1 de noviembre

Foto de NDG

El 13 de marzo de 2020, el Gobierno de España decretó el estado de alarma y decidió el confinamiento de toda la población. Días más tarde, entramos en la primavera. Pocos días después, cayó sobre la ventana de mi reclusión una gran nevada. Y noté que la mente se me licuaba, pero me negué a leer el Apocalipsis. A cambio, pensé que la nieve me empujaba a decir algunas cosas y llamé a Tulio para continuar una vieja conversa. (de “Liviandades”)

Es domingo y es otoño y estás viendo desde la ventana, lejos de la huerta, los colores de la estación dorada. Frente a ti, uno de esos espacios, apenas un triángulo de verdor, que humaniza la grisura del cemento. Estás gozando viendo cómo el otoño hace su trabajo en el follaje del pequeño bosque de castaños, plataneros, cipreses y cedros. También chopos, también algunos tilos. Cada día, tan pronto amanece, el bosque de tu ventana se enciende de amarillos en toda la gama que imaginar puedas. Hoy compruebas que lo que ayer te parecía absolutamente dorado, ha girado al granate y mañana, muy probablemente, será pajizo. ¡Las veleidades de la madre naturaleza tan difíciles de interpretar pero tan hermosas para la contemplación de la mirada atenta! Precisamente ayer, el hortelano escuchó, en la distancia del confinamiento, una conferencia en la Fundación Juan March sobre cómo educar la mirada e interpretar los colores para “ver el mundo como si fuera un día de fiesta”. El hortelano en su huerta, sin el rigor de las academias, está acostumbrado a disfrutar de los colores. ¡Cuánta veces, amigo Tulio, el hortelano abandona el libro o la azada para aguzar los sentidos y tomar conciencia y memoria de un sonido o de una determinada coloración.  Hace mucho tiempo leyó la trilogía de Canetti sobre los tres sentidos principales y todavía guarda algunas enseñanzas sobre cómo aprovecharlos para aprovisionarse de emociones placenteras.

Es domingo y, a la par que contempla los dorados del otoño en el parque de la ciudad, imagina las coloraciones de su huerta. Por ejemplo, el color de los frutos del achufaifo antes de que la tierra húmeda del otoño las entierre. Junto al depósito del agua, hace unos años, planté un esqueje de achufaifo que me regaló uno de esos amigos cuya memoria no se borrará por muchos años que el hortelano sobreviva a las inclemencias del tiempo presente. A aquella mata enclenque le dio por crecer, y lo hizo con tanta energía que hoy es uno de los árboles singulares de mi pequeño reino. Recuerdo que aquel empeño en crecer le llevó a alabearse y hubo que ponerle una guía para evitar que ocupara más espacio del que le correspondía. En este otoño tan canalla luce abundancia de frutos escarlatas. Cuando los calores del verano achicharran los vegetales y se apagan las tonalidades, el color del achufaifo reconforta entre tanta grisura. En alguna parte he leído que las espinas del achufaifo sirvieron para la corona del fundador del mayor imperio espiritual y cultural que ha creado la civilización más admirable. Si fuera cierta esta leyenda, las púas de sus ramas sirvieron de pórtico para el relato inaugural de la cristiandad: la corona de espinas de Cristo camino del Calvario.  En aquel verano que dedicaste a leer los libros sagrados -la Biblia y el Corán- supiste que Mahoma tuvo su revelación más importante a la vera del achufaifo que crecía a las puertas del paraíso. Aparte de ser pórtico de la gloria, es también protagonista de uno de los relatos más bellos de cuantos contiene el texto sagrado de los musulmanes: aquel en el que se narran las maravillas que aguardan a los creyentes. Los elegidos, “situados a la derecha” en el paraíso, gozarán “entre azufaifos sin espinas” de los frutos y manjares más exquisitos, acompañados de efebos y de huríes de “grandes ojos semejantes a perlas ocultas”. 

Recuerdas, Tulio, que, en los meses más crudos de la mortandad que nos asola, te conté la ilusión de ir viendo los primeros brotes de la primavera. Cómo desde mi ventana, de repente, un día cualquiera, los muñones de los árboles enverdecieron y cómo, día tras días, la primavera iba borrando la palidez del invierno. Por aquel tiempo, tu amigo el poeta nos envió a su legión de amigos un poema para celebrar la llegada de la primavera (Y volverán las calles y las flores/y el trabajo y los libros. Los colores/pintarán de esperanza nuestra vida. /Y otra vez brillará la tierra entera/y volverá otra vez la primavera…) Mi amigo el poeta, ya lo sabes, escrito está, sin él saberlo, puso versos entusiastas a su última primavera.  Pero no pierdas el tiempo, querido Tulio, en imaginar cuál sea nuestro futuro. Deja ese trabajo al capricho de los dioses que se divierten en marcar los tiempos de todas sus criaturas. Aprovechemos las estaciones que nos quedan gozando con codicia los placeres que la salud y la inteligencia nos permitan. Mientras tanto, volveré a las páginas de uno de los libros que me causaron mayor deslumbramiento, un libro pequeño, como eran casi todos los de Alianza, el Epicuro de García Gual. Lo conservas tan subrayado que más parece tu “libro de horas” o el “Breviario” de un arcipreste laico y disfrutón, y me sirvió para alistarme en la piara de los cerdos de Epicuro. Como hoy es domingo y el cielo presagia lluvia, acompáñame, amigo Tulio, para festejar la pasión epicúrea con un desayuno de lujo: cinco churritos calientes fritos en sartén humeante junto a un café espumoso. Recordemos aquello que dejó escrito en su huerta/jardín el sabio de Samos: bienaventurada Naturaleza porque hizo fácil de obtener lo necesario y difícil de conseguir lo superfluo

Es domingo y es otoño y es el día de los muertos, y estás escuchando a Juan Sebastian Bach y te arrepientes de no haber cumplido la promesa de viajar a Leipzig para dejar en su tumba cualquier flor silvestre que hubieras recolectado en el camino. Estás ahora buscando en las estanterías el libro que te ayudó a alimentar la pasión por Bach. Es el libro de las memorias de Ingmar Bergman y tratas de recrear la escena de su experiencia casi mística oyendo uno de los oratorios del organista de Santo Tomás. Narraba con fuerza y emoción la escena en la que la música se hacía acompañar de los haces de luz que traspasaban las vidrieras del templo y producían una cascada de claridades rojas, azul, marrones dorados. Tú mismo, leyéndolo, te dejaste seducir por aquella narración admirable. Han pasado ya muchas décadas, pero, siempre que escuchas las pasiones de Bach, la imaginación te lleva a la iglesia Hedvig Eleonora de Estocolmo en donde ocurrió aquel suceso extraordinario. Y ahora recuerdas que algo parecido debió ocurrirle al ateo que fue Manuel Azaña cuando, el Viernes Santo de 1912, anota en su diario la emoción que sintió escuchando en Paris, en la Trinité, la Pasión según San Mateo, al día siguiente de haber oído en Notre Dame los salmos del Jueves Santo. Fue también en Notre Dame donde Azaña, el día de Navidad, estuvo presente en un concierto de órgano y dijo aquello de que el recuerdo de aquella música quedaría por siempre incorporado a su patrimonio de las “cosas bellas”. La lectura de Bergman, aparte de reforzar la pasión por Bach –¡también Beethoven! – te acrecentó la afición a la música de órgano y a punto estuviste de encargar una vidriera para tu biblioteca junto a la huerta. Recuerdas que una vez estuviste en el taller de un maestro vidriero, pero aquel capricho se esfumó tal como olvidaste el viaje a Leipzig para rezar un salmo en la tumba luterana de Bach. Y es que, amigo Tulio, te recomiendo que aprendas a convivir con tus deseos frustrados pero no renuncies a alimentar los sueños que coloreen tu vida ordinaria, que las cosas del placer serán las que más te fortalezcan.

Es domingo y es otoño, y has dejado atrás a Bach, y te acaba de llegar la invitación a escuchar a Francoise Hardy, una de las musas que iluminaron nuestra juventud inexperta.  No tienes por qué saber, amigo Tulio, que si escucho aquella canción (tous les garçons et les filles de mon âge), puede que tenga que frotarme los ojos por aquello de que todos los muchachos y muchachas de mi edad paseábamos por las calles en pareja y fuimos felices mirándonos a los ojos cogidos de la mano sin miedo al mañana…. Ya sé que aquellos eran tiempos en los que el romanticismo servía para encubrir otras privaciones, y que disfrazábamos con versos las carencias que sufríamos. Pero fue aquella la época más memorable de la historia. Nunca podrás imaginar lo que esta canción significó para nosotros, jóvenes o adolescentes, acostumbrados como estábamos a caldear los sentimientos con coplas mugrientas.

Es domingo y otoño en mi ventana, y, ahora que vuelve arreciar la pandemia, el hortelano con melancolía por su huerta se dispone a ver una película extraordinaria en la que el protagonista era un árbol con espinas que florecía en blanco. Y como la canción de Francoise Hardy te ha hecho regresar a la emoción de los amores juveniles, tratarás de comprobar si el árbol, a cuya sombra aquella pareja enardecida se declararon amor eterno, era un achufaifo, un rosal silvestre o un escaramujo de aquellos que adornan las callejas de mi pueblo en primavera.

Es domingo y es otoño y todos nosotros, niños, adultos y viejos, vivimos inciertos, asustados, contemplado el mundo por la ventana “como si fuera un día de fiesta”.