2 de octubre 2020

Foto NDG

“El día que el agua caliente de la ducha deje de fluir, en ese instante comprenderás, Tulio, que ha comenzado el futuro. Y, cuando tengas una cierta edad, comprobarás cómo todo fluye y cambia y perece…; y lo que te parecía firme, se desvanece. Hoy nos reconforta más el olor a legía que el Chanel nº 5. Convivimos con resignación con lo que antes nos parecía insoportable. Cuando tus hijos alcancen el gobierno, me pregunto cómo figurarán en las enciclopedias los tiempos inciertos que vivimos: si como una merma en el curso del progreso o como el final de un tiempo en el que nos creíamos superiores” (De “Liviandes”)

En los últimos tiempos, al hortelano le ha dado un ataque de complicidad con sus colegas de generación, es decir con sus amigos antañones, es decir con sus amigos los viejos, y les ha preguntado si durante el tiempo que dura la pandemia han notado cambios en su pensamiento o en sus convicciones. Para dar ejemplo, o más bien para facilitar la confidencia, el hortelano indiscreto comienza por reconocer que él sí ha cambiado, y es lo que trata de explicar ahora emborronando la pantalla. Pero no van las cosas por donde imaginas, amigo Tulio. El doblo de las campanas del pueblo no le ha macerado sus convicciones, ni siquiera el aumento cierto del colesterol lo ha aproximado a la sacristía. El cambio va por derroteros existenciales, y tal vez sea debido a que el hortelano dispone de tanto tiempo libre como le plazca. ¡La terrible manía de pensar! En tiempo no tan lejanos, las obligaciones alimenticias le impidieron subir a la torre de su pueblo para contemplar el horizonte. Ahora, los dioses le han dispensado el regalo de disponer de tiempos luengos para contemplar las estrellas, y es así cómo todos los días las contempla con un disfrute inagotable.

El hortelano ha militado siempre entre los convencidos del progreso. Incluso ha sido partidario de acelerarlo en todo lo que estuviera a su alcance. Al tiempo, despreciaba a quienes pasaban la vida acurrucados en el rincón que las circunstancias le asignaron. Cuando niño, el hortelano vivía frente a un mar de encinas y, allá en el horizonte, tan pronto como anochecía, se encendían las luminarias del ferrocarril lejano, y al niño que fuiste le dio por imaginar que viajabas a bordo de aquellos convoyes a lugares remotos. Desde entonces, el niño con vocación tardía de hortelano se alistó en la bandada del progreso, del perfeccionamiento permanente, del adelanto, del éxito. Aborrecía a quienes se quedaban quietos, esperando que la suerte los sacara del atolladero. ¡Porca resignación!

De un tiempo a esta parte, sin embargo, el hortelano se encuentra perplejo. Y como es hombre de firmes contradicciones, se admiraba de la quietud de su huerta al tiempo que profesaba devoción por el progreso. Año tras año, estación tras estación, viendo cómo se consumaban los ciclos de los cultivos. Y también la lentitud como norma sagrada. Cuando escribes, tus colegas estarán seleccionando las semillas de las habas y los bulbos de primavera.  Cualquier mañana calma, enterrarán las semillas y aguardarán con paciencia infinita a que germinen. Otro día, de repente, aparecerá en el surco o en el arriate una brizna verde que lentamente, con exasperante lentitud, se convertirá en fruto o en flor allá cuando la pandemia, ojalá, sea memoria de uno de los episodios más tristes de nuestra existencia. Compadezco a mis amigos de la ciudad que nunca han enterrado una semilla ni han presenciado el milagro de la germinación de una planta.

El caso es que el hortelano ha llegado a una conclusión contraria a sus convicciones: “todo fluye, cambia y perece…, y lo te parecía firme se desvanece”. Creías que la gente de tu generación había inventado un sistema de convivencia que heredarían sus nietos, y has terminado por confirmar que los cimientos estaban infectados de termitas. Pensabas que el progreso había inoculado la solución contra los males del cuerpo, y has visto que los brujos de bata blanca no se ponen de acuerdo en cómo matar a un bichito insignificante. Y lo que es peor, has confirmado que la condición humana produce, de tiempo en tiempo, gente deleznable, y estamos ahora en el tramo más funesto, en la curva ascendente de esta otra pandemia de gobernantes ineptos. Lo mismo que en la huerta hay años que, sin conocer la razón, los frutos son más dulces y otros más agraces, en la vida de los hombres, en unos pocos años, se concentran sabios o artistas extraordinarios, mientras en otros momentos, como en el actual, la tarántula del odio desova sin complejos.

No sé si estas cavilaciones son o no efecto de los años o acaso del coronavirus que nos amenaza o de la evidencia de la perversión de los políticos. El hortelano ha escrito perversión, y no se arrepiente porque los conoce. Cuando alcanzó la edad de la “visión panorámica” comprendió la razón del regreso de Odiseo a Ítaca, que no era otra que proclamar el valor del retorno a los orígenes, y tal vez sea ésta la causa de lo que te sucede. Vuelves y regresas, mil vidas que vivieras, al fundamento de todas las cosas, al útero que te puso en el camino con la promesa de que los dioses te concederían el don del retorno. Que don Antonio erró cuando impidió el regreso del caminante. Le faltó decir que el mayor placer del caminante es el retorno, al “volver la vista atrás…”. Atrévete a decirle al poeta en cuyo bolsillo de moribundo encontraron los versos más metafísicos y premonitorios, atrévete -digo- a decirle que sí hay camino, y que también se hace camino al regresar. Si hasta sus versos finales –estos días azules y este sol de infancia- preludian su canto al regreso.

Si el hortelano sufriera un nuevo episodio de trascendencia, tan frecuentes en estos tiempos de pandemias, buscaría en sus libros esenciales el pasaje del sueño de Zaratustra del eterno retorno, traducido por aquel amigo que te reprendía porque ibas al salón de música sin haber leído antes la partitura. Recuerdas que era jefe de tribus, en tiempos de los profetas; que nació con la sonrisa en los labios como signo de sabiduría divina, y trató de convencernos de que no existe nada nuevo en el mundo. Decía el filósofo dueño de rebaños que las ideas, los sentimientos, se repiten; mueren y se reproducen, incluyendo el bien y el mal, en círculos inacabables. Sólo nos queda el consuelo de que, en este eterno fluir y repetirse, el mundo se perfeccione y progrese. Este tiempo infame pasará, y nuestros hijos volverán a construir un presente mejor para que nuestros nietos, a continuación, se encarguen de destruir lo conquistado. O tal vez seamos nosotros mismos, como lo hizo Zaratustra, los encargados de destruir lo ya alcanzado. 

Mientras llega la próxima deflagración, consolémonos recordando las alegres incidencias del viaje de la vida. ¡Qué hubiera sido de Marco Polo si no hubiera podido escribir al regreso el “libro de las maravillas del mundo”! Ojalá, te alcance el tiempo de que alguien te diga: cuéntame tu vida, Tulio. Porque todas las vidas merecen la pena y, a veces, la vida del labriego que nunca abandonó su tierra es más interesante que la del viajero atolondrado que camina sin conocer su destino. Por esta razón te enciendes de cólera cuando recuerdas que, en tu pueblo, treinta y cuatro ancianos confinados murieron sin la compañía de quienes conocieran su historia.

Al fin y al cabo, lo que el hortelano está rumiando lejos del portalillo de su chabuco es la exploración del tiempo que le tocó vivir, consciente de lo efímero de sus convicciones. Consciente también de los estados de ánimo de los viejos que Cicerón describió con tanta justeza. Por lo que recuerdo, lo escrito por tu tocayo, amigo Tulio, no eran estados melancólicos, sino un relato de las virtudes y de las oportunidades de quienes tuvieron la fortuna de llegar a la edad de subir al campanario para contemplar las vueltas del camino antes de que los dinamiteros coloquen la pólvora junto a los pilares de la torre. Peor que la melancolía, amigo Tulio, es la inconsciencia de quienes no reconocen que nuestro tiempo ha pasado. Aunque el curso de la historia no se cuente en generaciones tasadas, reconozcamos que está a punto de cerrarse el círculo de quienes amanecimos cuando humeaban aún las brasas de las guerras. Heredamos un mundo a sabiendas de que el progreso imparable lo destruiría, pero de él nos servimos para alimentar las ambiciones. Seamos sinceros, mis colegas, y recordad que algunos participamos en su aniquilamiento. A cambio, ayudamos a construir, sin apenas certezas, el tiempo más hermoso de la historia. 

Hagamos, pues, recuento de todo aquello que nuestra generación creó si es que se nos permite “socializar” lo que otros inventaron. Separemos el polvo de la paja. Seamos por una vez sinceros. Decidamos qué de todo aquello merece conservarse. Aquella España en blanco y negro era una España de esperanza y de promesa. Aquella España de miseria y de hambre se trocó glotona y glucémica. Ahora nos preocupa más el exceso de calorías que la falta de sustento. Podemos evacuar ante la puerta de El Pardo sin que nadie se entere, y el asno que teníamos esclavizado es hoy mascota en el predio del hortelano.

Veníamos de aquella España que Gil de Biedma describió con un tizón humeante: De todas las historias de la Historia/sin duda la más triste es la de España, /porque termina mal. Como si el hombre, /harto ya de luchar con sus demonios, /decidiese encargarles el gobierno/ y la administración de su pobreza (…) Quiero creer que nuestro mal gobierno/ es un vulgar negocio de los hombres/ y no una metafísica, que España/ debe y puede salir de su pobreza, / que es tiempo aun para cambiar su historia/ antes de que se la lleven los demonios. Procedíamos de siglos en los que la estupidez y la crueldad se enseñorearon de España, según el relato prodigioso de Chaves Nogales. Y creíamos -ingenuos nosotros- que habíamos conseguido enderezar el rumbo desnortado de una estirpe cainita.

Yo vengo, amigo Tulio, de un tiempo humilde pero esperanzado en el que nos alimentamos de sueños y de versos. Tengo la memoria flaca y, como Luis Landero, tengo “la memoria llena de ruinas poéticas”, y por ello he decidido esta mañana abrir la antología de los versos melancólicos  y comprobar cómo suenan aquellos de Ángel González que mal recuerdas en su letra pero cuya música te nutrió durante milenios: De vosotros,/los jóvenes,/espero/no menos cosas grandes que las que realizaron/vuestros antepasados./Os entrego/una herencia grandiosa:/sostenedla./Amparad ese rio/de sangre,/sujetad/con segura mano/el tronco de caballos/viejísimos,/ pero aún poderosos,/que arrastran con pujanza/el fardo de los siglos/pasados.

Ahora preguntarás, Tulio, que quién nos ha dado el derecho de legar a otros lo que no nos pertenece. Y, sin embargo, pienso y defiendo que aquellos nuestros tiempos eran tiempos de construcción y estos son tiempos de derribos, que en esta España nuestra merodea por los caminos una banda de dinamiteros que empollaron el odio soplando los rescoldos de la historia. Cuando Zaratustra despierte, se encontrará de nuevo con el rostro familiar de quienes aniquilaron las civilizaciones reclamando el derecho a construirlas de nuevo.

Cuando te llegue la edad de sentirte, como yo, perplejo y afligido tal vez comprendas mejor estos otros versos de Gil de Biedma a la hora de levantar la tienda en un pueblo junto al mar, /poseer una casa y poca hacienda/y memoria ninguna. No leer, / no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, / y vivir como un noble arruinado/entre las ruinas de mi inteligencia.

El hortelano tiene un pegujal, y en él, una silla de enea confortable, dispuesto a escuchar la música de las esferas siguiendo el consejo de Horacio, el padre de los poetas esenciales: el que se contenta con su dorada medianía / no padece intranquilo las miserias de un techo que se desmorona. O, más bien, con la aspiración de otro de tus poetas más queridos, Francisco Brines, envejecer con algo de memoria y alguna claridad, feliz de haber vivido los años más hermosos de esta España nuestra.  

13 de septiembre 2020

Foto NDG

“In memoriam: Recuerda, Tulio, la noche en que decidisteis en consejo de familia deportar a los ancianos al pabellón de los inválidos a la espera de que su tiempo se cumpliera. Recuerda, Tulio, que no teníais ni trapos ni plásticos para protegerlos, ni a ellos, ni a quienes los cuidaban. Murieron solos y sin dignidad. Los enterramos en el más completo desamparo. ¿Recuerdas, Tulio, aquellos tiempos de verbenas y de fanfarrias?” ( De “Liviandades”)

Estábamos haciendo cola en la plaza, “una de las plazas mayores más bonitas de España y probablemente del mundo” (sic) según el escritor Eduardo Moga, decía que hacíamos cola en un emplazamiento tan privilegiado para comprar el pan y el periódico -dos importantes nutrientes- cuando comenzaron a doblar las campanas. Lo de “doblar las campanas” me temo que lo entiendan solo la gente mayor de pueblo, especímenes en franca regresión. Doblaban las campanas pero nadie pareció inmutarse por la sencilla razón de que ya es rutina que en mi pueblo las campanas toquen a muerto, como le sucedía a aquel forastero (Clint Eastwood) recién llegado al poblado, y al que el campanero le previno con una frase que viene a cuento: “aquí se pasan la vida entre entierros y funerales”. Algo parecido, efectivamente, nos ha sucedido este verano pues raro ha sido el día en el que, al amanecer, las campanas, sean de Santa María o de San Pedro, no hayan esparcido sobre los tejados el sombrío recuerdo de que durante veinte días de confinamiento murieron tres decenas largas de ancianos. ¡34 muertos en un pueblo con vocación de aldea! Es probable que en toda su historia nunca como en la pasada primavera la muerte haya tenido una presencia tan destacada. A poco que lo pienses, Tulio, eran gente de mi generación y por ello me siento más concernido. Todos tienen nombre; a la mayoría los conoces y, si no, a poco que te lo expliquen, sabes quiénes son sus hijos y sus nietos.

Ahora, cuando al fin tenemos una cierta libertad de movimiento, se celebran los funerales que antes no se hicieron. Es la razón de que el paisaje sonoro del pueblo durante este verano esté impregnado del doblo por los muertos. Pocas cosas más sobrecogedoras, amigo Tulio, que el tañido grave e imponente de una campana bien timbrada como son las de mi pueblo. Cuando apenas se ha diluido el anterior, otro ocupa su lugar, y así sucesivamente durante un tiempo tan prolongado que ya no recuerdas cuándo comenzó ni cuándo al fin termina porque el zumbido de cada campanazo se mantiene líquido en tu cerebro. Como una pedrada en las aguas del estanque cuyas ondas se propagan hasta extenuarse. Tú mismo, Tulio, nos podrías ilustrar sobre cómo las religiones utilizan las reiteraciones sonoras para provocar emociones devocionales. Lo hacen los tibetanos haciendo sonar el gong, los sufíes en los bailes circulares y los benedictinos en las abadías recitando los salmos. Tan cierto, que un amigo me dijo hace poco que, escuchando las campanas de duelo, le entran unas ganas irrefrenables de hacer confesión general. En cambio, mi nieta adolescente bajaba este verano del dormitorio todas las mañanas diciendo: “¡abuelo, las campanas…!”

¡Oh, las campanas…! Otra vez las campanas tocando a muerto. De poco te sirve recordar la emoción con la que seguiste el duelo de las campanas de Salzburgo cuando bajabas de la colina del palacio del príncipe para visitar en el cementerio la tumba de Mozart y coincidió con la hora en la que las espadañas de la ciudad conmemoraban el Día de Difuntos.  El decorado parecía sacado de Visconti en Muerte en Venecia. Aunque la mejor escena de funeral compartido ocurrió al comienzo del verano en el cementerio. El cementerio de mi pueblo está en una ligera pendiente y arriba, en la parte de la ampliación, hay una pequeña meseta en la que instalaron un altar. Mi amigo el geógrafo, tan impertinente como el hortelano, dice que en esta tierra lo único que crece y se amplían son los cementerios. Pues bien, en aquella esplanada, además del altar, instalaron un monolito en memoria de los muertos por la pandemia y un cirio encendido. Leyeron con solemnidad los nombres de los que murieron en la Residencia que los acogía (¿) mientras un chelo competía con el doblo de las campanas recordando a los muertos. Hubo discursos, rezos y responsos, y los presentes -me cuentan- regresaron a sus casas emocionados.

Dicen mis paisanos que están ocurriendo cosas raras desde que el virus acampó en la tierra; que la naturaleza y los animales se comportan de forma distinta. Incluso achacan al virus la escasez de la cosecha de tomates y el secado prematuro de las patatas. He sido incapaz de convencer a mi colega que vende hortalizas en el Altozano de que los tomates se pudrieron por el mildiu y la araña roja. Cuando todo pase, los jóvenes encontrarán las palabras correctas para recordar el tiempo de la pandemia. Serán los años del virus o el año de los muertos, como antes lo fueron los años de la guerra, los años del hambre, el año del aire, años en los que ocurrieron desgracias porque de los años favorables apenas nadie se acuerda.

Allá por la primavera, cogí de la estantería La peste de Camus por aquello de ilustrar lo que estabas leyendo cada día en los periódicos. Nunca pensaste que las escenas de las ratas de la novela se quedaran cortas frente a lo que tú mismo presenciaste. El artesano dice con razón que, en los días que morían los ancianos a borbotones, se baldearon las calles con lejías desinfectantes, y las ratas abandonaron las cloacas y terminaron por colonizar los cobertizos de las callejas. Y esa sería la razón de que un ejército de ratas se adueñara del gallinero de la huerta y en él se hicieran fuertes. Y así has presenciado una de las imágenes más repulsivas que puedas imaginar y que hubiera servido a Buñuel para ilustrar cualquiera de sus películas: dos ratas asaltaron la jaula del canario amarillo y con él convivieron hasta que al fin logramos liberarlo.

De acuerdo, Tulio, dejaré de hablar de muertos y de pandemias, porque no pretendo competir con los telediarios. Incluso prometo abandonar la lectura de Pessoa, buen compañero como Camus para los tiempos de desasosiego. El hortelano necesita no más de tres minutos de concentración en el portalillo del chabuco para ver el mundo con un horizonte despejado. Comencé por decir que quienes estaban en la cola en la plaza porticada para comprar el pan apenas se inquietaron por escuchar de nuevo las campanas, y que su atención y la plática iba por el derrotero de los partes del tiempo que emite la televisión. Se anunciaban lluvias, las primeras desde que despuntó la primavera y, cuando esto ocurre, a todos nos entra una especie de arrebato de energía y de vitalidad admirables. Dejemos, pues, en paz a los muertos pero a ver quién se atreve a decirle al cura que libere a las campanas del oficio de recordar a los muertos. Dentro de unas horas, el experto dice que va a llover, que las tormentas romperán la coraza del verano y están ya en la frontera. Y no hay tiempo más venturoso en las tierras de secano que los otoños que principian con lluvia. Quién sabe si dentro de unos días las hormigas voladoras, los hormigones, no colonizarán los charcos de agua y serán ellas los heraldos de la otoñada. El hortelano no entiende la mala imagen del otoño. ¡Si es tiempo de proyectos, de renovación, de sementera…! Al hortelano nada le produce mayor satisfacción que el primer trompeteo de las grullas. Lo espera cada año con la misma expectación que espera que las lluvias nos traigan buenas cosechas de níscalos, de espárragos silvestres, las primeras aceitunas, los frutos de otoño. Hoy has vendimiado las uvas del patio y has tenido tiempo para sorprenderte de la generosidad del otoño. Incluso has tenido el gozo adelantado de recoger la leña para la chimenea del invierno. Por un momento has imaginado ese día, entre melancólico y gozoso, de encender el primer fuego y volverás a recitar el adagio que te guía: “mira a las estrellas pero no olvides encender la leña en la chimenea”. Preparémonos, Tulio, para el invierno. No sólo hagas acopio de leña; procura almacenar sosiego y fortaleza, que falta nos hará para estos tiempos de cólera política y de incertidumbres incontables.