enaltecer el pensamiento como sentenció Goethe. Como sólo eres aprendiz de hortelano y emborronador de papeles, confórmate con señalar que también los lectores tenemos espacios preferidos para pasar las páginas de los libros de placer. Y pocos comparables a estar hoy aquí, estrenando el verano, en el portalillo de la huerta, embebido en las páginas de Cees Nooteboom.

Cosas de la capital vistas desde la aldea

 

Los de pueblo sentimos un gran respeto por la cosas de la capital. Para el hortelano, sin ir más lejos, hay más distancia entre su aldea y la capital de su provincia que entre aquella y Madrid o Nueva York pongamos por caso. Salvo que tuvieras algún latifundio, tú seguías siendo de pueblo, y ellos de ciudad. La capital tenía jerarquías muy variadas, y en el pueblo todo comenzaba y terminaba en el sargento de la Guardia Civil. Efectivamente si tenías muchos caudales, en la capital te perdonaban la vida, aunque siguieras siendo de pueblo. Ellos eran hijos de gentes de oficina y de escalafón, y tú “eras de tu pueblo”.

Esta es la razón exclusiva por la que el hortelano toma precauciones a la hora de hacer una o varias impertinencias sobre asuntos de la capital que vienen en el periódico de la fecha, porque él se siente más desenvuelto si aborda una cuestión de Madrid o de Bruselas que si trata de meter el diente en lo que va leyendo sobre los 127 mantos que tiene la patrona de la capital, todos ellos bordados en oros, topacios y esmeraldas. No es que la cuestión de los mantos de la patrona de la capital le preocupe al hortelano, pero le ocurre que todos los años, por la época en  que comienzan a libar los abejorros, se tropieza con la noticia de los mantos de la patrona. Hoy, la virgen lucirá el manto el número 97 de su colección, que fue una ofrenda de la señora doña María del Carmen Carvajal Muñoz. Dice el periódico en portada que el manto de hoy es de raso natural blanco, bordado a mano, en oro con topacios. Mañana cuando baje a la plaza porticada a por los periódicos para degustarlos en la huerta, el impertinente buscará con ansiedad qué numero hace el manto de cada día y qué tipo de pedrería lucirá, si bordado en oro o en plata, con topacio o esmeraldas. ¡Cosas de la ciudad! Y, a lo mejor, en renta de mantos de vírgenes patronas no andamos tan mal como en otras cosas. Si la patrona de la capital de mi provincia tiene 127 mantos, ¿tendrá más o menos que la de los Desamparados o la “Moreneta”. Si estuviésemos al mismo nivel que aquellas, el hortelano se sentiría muy reconfortado. Puede ocurrir que la tendencia a regalar mantos de pedrerías a las vírgenes sea un hecho que el escribidor no logra descifrar. Antes, mucho antes, las gentes ofrendaban exvotos y, no veas Tulio, lo tenebrosos que eran los camerinos de las vírgenes, repletos de manos, piernas y otras casquerías que representaban los órganos afectados por los milagros de las vírgenes. Pienso que algo similar debe ser el impulso de las damas oferentes de mantos enjoyados. En lugar de regalar al cirujano una cesta de ibéricos, ofrendan mantos sanadores. O tal vez se deba a otras peticiones de favores: casar a la niña con un abogado del Estado o, lo que sería peor, competir con otros del mismo rango para pasar a la historia y el periódico diga, como lo dice esta mañana, que el manto que la virgen luce en el novenario es producto de su hacienda. ¿Tributan estos detalles o, por el contrario, deducen en el IRPF? Pero, el hortelano echa el freno a las variadas consideraciones que se le ocurren. No vaya a ser que la señora Carvajal y Muñoz tenga parientes entre los amigos del hortelano y se lo tomen como ofensa. No hace mucho que se le ocurrió una censura a un determinado prócer de la provincia y su interlocutor le cortó señalando el parentesco.

Sigo, pues, tu consejo, amigo Tulio: antes de opinar, trata de averiguar la naturaleza de tu interlocutor y, mucho más, si son varios los que te escuchan. El asunto vale para todos y para siempre, pero advierto que en Extremadura somos parcos en la opinión. La llevamos por dentro. Debe ser una característica de los rurales y nunca sabremos si tu interlocutor es así de reservado o es que hace tiempo se le apagaron las luces. Lo decía Josep Pla aplicado a sus payeses. O acaso, nosotros los extremeños, acostumbrados a tener siempre amos y señores, hayamos desarrollado en mayor medida el sentido de la prudencia, o tal vez sigamos pensando que la expresión de la opinión es algo así como una categoría o privilegio. En tiempos remotos había caballeros con derecho a expresar opinión ante los reyes, como los había con derecho a destocarse en su presencia. Creo que nuestro don Manuel Godoy gozó de este privilegio ante el rey don Carlos, tal vez por la confianza que le prestaba su señora la reina. A mí siempre me produjo ternura la sorpresa de Juan Rulfo cuando le preguntaron cómo había ido aquella reunión y él, también de la clase de los plebeyos como el hortelano, se maravillaba de la espontaneidad y libertad con las que se expresaban sus compañeros de mesa. En su otra vida, el hortelano en una ocasión dijo esto de plebeyo aplicado y en presencia de una reina -era nieta de un taxista- y la Señora se sintió un tanto afligida. ¡Ahí es nada, el ejercicio de la libertad de opinión! Los campesinos somos pues sobrios a la hora de expresarnos, y además los extremeños nos sentimos más cómodos delegando la opinión. ¡Que opinen ellos! Ellos son los políticos y especialmente los que están en el gobierno.

Pero no siempre fue así. Hubo un siglo maravilloso en el que las minorías extremeñas tenían opinión de casi todo. Fue el siglo XIX y fue portentoso, aunque luego aquella eclosión de talento terminó sojuzgada. Viene esto a cuento de lo que voy leyendo en el periódico de la capital de la provincia. Por alguna razón, tal vez de aniversario, se glosa una de las efemérides más gloriosas de la capital de mi provincia, la creación de la Real Audiencia de Extremadura en el año 1791. La señala el periodista amigo de la historia con una especie de reserva frente a Badajoz, que también la pretendía. Vencieron los de mi capital y muy probablemente aquella afrenta fue un capítulo más de las luchas que aún mantienen la herida sangrante. El enfrentamiento entre las dos provincias es un asunto de las minorías culturaleso políticas. No creo que a la gente en general le preocupe si el presidente de la Junta sea de Aceuchal o de Ahigal. El periodista llena una página completa relatando la efeméride pero no dice nada del suceso más importante de la ceremonia, el discurso del extremeño Juan Meléndez Valdés, poeta y jurisconsulto, liberal y afrancesado. No viene al caso, pero no olvides, Tulio, que este señor con nombre de calle fue un excelente poeta romántico que escribió los versos eróticos más memorables de la literatura hispana. Busca en la maquinaria los dedicados a una ninfa ninfómana y verás el desahogo con el que se expresaba el poeta nacido en Ribera del Fresno y muerto en Montpellier.

Te decía que el suceso más importante de la historia de la creación de la Real Audiencia de Extremadura fue el discurso que pronunció Meléndez Valdez, que junto al del pacense Vicente Payno conforman la denuncia más valiente y arriesgada de la situación paupérrima de la Extremadura del siglo XVIII, y que sin muchas variaciones ha continuado hasta el presente. Cuando termines de leer los versos eróticos del extremeño, busca el tal discurso y párate en aquel párrafo que comienza:

“Sin población, sin agricultura, sin caminos, industria ni comercio, todo pide, todo solicita, todo demanda la más sabia atención, y una mano reparadora y atinada para nacer a su impulso, y nacer de una vez sobre principios sólidos y ciertos, que perpetúen por siempre la felicidad de sus hijos y, con ella, nuestra honrosa memoria. Hasta aquella escasa porción de conocimientos que en otras provincias se suele hallar entre sus nobles y su clero es aquí por lo común más limitada; la veréis envuelta en sombras y tinieblas espesas. En medio de un suelo fértil y abundante, como aislados en él y apartados de la metrópoli por muchas leguas, sin puertos ni ciudades de grande población, donde uniéndose los hombres se corrompen y se instruyen, perfeccionan sus artes y sus vicios, ni el clero, ni los nobles de Extremadura pudieran cultivar hasta ahora sus ricos y admirables talentos según sus honrosos deseos. Así que, retirados y ociosos en el seno de sus familias, con unas almas grandes y elevadas, pero duras y encogidas, han cuidado más bien de disfrutar sus gruesos patrimonios y acrecentar sus granjerías, que de salir a ilustrarse ni ejercitar su razón en el país inmenso de las ciencias. No es culpa suya, no, esta escasez de luces…”

 

Ya sabemos cómo terminó Meléndez Valdés…desterrado y vilipendiado. Y mira por dónde, Tulio, el periódico de mi provincia clama contra el abandono en que el ayuntamiento de la capital mantiene una de las dos esculturas que adornan su paseo principal. Es aquella avenida que le sirvió al hortelano para comprobar por sí mismo que los grandes paseos llenos de arboles y flores y señoras encapirotadas  -¿serian aquellas las que regalaban mantos a la patrona?- existían en verdad y no solo en la pantalla del cine de invierno. La avenida de mi ciudad tiene dos esculturas que le hacen flanco. Al oeste, la del poeta Gabriel y Galán al que tiene gran respeto y aprecio la población más conservadora. Al lado este, está la estatua de un prócer liberal sobre el que el común de los ciudadanos, estoy seguro, ni saben quién fue ni que pinta allí. Se llama Muñoz Chaves y su escultura, según estoy leyendo, se conserva en estado lamentable. A la de Gabriel y Galán, todos los años le llevan flores y le llueven homenajes. Sobre el político liberal,  nunca más se supo, pero fue tan importante e influyente que a los liberales en mi provincia los llamaban “chavistas”. Este Muñoz Chaves era nacido en la otra provincia y cuando se erigió la escultura parece que los pacenses lo reivindicaron, porque ya entonces las minorías extremeñas mantenían el conflicto entre las dos capitales que separa la sierra de San Pedro. El debate no es cosa de la historia, el hortelano ha comprobado hasta qué punto se mantienen vivo aunque solo aflore a la hora de las cervezas. Somos pocos pero mal avenidos…

Estoy reparando, Tulio, en que los dos personajes a los que me refiero, Muñoz Chaves y Meléndez Valdés, fueron pacenses, aunque las referencias periodísticas a las que me refiero ocurrieran en Cáceres y ya conoces la estadística corrosiva que circula por las maquinarías tratando de documentar, a través del origen de quienes ostentan los cargos públicos, la prevalencia absoluta de los nacidos en Badajoz sobre los de Cáceres. Son cosas de la política y de sus burócratas, pero dan mucho juego a la hora de desviar la atención sobre lo que de verdad nos importa. Te decía, Tulio, que los de pueblo somos reservados y retraídos, pero los que vivís en las capitales solo aplicáis la retórica a la hora del verdejo.

En los tiempos de Meléndez Valdés Extremadura se llamaba provincia y mira, Tulio, lo que dijo aquel día en Cáceres. Quítale la quincalla romántica, y mira si es o no de aplicación lo que dijo hace casi un siglo y medio:

“esta ilustre provincia (Extremadura), cuyo genio pundonoroso la arrastra al heroísmo en todas las carreras, cuyos hijos se han señalado siempre en cuanto han emprendido de grande y de difícil, y que con las famosas conquistas de sus Pizarros y Corteses mudó en otro tiempo la faz de Europa, abrió al comercio y la industria las anchísimas puertas de un nuevo mundo, y a la sabiduría un campo inmenso, una inexhausta mina de observaciones y experiencias en que ocuparse y engrandecerse; es hoy, por desgracia, la menos industriosa de las que componen el dominio español, y la que menos goza de sus inmortales hijos

 

Desde el chabuco de su huerta, el hortelano contempla cómo el ventarrón de primavera doblega los sarmientos de las parras y cómo desflora los rosales. Está lloviendo sobre la siembra de las patatas y, Dios mediante, habrá cosecha abundante. Piensa que en esta tierra, “la menos industriosa de las que componen el dominio español”, el periódico lleva a su portada el manto número 97 de la patrona, dice que la estatua del prócer liberal en el paseo principal de la capital está desbastada, y el periodista que homenajea la ceremonia de constitución de la Real Audiencia de Extremadura ha olvidado el discurso del extremeño que murió en el exilio por ser “ilustrado”. ¡Cosas de la capital vistas desde la aldea!

 

Del carácter “neandertal” de nosotros los extremeños

 

Amigo Tulio, habrás leído estos días lo que se dice en los papeles sobre el origen de los  agricultores y de los cazadores, y sobre cómo el hombre primitivo comenzó siendo cazador/recolector hasta derivar a la agricultura. Lo dicen referido a cuando nuestros abuelos los neandertales y los homo sapiens, milenios atrás, se cruzaron entre sí, y de ellos parece que procedemos. Se dice en dos libros muy serios, documentados en las últimas investigaciones de antropología biológica, que los primeros vivían felices y en armonía, mientras que los segundos, los sapiens, empezaron a competir para progresar socialmente ¿Qué nos importará a nosotros, por viejos que seamos, las elucubraciones que se están poniendo de moda sobre cómo se comportaban los sapiens y los neandertales, y si no hubiera sido preferible que la humanidad no se hiciera sedentaria inventando la agricultura, y así habríamos continuado siendo hombres cazadores y recolectores, sin preocuparnos por la lluvia o por la sequía, y sobre todo sin tener que esforzarnos en cultivar el terruño sea propio o ajeno? Dicen que allí comenzaron nuestras desgracias porque el homo agricultor metió por medio la codicia para cultivar más y mejor, y, de mejora en mejora, es decir de codicia en codicia, hemos llegado a los Mac Donald y a Wall Street, y a producir especímenes como el tal Ignacio González, de quien el hortelano impertinente supo a ciencia cierta, hace no menos de seis años, que era homo codicioso y avaro.

 En el portalillo de mi huerta estoy leyendo uno de estos libros en el que se trata de demostrar que el avance más importante de la civilización europea se registró cuando nuestros ancestros descubrieron la cerveza. Descubrieron que sorbiendo aquel destilado de semillas silvestres se encontraban mejor, más enardecidos, hacían mejores versos o acaso copulaban con más entusiasmo. A partir de entonces se dedicaron a perfeccionar aquel brebaje. Era sencillo pero revolucionario: cultivarían las semillas silvestres y seleccionarían cada año las mejores. Algo parecido a lo que hicieron nuestros paisanos extremeños cuando se trajeron de América  simientes de tomate y de maíz, o como yo mismo hago guardando cada año en un bote de potitos las semillas de mis tomates “morunos” o las pipas de calabaza. Desde aquella lejanísima fecha, al cabo de una o varias glaciaciones, llegamos al día de hoy, en el que, por ejemplo, en el chabuco de mi huerta estoy, hoy mismo, sorbiendo un vino tinto de las bodegas Habla, de a 4,90 euros la botella, que es bueno y sobre todo de precio competitivo. Los vinos extremeños de más de 15 euros no merecen la pena y, si la merecen, nunca abrirán mercados que nos saquen de pobres.

Decía, Tulio, que el paso del homo sapiens de cazador/recolector a agricultor/sedentario no fue en balde. No lo digo yo, lo dice Karin Bojs (Mi gran familia europea, Ariel) y lo dice Yuval Noah (De animales a dioses, Debate), ¡oigan ustedes, dos eminencias!. Y lo dicen con tanta seguridad que este pobre hortelano no debiera dudarlo. Pero el hortelano está dispuesto a hacer una impertinencia a favor de los agricultores y en detrimento de los recolectores. Y es más: se atrevería a decir que a los extremeños “nos va como nos va” porque hemos hecho más caso a Yuval Noah que a Karin Bojs. Los sapiens no es que fueran más inteligentes, que a lo mejor lo fueron, sino más habilidosos, más diligentes que los perezosos neandertales que se pasaron los milenios sesteando tan pronto como llenaban la panza con frutos silvestres.

Mira, Tulio, el asunto tiene más miga de lo que parece. Resulta que los extremeños que conservan el ADN de los neandertales, es decir del homo cazador/recolector, son mayoría frente a la escasa grey de los homo cultivadores. Los primeros se limitan a recoger, con poco esfuerzo, lo que la vida les va ofreciendo, sean subvenciones o empleo protegido; los segundos maquinan para producir vino de a 4,90 e. la botella o, hartos de tanta protección, se las ingenian para embotellar cerveza artesana, tal vez sin conocer que con la cerveza comenzó la cadena humana del progreso. Y hasta puede que aquellos sean más felices, porque ya es conocido lo que el informe PISA sostiene: que los muchachos extremeños y andaluces son más felices que los del resto del reino de España, por mucho que mi amigo el liberal opine que la alegría de los perezosos la financian los diligentes.

A más/a más, -como dice mi vecino recién regresado de Cataluña para cultivar lechugas y patatas junto a mi huerto-,  hablaba yo este Viernes Santo con un ganadero de lo mal que se presenta la primavera y el verano. En una semana, los campos se han mustiado y el verde de los pastizales se va dorando poniendo fin a esta  primavera escuálida si el buen dios de los agricultores no lo remedia. Y él me decía que, al fin y al cabo, la escasez de pasto de este verano la compensará con los muchos kilos de avena/veza que ha sembrado. Solo pide una tregua a las tormentas para que no arruinen su cosecha.

Aquí es donde yo quería llegar, amigo Tulio. Y lo explico. El hortelano, que ya ves que se ha pasado meses sin hacer impertinencias, se admira y se sorprende cuando repara, de aquí para allá, en los paisajes de su tierra. Son los más bellos que Dios ha creado y, si no son, como si lo fueran. Prefiere -¡cómo no!- el paisaje de la dehesa y, si es en primavera, le deslumbra la dehesa florecida, las magarzas, las azulinas y los gamones como hachones encendidos, y qué decir de la flor de la encina, modesta y contenida como es el carácter de mis paisanos. Allá donde no haya encinas, no te olvides de admirar las laderas de mi aldea embellecidas por el cantueso y las retamas. ¡Una maravilla, Tulio! ¡Un prodigio! Pero tan pronto como pasa el tiempo de la diosa Flora, se acabaron los gozos de la mirada. ¿Cómo es posible que estos campos tan dilatados, decenas de miles de hectáreas que difícilmente se abarcan con la mirada, sean eriales? Sin cultivo, sin que nadie, como mi amigo el sembrador de la avena/veza, los ponga en “rendimiento”. Sitúate en cualquier promontorio, en cualquier colina de nuestra patria extremeña, preferiblemente en aquellas que no tengas en lontananza los regadíos de las Vegas, ni en las llanuras de Barros, sitúate en uno de los miles de oteros desde el que divises un universo de secano. Piensa en la producción efectiva de esas miles de hectáreas que dominas con la vista. No verás ni un almacén ni una fábrica. Si eres propenso a elucubrar, echa cuentas: cuántas cabezas de ganado sustentan esos territorios; cuántos jornales o empleos promueven por kilómetro cuadrado, cuanta riqueza producen, y a dónde se dirige el escuálido fruto de esos infinitos territorios. Son, sin duda, paisajes neandertales.

El extremeño con dominancia de ADN neandertal se contenta con alimentar sus ganados con el fruto espontáneo de las estaciones. Si vienen bien dadas, los rebaños crecerán rollizos y en primavera sestearán con la panza repleta. Si los cielos no descargan lluvia, tiempo habrá de lamentarse en la taberna. Mi amigo que siembra avena-veza se hace cruces de por qué no se asocian para sembrar o recolectar como aprendieron a hacer las hermanas hormigas hace milenios.

No te doy más la monserga, Tulio, con las cavilaciones de este pobre hortelano que cultiva un pegujal de patatas y de rosales. Pero si tuviera tiempo, se adornaría con la herencia mesteña que hizo imposible la vida a los agricultores en favor de los ganaderos de la nobleza y de los Cabildos. Y sin irnos tan lejos, traería aquí lo escuchado el otro día en la Asamblea de Extremadura sobre el proyecto estrella del presidente Vara de la “economía verde” y la “economía circular”, que fue cuando pensó este hortelano que habían regresado los neandertales. No sé si estarás de acuerdo, Tulio, pero a mí lo escuchado me produjo una profunda tristeza. Era tanto como reconocer nuestro fracaso como pueblo, como si fuera un retroceso a nuestro origen neandertal: ya que hemos sido incapaces de prosperar y de crear empleo productivo, inventemos que otros nos paguen por mantener el paraíso ecológico que habitamos. Algo parecido a lo que legisló el presidente Roosevelt para favorecer las reservas de los nativos americanos. Alistémonos, pues, en un sistema basado en la conservación a ultranza del paisaje y del medio ambiente, aplicando el método “multierres”: repensar, rediseñar, reproducir, reparar, reducir, reutilizar, recuperar, re…Cuando en tiempos de Franco inventaron aquello de “orgánica” aplicado a la democracia y de “vertical” a los sindicatos, ya sabíamos que ni era democracia ni eran sindicatos. Lo mismo me ocurre con lo de “verde” o “circular” apellidando a la economía. ¡Tremendo, Tulio, tremendo! Imagino que la rendición de los neandertales frente a los sapiens tuviera mayor gloria e inteligencia.  

Es posible que en esta tarde de Viernes Santo la acumulación de belleza que esconde este tapial me esté nublando, amigo Tulio, las entendederas. O acaso que tanta meditación de tiempos remotos y tanta reflexión contradictoria (lo dijo JRJ: “amor, amor, amor; amor en el lugar del excremento”), esté favoreciendo la melancolía que producen los aromas de la huerta. Porque a nadie importa la nostalgia que un hombre provecto siente cuando recibe un regalo inesperado. Y es que la providencia le ha reservado el don de recibir un pequeño tesoro: el sillón de su bisabuelo. Es un objeto sencillo y tosco, probablemente torneado en el taller carpintero familiar. El bisabuelo era labrador, es decir perteneciente a la estirpe de los sapiens. Creó, según tengo entendido, un huerto con frutales al borde de una rivera en el lugar más prodigioso de su aldea. En su honor, en honor al sillón del bisabuelo hortelano, allí entronizado, juro al cielo que este su vástago leerá, tan pronto lo tenga a mano, el testamento de Petrarca. Quiero al fin saber a quién dejó su huerto/jardín de Arquá, a quién legó su biblioteca y el modo como trató de curar su melancolía mirando su ultima primavera, año de 1374.

EL HORTELANO LLEGA A LA CONCLUSIÓN QUE LOS PROBLEMAS DE LOS EXTREMEÑOS SON DE LA INUCUMBENCIA DE LOS DIOSES

 

En mi aldea llamamos avisperinas a los chamaríes. Las nombramos en femenino, sean machos o hembras. El canto de los chamaríes  es el más cálido y sentimental de las aves de mí aldea. En otros pueblos de la comarca a las avisperinas las llaman verdecillos. Son, en definitiva, uno de esos pajarillos pequeños, humildes, las más de las veces innombrables, porque solo unos cuantos en mi aldea sabemos distinguirlos de los verderones, de los pardillos o de los trigueros. Sí, en cambio, de los jilgueros, que son la aristocracia de los pajarillos cantores en estos andurriales. A lo que vamos: el gorjeo de las avisperinas son para este hortelano impertinente el más amoroso de cuantos en primavera se asientan en la huerta. No tengo empacho, amigo Tulio, en reconocer que el canto de las avisperinas, sobre todo cuando se barrunta la primavera, me enternece. Como son tan insignificantes -apenas unos gramos de peso- anidan en cualquier parte, seguros de que los rústicos los hemos respetado desde siempre porque en nada sirven para engrosar los garbanzos. 

Este hortelano, lector impenitente e inexperto y, además, de flaca memoria, estaba decidido a escribir esta mañana sobre el balance económico y social de los extremeños durante 2016, y comenzó escribiendo que será por los idus de marzo, es decir dentro de nada, cuando conoceremos el dato más fehaciente, más sólido, irrefutable, de las cuentas de Extremadura. Sabido es que nosotros somos las avisperinas de la nación, los más modestos, los más humildes, pero tal vez los más conformes con nuestra propia naturaleza. Recuerda el hortelano que cuando se celebró no sé qué exposición de Zurbarán en el Museo del Prado, hará por lo menos 30 años, leyó en el catálogo una referencia de antaño dirigida al pintor de Fuente de Cantos afirmando que su pintura era modesta y austera “como corresponde a la naturaleza de su tierra”. Ya le gustaría al hortelano encontrar aquella cita para reproducirla textualmente y glosarla como merece. Como le agradaría al hortelano, ahora que escribe sobre pintores, conocer algo más de un pintor extremeño que firmaba en el siglo XVII con el nombre de “Labrador”. Se llamaba Juan Fernández y fue el pintor preferido por algunas Cortes europeas. Nadie mejor que él pintó un racimo de uvas, y quien no esté conforme que se asome al Museo del Prado. Labraba por lo visto sus campos  y, de cuando en vez, cogía los pinceles para retratar la cosecha de su huerta. Creo recordar también que cuando estaba en la Corte gustaba de bajar a la cañada que la cruzaba para poder conversar con los pastores y los gañanes. Me da la impresión que la presencia de los cuadros del Labrador en el Museo del Prado es el resultado de un escándalo de corrupción, si no todos, algunos de ellos. Pero el tema no viene al caso, y si alguien tiene curiosidad, que consulte en la maquinaría.

Amigo Tulio, no tomes al pie de la letra las referencias que escribo, que ya sabes que lo hago en el chabuco de la huerta sin más auxilio que la memoria, atento no más a escuchar el primer gorjeo de las avisperinas, sean machos o hembras. Por eso dudo si los idus de marzo se celebraban al comienzo del mes de Marte o ya entrada la primavera. En todo caso, los idus para los romanos eran días de buenos augurios, fechas en las que los dioses se apiadaban de los humanos y les enviaban regalos de prosperidad, a ellos y a sus ganados. En marzo era cuando las vacas y las ovejas quedaban preñadas y se preñaban de flores fructíferas los manzanos y las vides. Bien seguro que nuestros ancestros de Mérida implorarían el favor de los dioses sacrificando en marzo una oveja primala o un morueco merino. Ojalá el hortelano tuviera ahora a mano uno de sus libros preferidos, los “Fastos” de Ovidio, y así podría no solo fijar la fecha exacta de los “idus” sino cómo conjurar la ira de los dioses contra el bienestar de los extremeños. El hortelano no tiene duda a estas alturas de que el problema principal de los extremeños incumbe a los dioses. Y siendo así que es en marzo cuando el Instituto Nacional de Estadística hace publicas las cuentas regionales, sabremos si se confirman o no los peores augurios, aquellos que ya conocíamos en el pasado diciembre y adelantaban que Extremadura era la Comunidad con menor PIB y renta per cápita de toda España. Nada nuevo, para nuestra desgracia. Este es, como digo, el dato principal y yo diría que exclusivo para medir el presente y el futuro del bienestar de los extremeños. El segundo índice en importancia ha sido catastrófico. Me refiero a la EPA. Hasta ahora era Andalucía la Comunidad con más paro. En la última EPA, la principal, la que recoge los datos de todo el año, somos nosotros, los extremeños, los más parados. Renta per cápita, paro…

Estoy leyendo tu pensamiento, amigo Tulio. Estas tratando de objetar que a pesar de todo ello, Extremadura cuenta con los mejores índices de bienestar, que los mayores extremeños están entre quienes viven con mayor satisfacción, etc., etc. Claro que sí, amigo Tulio: ¿no ves lo feliz que soy debajo de la higuera, cosechando naranjas sanguinas, ajetes tiernos y espinacas? ¿No ves cómo estoy gozando atisbando el primer gorjeo de las avisperinas? Los cielos están limpios, la dehesa está totalmente enverdecida y, pronto, los arroyos se llenarán de ranúnculos, y una alfombra de magarzas festoneará las laderas, y los prados se llenarán de orquídeas silvestres, y las rapaces estarán requebrándose en los cantiles de Monfragüe. Soy tan feliz como Virgilio y Horacio lo fueron. Soy todo lo feliz que pueda ser un hombre en esta tierra. Si me duele aquí o allá, tengo el servicio médico a no más de 15 minutos. Cobro, al igual que la mayoría de mis paisanos, puntualmente la pensión. El día que se me trabuque la memoria o el entendimiento, tendré una plaza en la residencia junto a la gente de mi aldea. ¿De qué nos quejamos, amigo Tulio?

Verás, amigo Tulio: no logro quitarme de la cabeza el dato de la EPA 2016…He hablado en estos días con un joven profesional que trata de ganarse honradamente la vida en Extremadura. Lo he visto sinceramente descorazonado. Le he preguntado cuántos de sus compañeros de curso trabajan actualmente en Extremadura y si lo hacen en su especialidad. Le he preguntado si conoce alguna estadística sobre las ofertas de empleo para los titulados en los segundos ciclos de la enseñanza profesional…¿Te lo digo?

Al regreso de la huerta, durante los veinte minutos que dura la travesía por la A-66 , he adelantado a tres camiones enormes cargados de cerdos ibéricos…Siempre que los veo me acuerdo de la EPA y del PIB, también de una amiga. El hortelano tenía y tiene una amiga que cuando joven se desplazaba en coche descubierto. Una vez me dijo que por mi tierra no se podía viajar en descapotable porque siempre que se cruzaba con un camión se le colaban dentro los purines de los cerdos…

Al grano, Tulio, que ya ves que desvarío.

Imaginemos, Tulio, que la situación que lamentamos no fuera culpa de los políticos. Hacen lo posible y lo hacen con la mejor voluntad. El desarrollo, la prosperidad y la creación de empleo depende de tantos imponderables, de tantas variables y coyunturas nacionales e internacionales, que muy difícilmente los gobernantes extremeños  pueden crear riqueza. El desarrollo de Extremadura no depende de sus gobernantes. Bastante hacen con administrar unos presupuestos que les vienen dictados por el Estado. Extremadura por sí sola no puede revertir una situación de crisis o de subdesarrollo. Y tal vez por eso acaban de descubrir que el origen de los males de Extremadura es el ferrocarril. ¡Albricias!

Imaginemos, por el contrario, que aún reconociendo lo anterior, los gobernantes extremeños disponen de instrumentos importantes para producir un cambio de modelo económico en la Comunidad. El Estado le aporta importantes fondos de solidaridad y Europa, en los últimos veinte años, ha hecho un aporte extraordinario de recursos para favorecer el desarrollo. Si Extremadura, a pesar de ello, no adelanta en el proceso de convergencia con el resto de las Comunidades Autónomas, debiéramos pensar que la cosas se están haciendo mal o, lo que es peor, que el tratamiento que se aplica es incorrecto, y en lugar de corregir la enfermedad, la agrava.

Imaginemos que por mucho que nos empeñemos, la “cosa” extremeña no tiene solución ni a corto ni a medio plazo. Prosperaremos, más o menos, al compás que lo hagan las Comunidades vecinas. Dejemos de una vez por todas de preocuparnos de la EPA, del PIB y de PISA. Somos como somos y punto en paz: “más duros que los alcornoques y más que los jierros de las jerramientas” según los versos del poeta de Guareña.

Imaginemos que la responsabilidad del atraso y del paro la tuviéramos los extremeños en general y en particular. Los empresarios por ser poco o nada creativos; los profesionales por acomodarse a la situación de supervivencia; los sindicatos por sometimiento; los colectivos y asociaciones por pura endogamia política; los particulares porque bastante hacen con subsistir.

Cuando lleguen los idus de marzo, antes de que el INE nos vuelva a colocar el espejo ante las narices, este hortelano, que lo es de vocación y dedicación, ofrecerá las primicias de su huerta al dios de la prosperidad convencido como está que los problemas de Extremadura son de incumbencia de los dioses.

 

DE SI SEMBRAR TOMATES AUTÓCTONOS NO SERÁ COLABORAR CON EL “INCONSCIENTE COLECTIVO” DE LOS EXTREMEÑOS

 

 

¿Quién le mandará a este puñetero hortelano ocuparse o preocuparse en estas fechas navideñas en saber si a su tierra, en el año recién terminado, le ha ido bien, mal o regular? Bien del todo no le ha podido ir porque no hace falta acudir a los papeles para conocer que los jóvenes extremeños, en general y en particular, no tienen fácil, y para muchos será imposible,  encontrar trabajo en su tierra en el año que comienza. Mal/mal tampoco nos ha ido porque, fíjate, amigo Tulio, que en los últimos doce meses hay 12.000 extremeños menos en paro. Y la cifra se exhibe en los periódicos, y hasta la oposición pasa de puntillas acudiendo a los tópicos habituales: que si el empleo es precario, que si el paro de los jóvenes, que si…¡Mira que debe ser difícil ser portavoz del gobierno o de la oposición! Dicen lo que le mandan decir en los “argumentarios”, que es una cosa que se inventaron los cuarteles generales de los partidos políticos para evitar que sus portavoces en las provincias dijeran gansadas…Porque, ¡vamos a ver!, ¿de quién es el mérito si hay menos parados? ¿Del Gobierno de Madrid o del de Mérida? ¿De quién la culpa de que sigamos siendo los más parados? ¿De Rajoy o de Fernández Vara? Y si no fuera culpa de ninguno de los dos, sino de nosotros los extremeños…

Como el hortelano no se fía de los portavoces, ni siquiera de los periódicos, ha buscado un hueco para leer con lupa los balances oficiales y tratar de descubrir cómo le ha ido a Extremadura en el año recientermiando. Y mira, Tulio, lo que he descubierto en relación con el problema principal de los extremeños, de los españoles y hasta de los habitantes de Pensilvania: el paro. Te había dicho que, en 2016, 12.000 extremeños menos sufrieron el paro. ¡Estupendo! Y me pregunto: siendo así que Extremadura, junto a Andalucía, son las dos comunidades autónomas con más paro y con menos renta, cómo nos ha ido respecto al resto de las regiones, porque en todos ellas ha disminuido, afortunadamente, el paro. Cabría esperar que en Extremadura y en Andalucía que parten de muy abajo en la carrera por crear empleo, el paro hubiera disminuido más que en el resto. ¡Pues, no! Extremadura ha sido la Comunidad Autónoma donde menos ha disminuid el desempleo en 2016 (un -6,81 %). ¿Lo has leído en alguna parte, amigo Tulio? ¿Se atrevió a decirlo el presidente extremeño en su mensaje de final de Año a todos los extremeños? Me dirás que no sea ingenuo; que qué cosas escribo…Repito: las tres provincias españolas en las que menos disminuyó el paro fueron, por este orden: Cáceres, Santa Cruz de Tenerife y Badajoz, estas dos ex aequo. Lo normal sería que durante 2016 Extremadura hubiera acortado el diferencial de paro que la aleja de las otras Comunidades. Pues, no. El diferencial ha empeorado. ¡Mal, muy mal, señor Rajoy! ¡Mal, muy mal, señor Fernandez Vara! ¡Mal, nosotros todos los extremeños, que todos somos responsables! No vamos en buena dirección…

Recuerda ahora el hortelano lo que ya escribió en estas emborronaduras a propósito del discurso del bisabuelo zafrense de don Antonio Machado, José Álvarez Guerra, en su toma de posesión, en 1822, -¡ya ha llovido, desde entonces, Tulio!- del cargo de “jefe político”  de Cáceres, una especie de gobernador civil para toda Extremadura, cuando se fijó como meta de su mandato que Extremadura igualara lo antes posible el nivel de riqueza de las otras regiones y “aún superarlas si fuera posible”.

Ya ves, Tulio, que el género de los ingenuos viene de lejos y con precedentes tan ilustres como la estirpe de los Machados; el género de los ingenuos y el de sarcásticos, porque escribir “nivel de riqueza” aplicado a los españoles y a extremeños de aquella época era algo más que una ironía.

A propósito de la pertenencia al género  de los impertinentes o de los ilusos, dispensa, Tulio, que te dé la vara recordando a otros ilustres miembros de esta Hermandad, porque uno admira a quienes a lo largo de la historia han aportado a la sociedad alguna invención que trascienda a sus vidas. Y mucho más si se trata de personajes extremeños. Está claro que el hortelano siente predilección por quienes crearon en su tierra bienestar, trabajo o pensamiento. Los hubo y los hay, que nadie lo dude. Lo que ocurre es que no son suficientes para recuperarnos del atraso de siglos por los siglos, amen. Y seguimos todavía en tiempo de  amenes, instalados en los síes, cuando tantas veces habría que haber dicho  no/no/y no… Pero ejercer de continuo el pensamiento crítico no es bueno para la salud; cuídate, amigo Tulio, de los excesos críticos, así sean bienintencionados, que luego pasa lo que pasa… Te recuerdo, Tulio, que en su otra vida, el hortelano frecuentaba las librerías de viejo. En cuanto se descuidaba, es decir entre tabarras y monsergas, se sorprendía arrastrando el tranco por la cuesta de Moyano o por la calle del Ateneo o sus aledaños. Como un aprendiz de Baroja, aunque sin  txapela. O como Azorín, con abrigo y paraguas. A Azorín el escribano lo vio metido en la caja de pino en su casa de la calle Zorrilla. Es tiempo pasado. Pero no olvido que una vez encontró por allí una edición de Platero, de las de la Residencia, garabateada por un combatiente en la batalla del Ebro mezclando líricas y pólvora. Y el hortelano, más joven entonces, se emocionó. Y sin embargo ahora mismo, cuando abandona la huerta, vuelve al pasado y mire usted por dónde se ha traído en el gabán un librejo de aquellos que alegraban los ojos a mi amigo de Cañaveral, que, uno a uno o a brazadas, logró reunir doce mil libros e impresos referidos a Extremadura. Él decía que los libros no los encuentras, te encuentran ellos a ti. Al hortelano esta mañana lo ha encontrado uno que dice tal cual así:

La generalidad de los pueblos de la provincia de Cáceres arrastran vida pobre y miserable, de lo cual es ya indicio su escasa densidad de población…He dicho que en ella malviven y mueren sus habitantes, porque en efecto la raza está allí depauperada…¿Y sabéis, señores, por qué está aquella raza tan empobrecida y tiene tan pocas resistencias orgánicas? Pues sencillamente porque no come, porque no gana para comer…, una gran parte de lo que da de sí la tierra trabajada por aquellas pobres gentes, sale de allí, viene principalmente a Madrid por obra y gracia del absentismo que es una azote…”

¿Te imaginas, Tulio, quién escribió -lo escribió en 1921- esta denuncia que en aquellos tiempos ni era prudente ni honorable? ¿Un componente de aquellas minorías que, en ese mismo año, fundaban en Madrid el Partido Comunista de España o de aquellos socialistas que ya estaban peleados? Ni siquiera era uno de aquellos primeros sindicalistas ferroviarios que sembraban acólitos en Mérida o Plasencia/Empalme. Era un católico ¿progresista? que se rebeló contra el contubernio de los terratenientes.

Por supuesto que son, Tulio, tiempos pasados, superados, olvidados. Como lo está el autor de aquellas líneas. Se llamaba León Leal Ramos, uno de los prohombres del Cáceres de la primera mitad del XX. En lo que el escribidor conoce de él -otro libro “viejo” de pequeñas semblanzas cacereñas y éste mismo de color no solo sepia sino de paja de barbecho- debió ser hombre valiente e impertinente en aquella Extremadura, entonces sí, de siervos y de señores.

Mira, Tulio, cómo se quejaba en 1915 del comportamiento de sus paisanos, los parientes próximos de quienes hoy también miran para otra parte cuando se les recuerda las enormes carencias de nuestra tierra:

“No me importa, por mí, que mis palabras caigan una vez más en el vacío. Aunque eso implicare un desaire o un desprecio para mí, yo hablaría porque quiero a mi pueblo y no quiero ser de esos muchos que en tertulias y cafés censuran indignados los desaciertos de los Alcaldes, Ayuntamientos, particulares, y comisiones, y no hacen más que esa labor negativa, de censura, , que a ellos por su pasividad, les cuadra mejor que a cuantos, si no aciertan, arriman al menos el hombro”

No sabía yo que el tal León Leal Ramos, con calle de importancia en la capital del hortelano, y con una muy importante labor social en los años tremendos de las vísperas de la Guerra Civil, ejerciera la virtud de la impertinencia con tanta maestría. Y vistas así las cosas, es por lo que este modesto cofrade piensa de nuevo qué lentos pasan los tiempos para la regeneración de los extremeños. No digo ya que fueran ingenuos Jose Álvarez Guerra en 1822 y León Leal Ramos en 1921, que soñaban con la idea de que Extremadura igualara “la riqueza” del resto de las regiones, sino que continúe siéndolo, casi dos siglos más tarde, un puñado de ilusos que seguimos preguntándonos que nos pasa a los extremeños para que, de las cincuenta y una provincias españolas, sean las dos extremeñas las que menos redujeron el paro en 2016.

Olvidaba dos cosas, amigo Tulio. La primera es decirte que los párrafos que he transcrito de León Leal corresponden a la conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid, el día 17 de mayo de 1921. En el texto figura la denuncia de la situación bochornosa de los latifundios en unos diez términos municipales cacereños , con indicación del porcentaje que ocupaban respecto al que estaba en manos de los residentes. ¡Qué escándalo, Tulio! Porcentajes que fluctúan entre el 60 al 80 % de los términos en poder de terratenientes absentistas.

Lo segundo es todavía más importante: te digo que ya están en los semilleros de la huerta las simientes de los tomates de verano. ¡Qué despaciosamente progresa la naturaleza: sembrar en enero para cosechar un puñado de tomates en verano! Hemos plantado morunos, negros de Crimea y rosados de los que sembraban los campesinos de mi pueblo a lo largo de los años. Pero el hortelano tiene una duda respecto a estos últimos: si acaso sembrando los autóctonos no estará de alguna forma colaborando a mantener el inconsciente colectivo de los extremeños; es decir, si, sembrando tomates de los de toda la vida, no estará acaso favoreciendo los condicionantes biológicos del atraso de todos nosotros. Decía León Leal, un hombre culto y cultivado, que “la raza está allí depauperada” por el hambre. ¡Qué fuerte!, que dicen mis nietos adolescentes.

El riojano que puede inscribir su nombre en la historia de Extremadura, o de cómo fabricar “mitos” que nos ayuden a sostener la identidad de los pueblos

En una ocasión el impertinente le dijo al alcalde de su pueblo que con el tiempo fundaría un sindicato de hortelanos en su aldea. Al estilo de la hermandad de San Gregorio de Plasencia, cuyos cofrades, desde hace seiscientos años, sacan en procesión al santo para que bendiga in situ las huertas de la margen derecha del río. ¿Y los de la izquierda, qué? O como en aquella estampa (La bendición de los campos, de Salvador Viniegra) que los niños de la posguerra vimos en los zaguanes de nuestros abuelos, con un cura horondo “guisopeando” los barbechos. El preboste pensó que la fantasía del hortelano iba en serio, y doy fe de que no le gustó nada aquel sueño de verano.

En otra ocasión invitaron al hortelano a hablar sobre los periódicos de su región. Los criticó porque dijo que ninguno de ellos -uno era del obispado y el otro de una compañía que se apellidaba “católica”- representaba a los sectores de izquierda, y no gustó que alguien de afuera opinara sobre “lo nuestro”. Como no fue ésta la única ocasión que sufrió reprimenda, el hortelano se dedicó en sus ratos libres a otras cosas. Pero, pasado el tiempo, tomó los hábitos de la impertinencia -“vuelta la burra al trigo”- y volvió a atreverse a tener opinión sobre los asuntos que comienzan en el kilómetro 170  de la A-5, allá donde un buen amigo del hortelano toca la bocina siempre que cruza la frontera. Y recuerda –qué manía de recordar…- que en una ocasión que viajaba en un autobuses cargado de personas de mucho rango, cuando el bus pisó aquel kilometro y comenzó a trepidar su carrocería por el mal estado del pavimento, alguien preguntó qué pasaba y otro respondió que nada, “hemos entrado en Extremadura”.

Decía, Tulio, que el hortelano ya se atreve a opinar de las cosas de la tierra y en alguna ocasión habría que reflexionar, sirviéndose de tu tocayo Cicerón, de lo que ocurre a las personas provectas cuando, a una determinada edad, desarrollan la manía de ejercer la libertad de pensamiento. De mayor, Tulio, cuídate de este achaque; no vaya a ser que destruyas las amistades que forjaste a lo largo de tu vida. Aunque ocurre, las más de las veces, que a otros muchos, acostumbrados a no ejercer la libertad de opinión, se les acaba la vida sin haberla ejercido.

Definitivamente voy al grano, que así debiera haberlo hecho desde el principio. Y es que el hortelano está a la espera de que amanezca y se entretiene trasteando en la maquinaria y ve en la pantalla que el arzobispo de Mérida-Badajoz ha propuesto al Vaticano crear una “prelatura”  para poner fin a la sinrazón de que el principal símbolo religioso e histórico de Extremadura, Guadalupe, regrese a territorio extremeño del que nunca debiera haberse escindido. El hortelano, así que había amanecido, se fue directo a los papeles regionales para ver cómo abordaban la noticia “histórica” de que al fin los obispos extremeños se hubieran atrevido a reivindicar  Guadalupe. Imaginaba que aquel anuncio llenaría las portadas, habría encuestas, declaraciones, hasta editoriales. ¡Qué le vamos a hacer! Nada de nada o casi nada, que así se las gastan los periódicos de mi tierra. Lo de la “prelatura” aplicado a Guadalupe puede no ser la mejor de las soluciones a un agravio después de tantos siglos de dominio feudal toledano de tan atrabiliario origen que con solo denunciarlo debería remover las conciencias religiosas, si es que fueran religiosas las conciencias de la mitra toledana. El hortelano escuchó hace algunos años, sentado a una mesa camilla más honorable que la mitra toledana, a un periodista devenido en arzobispo de cómo lo engañaron en Roma cuando se creó la provincia eclesiástica extremeña en 1994. Resultó que don Antonio Montero regresó de Roma con la convicción de que, junto a la jurisdicción -los territorios-, venía también Guadalupe. ¡Ojalá, el buen dios inspire al arzobispo-periodista a dejar por escrito la treta toledana. Y ojalá se atrevan a contarnos los obispos de hace la tira de años el acuerdo al que llegaron con Toledo para crear una especie de nueva jurisdicción eclesiástica teniendo como cabecera Guadalupe en la que estuvieran presentes las tres diócesis extremeñas y la de Toledo. Era un solución salomónica, pero, al fin, un paso importante para poner fin a la ignominia toledana. Pero, de nuevo, triunfó la soberbia feudal y la irrelevancia de los obispos extremeños, y nos quedamos compuestos y sin novia

-Amigo Tulio, busca en los papeles o en la maquinaria lo que este hortelano te está contando y ya verás cómo no existe ni rastro. Y es que en tu tierra, Tulio, todo aquello que importune a la autoridad competente no deja huella. Y paso a responder a ese reproche permanente que me haces sobre mi fijación mental con Guadalupe. Ya sé que piensas que Guadalupe ya no interesa o interesa sólo a una minoría confesional y que incluso, dentro de esta, muchos se encuentran más satisfechos con la militancia radical del clero toledano que con el extremeño, tan decaído que no tendría entre sus filas individuos suficientes para atender a las necesidades de los 30 pueblos extremeños en jurisdicción manchega. Aunque hortelano de un modesto pegujal, este escribidor entiende que los pueblos, cualesquiera que sean, necesitan símbolos o referencias que les ayuden a reconocerse como miembros de una comunidad. ¿Qué me une a mí con las naturales de la Siberia extremeña -¡que vaya, “nombrajo”, por otra parte!- siendo como soy de las tierras del Tajo? ¿Qué suceso o invocación histórica de autoridad puedo argumentar para que un ciudadano de la Serena se identifique con otro de la Sierra de Gata? ¿Otra vez los  Conquistadores, denostados por la autoridad competente? ¿Las monsergas aldeanas que pregonan desde la televisión autonómica? ¿El sentimiento victimista de sentirnos expoliados por Madrid? ¿O es que acaso nos sentimos extremeños porque así lo han querido nuestras autoridades? Ni el “candil” ni el “redoble” dan sentido de unidad emocional, y mira por dónde el elemento moderno más aglutinador, el himno de Extremadura, con seguridad la música de más valor de cuantas se crearon a partir de 1978 para fomentar los sentimientos autonomistas de los españoles, está siendo maltratado por las Administraciones.

El hortelano ha llegado con algún retraso a los libros del profesor judío Yubal Noah Harari (Sapiens: de animales a dioses). Pocas veces se ha expresado con tanta claridad el valor de los símbolos en la creación del sentimiento colectivo de los pueblos. ¡Vaya, otra vez con el inconsciente colectivo de los extremeños! ¡Si lo sabrán los vascos y los catalanes, por ejemplo! Dice el profesor de la Universidad de Jerusalén que a los hombres nos influyen el medio físico en que vivimos y también las emociones compartidas. A través de las emociones y del espacio físico, los hombres, para reconocernos y defendernos, hemos ido fabricando mitos y ficciones. En este capítulo, metan ustedes también las creencias religiosas. ¿Para qué sirven las emociones compartidas, querido Tulio? Muy sencillo, sirven para cohesionar a los grupos, a los colectivos, a las tribus; ahora también diríamos a las naciones, a las comunidades autónomas. Si nuestras emociones comunes fueran “reconocibles” y tuvieran sustento en la historia, estaríamos en disposición de mantener un “relato” que nos ayudara a crear una “unidad colectiva”. O lo que es lo mismo: sin “mitos” sin “un relato común de emociones”, los pueblos no tienen sentido ni futuro. Es decir, que como Extremadura no encuentre  su propio “relato”, será imposible mantener esa ficción en el tiempo y no dejará de ser un puro artificio administrativo, creado para mantener un interés político o personal, al calor de los recursos públicos. ¡Qué le pregunten a la Junta de Extremadura cuánto ha invertido en tratar de crear el “mito” de lo extremeño! Pero lo ha hecho mal, rematadamente mal, fomentando tan sólo el sentido victimista y folclórico.

-Ni antes ni después, amigo Tulio, Extremadura encontrará un “mito” más poderoso que Guadalupe para identificarse. Ningún otro tan importante desde el punto de vista histórico, cultural, emocional, que Guadalupe. Guadalupe tiene un potencial extraordinario como ingrediente aglutinador de los extremeños, incluso para los sectores laicos y aconfesionales. Pregúntaselo a nuestro común amigo, el promotor del principal movimiento laico extremeño, y no te librarás de una charla bien documentada sobre el valor de integración emocional de Guadalupe.

 

Por eso no comprendo la indiferencia con la que los medios de comunicación han acogido el anuncio del arzobispo Morga de solicitar al Vaticano la creación de una “prelatura” para Guadalupe. El arzobispo ejerció antes en Roma y debe conocer bien cómo funcionan los pasillos del Vaticano. Cuando lo nombraron, se expresó con una ingenuidad entre temeraria y asombrosa. Reconoció que conocía Extremadura de nombre, sabía que era una región “al sur de Madrid”. Ahora este arzobispo riojano, Celso Morga Iruzubieta, puede inscribir su nombre en la historia de Extremadura. Pero no sé a qué viene tanta sorpresa, acostumbrado el hortelano a presenciar la indiferencia de los extremeños con todo cuanto no venga dirigido desde Mérida, como en tiempos sucedía con aquello que no viniera decretado desde la Corte.

Leyendo al profesor de la Universidad de Jerusalén al fin he entendido que el impulso del hortelano de crear un sindicato, la emoción de mi amigo cuando toca la bocina al entrar en territorio extremeño y la reivindicación del arzobispo Morga tienen el mismo origen e interpretación: la necesidad de crear y sostener en el tiempo el mito que permita el “relato” principal de los extremeños. Y si no lo hacemos, ahora que estamos a tiempo, corremos el riesgo de que otras circunstancias políticas terminen por arruinar la endeble cohesión de los extremeños.

DEL QUÉ NOS PASA A LOS EXTREMEÑOS (segunda parte) Y EL RIESGO DE ESQUIZOFRENIA DE LOS ECOLOGISTAS

 

El hortelano tiene uno, dos y, a veces, hasta tres lectores, lo cual, en los tiempos que corren, le produce un placer inenarrable. El caso es que mis tres lectores me vienen dando la tabarra sobre lo que escribí del qué nos pasa a los extremeños y el inconsciente colectivo, que de forma impertinente el hortelano abordó hace unos días. Lo del inconsciente colectivo debe ser como la mochila que cada uno traemos a este perro mundo, llena de nutrientes biológicos y psicológicos que condicionan nuestras vidas. Vamos, una especie de códigos que nos empujan a pensar o actuar de una determinada forma, una teoría que se inventó, hace exactamente cien años, un señor que por ello ha pasado a la historia. O más bien, una excusa para tener a quien echarle las culpas si los extremeños fuéramos por naturaleza indolentes o resignados: que somos los últimos en PIB, en renta per cápita o en PISA…, la culpa del inconsciente colectivo que heredamos de nuestros padres y, además, habríamos descubierto un argumento poderoso a la hora de negociar los fondos de cohesión y de solidaridad territorial con el ministro Montoro, que él también tiene que tener un inconsciente colectivo del carajo, siendo, como es, de una provincia hermana en lo de la renta per cápita.

Fíjate, Tulio, hasta dónde han llegado los ecos de la impertinencia que el tercero de mis lectores, un experto en psicoanálisis, se está ocupando de crear un grupo “interdisciplinar” para proseguir la cavilación sobre el inconsciente colectivo de los extremeños. Ya le he dicho que si la reflexión se hiciera cabe la higuera, habría que esperar al mes de mayo cuando canta la calandria y cuando ella se viste de primavera. Lo mismo ocurriría si lo hiciésemos bajo la parra, mejor bajo el nogal, que es sombra más fresca y apacible, porque bajo el olivo no debiéramos hacerlo pues a su vera están creciendo las coles que acompañarán el “buche”  de los samblases. Te aclaro, Tulio, que en mi aldea las fiestas, pasadas la Navidad, se inician en San Blas y en San Blasino, y de fiesta en fiesta, en un plisplás, llegamos al verano, Dios mediante.

Y así, nombrando a este invento de la prehistoria gastronómica comenzaría el capítulo primero de la primera mesa redonda del que nos pasa a los extremeños, pues tengo para mí que el “buche”, que en las tierras leonesas llaman botillo, lo trajeron los mesteños o acaso lo inventaron en las dehesas extremeñas y lo exportaron a sus lares llevándose el copyright. De cualquier forma lo del “buche” y, sobre todo, lo de la dehesa nos serviría, como digo, para introducir la mesa de los historiadores en el simposio del qué nos pasa

La dehesa, el paisaje más admirable de cuantos existen en el mundo, es también la primera de nuestras desgracias. ¡Pura contradicción! O un perfecto oxímoron como hubiera dicho mi amigo el Gramático si no nos hubiera dado el disgusto de morirse. Considerada así, la dehesa fue un invento infernal. La inventó la gran nobleza, los poderes fácticos de la época, para aposentar sus miríadas de merinas y llenar sus despensas. Los enormes territorios adehesados impidieron la labranza y las tierras se despoblaron. De aquellos latifundios vienen nuestros lodos, es decir, la pobreza, la emigración, el espíritu vasallo de los extremeños. Lo malo es que el latifundio y cuanto significa es materia de presente, aunque todavía los extremeños no nos hayamos recuperado de otro de nuestros oxímoron más clamorosos: que fuera el dictador Franco quien firmara en 1952 el decreto de creación del Plan Badajoz y de paso destruyó cien mil hectáreas de dehesas, en las que antaño se alimentaran los rebaños de la iglesia y de la nobleza y en ellas hoy se asientan los extremeños con mayor renta per cápita de toda la Comunidad. ¡Buen tema para cavilar, amigo psicoanalista!

Fíjate, Tulio, en la noticia que tú y yo hemos leído en el papel principal de la tierra. El heredero de uno de los imperios más importantes del sector farmacéutico mundial, Leandro Sigman, ha comprado un latifundio en Extremadura. Digamos que un latifundio pequeño, que en esto también hay categorías, pero de enorme valor histórico, la Granja de Mirabel en Guadalupe, aquella que, en 1910, le causó a don Miguel de Unamuno un trance casi místico: “…unos de los más espesos y más frondosos bosques de que en mi vida he gozado. Jamás vi castaños más gigantescos y tupidos. Y nogales, álamos, alcornoques, robles, quejigos, encinas, fresnos, almendros, alisos junto al regato y todo ello embalsamado por el olor de perfumadas matas…”

-Un por cierto, amigo Tulio: al gran Unamuno lo ha zaherido a bandera batiente hace solo unos días un escribano en uno de los periódicos regionales, por aquello de que se atrevió a criticar la indolencia de los extremeños. Vamos, un heroico patriota el periodista, decidido a no permitir que nadie mancille el buen nombre de los extremeños…

Mejor nos hubiera ido si el nuevo magnate e inquilino de las tierras de Guadalupe, en lugar de comprar un latifundio, se le hubiera ocurrido plantar en tierra extremeña una de sus innumerables fábricas o factorías que figuran en su agenda. Dicen además los periódicos que el tal Leandro Sigman es persona de mucha confianza de Felipe Gonzalez, que tiene -es sabido- parada y fonda también en los campos guadalupanos.

-Digo yo, Tulio, que qué extraño placer deben sentir los latifundistas dueños de inmensos territorios. Me los imagino llegando en sus potentes maquinas levantado nubes de polvo en los caminos de su heredad, sintiéndose señores de horizontes infinitos para calmar sus espíritus cansados de ajetreos urbanos y millonarios. Debe ser algo parecido a lo que le sucede a este hortelano afortunado cuando descorre el cerrojo de su pegujal. Un día tenemos que hacer entre los dos la nómina completa de los latifundistas para llevársela al presidente de la Junta de Extremadura, y les escriba a todos y a cada uno una carta señalándoles el compromiso que tienen con el desarrollo y la prosperidad de los extremeños. De lo contrario, si no crean riqueza en la patria de sus condados, les condenaríamos a ingresar en la Orden de Los Santos Inocentes. ¿Sabes quién es Isidro Bergel Sainz de Baranda, uno de nuestros últimos  latifundistas? Un tío listo, Tulio… Por otra parte, ¿qué fue de aquel latifundio que compró un jeque árabe, recibido a pie de las escalerillas del avión por todos nuestros jerarcas en uno de los espectáculos de vasallaje más esperpéntico  de los muchos de nuestra historia?

Hablaba de la dehesa y que era causa y razón de lo mucho que nos pasa a los extremeños y mira por dónde lo que hoy nos admira y nos recrea, y hasta lo consideramos como el paisaje que mejor nos representa, es, a la par, origen de nuestras desgracias. Compadezco a los ecologistas, a punto de entrar en trance de esquizofrenia ante el dilema de admirar o denostar la dehesa, y es que en esto de las contradicciones –otra vez los oxímoron- nos lucimos los cristianos, diestros en aprovechar las contradicciones. Sin nuestros pecados de cada día no existirían las Pasiones de Bach, ni escucharíamos el Mesías de Handel como lo voy a hacer mañana oyendo a la escolanía de mi nieta, y el que suscribe da por bien empleados sus muchos pecados con tal de poder seguir escuchando el miserere de Gregorio Allegri. Cómo sería la fama de la tal pieza –el miserere- que solo se podía escuchar en la Capilla Sixtina y hasta se dictó un laudo de excomunión a quien se atreviera a interpretarla en cualquier otro sitio, algo parecido a lo que sucedía con las merinas en tiempos de los Trastámara prohibiendo exportarlas fuera de sus reinos hasta que el rey ilustrado, Carlos III, regaló a sus parientes de Francia un rebaño de 334 ovejas y 42 carneros.

-Ya ves, Tulio, cómo de nuevo vuelven a coincidir los extraños gustos del hortelano por el miserere de Allegri con las merinas que poblaron las dehesas extremeñas que gobernara el Honrado Concejo de La Mesta, origen de todos nuestros males. Pero estoy perdido, amigo Tulio, no sé cómo volver al tema con el comencé, el del inconsciente colectivo de los extremeños, y he desembocado en  la historia del miserere, aquella partitura protegida por una excomunión hasta que el niño Mozart se la aprendió de memoria y consiguió sacarla del imperio de los papas.

Trataba de decir que uno de mis colegas en la secta de La Cachava pretende crear un grupo interdisciplinar -dice que de psicólogos, sociólogos, historiadores, un economista, un pedagogo, un estadístico, un politicólogo, hasta un filosofo- para investigar qué nos pasa a los extremeños que no prosperamos o avanzamos en muy pequeñas dosis en el camino del progreso.

-Repara, Tulio, que la cuestión tampoco es novedosa. El presidente Fernández Vara anda por esas tribunas predicando la necesidad de repensar Extremadura y será –digo yo- algo equivalente a lo que mi amigo pretende con lo del qué nos pasa. No sé si el señor Fernández Vara ha reparado en los peligros del pensamiento. Una vez tuve un pensamiento sobre el origen de los males que acontecen a los extremeños y me retiraron el saludo los próceres de mi tierra. Y solo dije que una de las razones más importantes del atraso de mi región era la incapacidad de la mayoría de sus dirigentes para la gestión de los asuntos públicos.

Puede ocurrir también que a los extremeños no nos pase nada original, que el inconsciente colectivo de los extremeños sea igual o parecido al de los andaluces o al de los murcianos. ¡Vaya consuelo! Pero por qué la estadística oficial dice que el 60 %  de los jóvenes extremeños están en paro. No hace mucho el hortelano preguntó a un gerifalte de la Junta cuántos jóvenes de los que terminaban los distintas grados de la enseñanza profesional encontraban trabajo de su especialidad en Extremadura. El gerifalte se rascó la nariz. Hizo la misma pregunta a un jefazo de la Universidad: cuantos licenciados o graduados de las dos últimas promociones encontraban salario en Extremadura. El jefazo miró por la ventana.

-¿Sabes lo que te digo, amigo Tulio? Que voy a decirle al de La Cachava que bien merece que sigamos pensando en el inconsciente colectivo de los extremeños y cuando terminen las sesiones del Qué nos pasa…, pongamos por escrito las conclusiones. Yo me comprometo a recluirme este invierno en la chimenea de a once céntimos el kilo de leña y hacer una antología de lo que se ha dicho de nosotros los extremeños desde Estrabón a Andrés Trapiello.

 

LA REBELIÓN DE LAS MASAS Y EL “INSCONCIENTE COLECTIVO” DE LOS EXTREMEÑOS

 

Mi amigo el de Industriales  -¡un lujo de amigo, señores!- anda leyendo La rebelión de las masas de don José Ortega y, al hilo de la lectura, reflexiona sobre lo que nos acontece a los españoles y a los extremeños casi noventa años más tarde de lo que escribiera el bisnieto de la placentina Pilar Munilla, de los Munilla placentinos de toda la vida.  Decía que mi amigo el lector de Ortega anda, estos días, por lo que veo, embebido en lecturas esenciales y medita sobre qué nos pasa para que también los redactores del informe PISA nos coloquen en el pupitre de los torpes. Y el hortelano le ha amenazado con enviarle no menos de veinte folios con sus cavilaciones sobre las razones que pudieran explicar por qué los extremeños nunca fuimos alumnos aventajados ni en renta per cápita, ni en PIB, ni siquiera en los aprovechamientos académicos.

¿Por qué será, amigo Tulio? ¿Razones históricas? ¿Razones culturales? ¿Biológicas? ¿Políticas? ¿De todo un poco? ¿O acaso tendrá razón el secretario general de Educación de la Junta de Extremadura que se despacha diciendo que la baja calificación que el informe PISA otorga a los extremeños se debe a la herencia recibida del gobierno del PP? Un genio, el tal secretario general…

Si por el hortelano fuera, organizaría en la huerta un simposio para dilucidar por qué los extremeños somos siempre o casi siempre los últimos de la clase. No para lamernos las heridas, sino para consensuar un diagnóstico que nos sirviera para remediar nuestros males. Los sentaría a platicar cabe el olivo centenario injertado de manzanilla, por aquello de que la cosa viene de lejos. Invitaría a un historiador para que nos hiciera el relato de esta tierra como territorio de conquista y de reparto, habitado por gentes sumisas, -nuestros abuelos, amigo Tulio- súbditos de nobles y de caciques, gentes de leva. Ofrecería tribuna a un sociólogo para que describiera el desgarro social que han supuesto todos los procesos de emigración, con especial atención a la diáspora de los años sesenta; convocaríamos incluso a un biólogo para aclarar los procesos de empobrecimiento genético derivados de la huida en masa de los más fuertes o los más talentosos. Haría lo mismo con un experto en psicología social para que reflexionara sobre las huellas que producen en los ciudadanos los siglos de sometimiento y vasallaje. No me olvidaría de invitar a quien gobernó Extremadura durante 24 años para que nos contara aquello de que la culpa fue de la dictadura de Franco, y, si todavía encontrásemos con lucidez a algún sobreviviente de la Dictadura, le concederíamos la palabra para que disertara sobre los males que trajo a Extremadura la partitocracia de la República. Tras de Ibarra, Monago expondría su opinión sobre lo mal que lo hicieron los socialistas en su largo imperio de casi un cuarto de siglo. Y al final, convocaríamos a Fernández Vara y a su secretario general de Educación para que reiterara su teoría del “y tú más…”

Para cerrar el simposio, el hortelano invitaría a aquella mujer valiente y esforzada –anoten su nombre, María Ángeles Durán Heras- que se atrevió a decir, una noche en el teatro romano de Mérida, aquello que parecía un versículo del Eclesiastés y que, convenientemente adornado por el hortelano, fue algo parecido a esto: “pasan los gobiernos de uno u otro color, pasan los siglos, los regímenes, las monarquías, las repúblicas y hasta las dictaduras, pasan los gobiernos de derecha y de izquierdas, pero los extremeños seguimos…”

-¿Qué nos pasa a los extremeños, amigo Tulio? Efectivamente, nos pasa lo que nos pasa. A ver si mi amigo el de Industriales termina de leer La rebelión de las masas y podemos discutir sobre lo que nos sigue pasando a los extremeños.

El hortelano andaba estos días con la mosca detrás de la oreja rumiando una cierta teoría sobre la razón de que el informe PISA nos sitúe de nuevo a andaluces y extremeños, extremeños y andaluces, en el pelotón de los torpes. Y ya se sabe lo pesadas que son las moscas en los comienzos de los inviernos. Los extremeños y andaluces no estamos entre los españoles con menores presupuestos en Educación, y sin embargo, otras Comunidades, con poco más renta que nosotros, están muy por encima en los ranking escolares. A otro amigo de este escribano le ha dado por dividir el monto total a que ascienden los Presupuestos de varias Comunidades Autónomas por el número de habitantes de cada una de ellas, y, ¡oh, milagro!, los extremeños somos los que más tocamos en renta presupuestaria, los más ¿subvencionados?

No seré yo quien lo diga, pero, si alguien se atreviera a decirlo, este servidor impertinente lo aplaudiría. Si dijera, por ejemplo, que qué fatalidad esto que parece demostrar el informe PISA: ya que no somos capaces de crear empleo, y por ello nuestros jóvenes emigran a raudales, al menos que se marchen en las mejores condiciones académicas posibles;  que si se tienen que ir los más jóvenes y con mejor formación, al menos que se vayan no siendo los últimos de los ranking académicos. En tiempos, los extremeños emigrábamos con la maleta de cartón y las cuatro reglas por todo bagaje. ¿O no? Ahora, los jóvenes emigran con títulos académicos. ¡Vaya que si hemos progresado! Hubo otro tiempo en que era fácil escuchar aquello de “he sido el primer universitario en mi familia”. Hoy, afortunadamente, cada familia extremeña tiene uno o varios en sus filas, pero lo que a este hortelano impertinente le subleva es conocer cómo los universitarios que se quedan esconden sus títulos académicos para acceder a los puestos más bajos, porque ya me dirás, Tulio, cómo pongo en el curriculum que soy licenciado en Económicas o titulado en Obras Públicas si de lo que se trata es de tener una ínfima soldada como empleada en un call center o reponedor en el Carrefour…

-Imagínate, Tulio, que llega a ti un joven de Mérida o de Plasencia, recién titulado, pongamos que en alguna disciplina técnica, y te dice que en Extremadura no encuentra trabajo. ¿Qué le recomendarías? ¿Le dirías: hombre no tires tan pronto la toalla, busca plaza de economista en alguna empresa extremeña, de abogado en algún despacho, de ingeniero de obras publicas…  O le dirás, por el contrario, mi querido joven: no esperes a mañana, coge el petate y márchate como hicieron tus mayores.

Pero con todo esto no llegamos a ninguna parte…, la casa seguirá sin barrer. El hortelano continúa con la idea del simposio titulado “qué nos pasa a los extremeños” y en ello estaba; mejor dicho iba con el carretilla de la leña para la chimenea, no tanto para calentarse como para crear un ambiente de invierno en el rincón de las lecturas, y, al torcer en el Altozano, se le ocurrió que, ahora que se cumplen cien años de la muerte de quien inventó la teoría del “inconsciente colectivo”, podría intentar aplicar aquella teoría a qué nos pasa a los extremeños.

-Atiéndeme, Tulio, que tal vez merezca la pena. Si el “inconsciente colectivo” fue un hito en la historia de los descubrimientos tratando de explicar lo que les ocurre a determinados colectivos teniendo en cuenta los substratos más íntimos y persistentes que a lo largo de los siglos se han ido depositando en la genética de sus componentes, ese mismo descubrimiento nos podría ser útil para comprender lo que nos pasa a los extremeños.  El descubrimiento del hijo de un párroco rural suizo -luterano por supuesto, que aquí nuestros párrocos se acomodan de forma diferente-, el señor Carlos Gustavo Jung, explicaría lo que nos pasa a los extremeños. ¿Nacemos, pues, los extremeños de pura raza -los nietos de vetones, lusitanos, árabes y con cuarto y mitad de judíos- con la naturaleza y la voluntad predeterminada? ¿Predeterminada a qué? Predeterminada a que me lo den resuelto.

-Me dirás, Tulio, que eso son fantasías, puro determinismo, o ganas de darle a la hebra en una atardecida de chimenea con una copa al alcance de la mano. Eso sería compararnos con mis gallinas o con los gorriones de mi huerta, cuyo “inconsciente colectivo” les lleva a no admitir en el gallinero a dos nuevas pollitas y las persiguen como locas por los rincones del corralillo  mientras el gallo presencia divertido la pelea de las hembras, o cómo los gorriones no han vuelto a picotear en el bancal de las espinacas desde que le hemos puesto en los surcos tres culebras de plástico, de esas que venden en las “chuches”, en la plaza de mi aldea. El “inconsciente colectivo”.

-Ya verás cómo mañana mismo, ahora que no queda otra que arrebujarse junto a la chimenea, se me ocurren otros cuatro folios que añadir a los muchos ya emborronados sobre el qué nos pasa a los extremeños y se los envío a mi amigo el de Industriales, tal vez antes de que termine de leer La rebelión de las masas. Es decir, a pesar del “inconsciente colectivo”, los extremeños también podrían hacer lo que nunca hicieron: rebelarse contra su propio inconsciente.