8 de noviembre de 2020

Foto de NDG

“En las tertulias y en los debates, acostúmbrate, Tulio, a distinguir el pensamiento honrado del sectario. También del pensamiento mercenario. Sabes que, cuando los dioses quisieron cegar a los hombres, les privaron del don del discernimiento. A cambio, les concedieron profundas convicciones. Y fue así como nació la tribu de los sectarios. Huye, amigo Tulio, de aquellos que poseen un código cerrado de certezas y lo aplican sistemáticamente. Siempre que confrontes tus opiniones, trata de averiguar primero si tu interlocutor pertenece o no a la secta de los fanáticos. Si lo fuera, no pierdas el tiempo. Limítate a hablar con cortesía. Pero si aceptas debatir con gentes de pensamiento honrado, no te humille si abdicas de algunas de tus convicciones. Verás cómo se acrecienta tu reputación entre quienes te aprecian (De Liviandades)

Tiene guasa, amigo Tulio, que cuando algunos como el hortelano andan preparando su retiro y justificando su apartamiento se le encomiende a alguien que te supera en edad gobernar el país más poderoso. Y que su adversario, el hombre más execrable de los últimos tiempos, esté también próximo a su edad. ¡Viejos, reviejos, en el escaparate de la actualidad! Más adelante, Tulio, justificaré por qué he escrito lo de execrable. Ahora sigo asombrándome que a los viejos se les encomiende gobernar el imperio. Y no es cosa de tirar de memoria para alabar el gobierno de los ancianos recordando a los clásicos, que la retórica es mala consejera. De todos modos nos sirve para reafirmar una idea en la que creo: que la condición humana no depende de la edad. Conocerás a viejos miserables y a jóvenes imbéciles que continuarán siéndolo a menos que el virus lo impida. He encontrado esta mañana, leyendo sobre Azorín, esta cita suya: “jóvenes hay que son decrépitos; viejos hay que pueden dar lecciones de entusiasmo y de optimismo a los jóvenes”. 

Estaba, Tulio, con Azorín esta mañana a cuenta del “dolor de España”, y a propósito de aquel discurso que pronunció hace más de un siglo en los bosques de Aranjuez, y al que el hortelano ha acudido en alguna otra ocasión. Lo del “dolor de España” es un padecimiento cíclico, y parece que está de nuevo supurando, viendo el desvanecimiento de la política en manos de estos jóvenes airados que nos gobiernan y nos representan en la oposición. Y apenas es consuelo reparar que también en otros territorios, incluso con más tradición cultural que la nuestra, la perversión de la política está presente y la protagonizan gentes provectas. Repara en el viejo execrable al que han votado 75 millones de personas en el país al que admiras tanto como detestas. En la historia han existido gobernantes criminales y tiranos homicidas, algunos incluso refrendados por sus conciudadanos, pero este hortelano de memoria corta no recuerda a alguien que, de forma tan clara y rotunda, haga confesión y proclame su maldad. No hay que esperar a que la historia haga juicio final sobre su persona. Ese personaje al que te refieres pregona a las claras su “instinto asesino” y su código más bárbaro: la ley del depredador. Ha declarado que su norma es la de la selva: depreda o te depredarán. No existe en su mente ni un solo gramo de piedad ni de compasión. Mi generación conoció la hecatombe de las guerras ejecutadas con saña por hombres civilizados. Pero creíamos que la humanidad había aprendido la lección y creado estructuras y leyes internacionales de conciliación y de progreso. No imaginábamos que presenciáramos de nuevo el gobierno de gentes aviesas, sean jóvenes o ancianos. Los hortelanos nos pasamos la vida arrancando las hierbas que estorban los cultivos y ahogan las plantas, pero, tan pronto como las esquilmas, reaparecen. Y habrá gente que reclamará el respeto y el derecho de las malas hierbas para prosperar junto a mis tomates.

Amigo Tulio, si estuviéramos en el portalito de la huerta, nos reconfortaríamos en la tibieza de esta mañana de otoño discutiendo sobre cómo unas personas son concordes y otras hostiles, cómo algunas desprenden una especie de halo de concordia y otras de desavenencias; cómo unas poseen sentimientos de piedad y, en cambio, otras no tienen un átomo de compasión. Y, si fuéramos sinceros, ejerceríamos la impertinencia de nombrar entre la gente más próxima a los fanáticos y sectarios y a aquellos otros que destilan armonía y cordialidad. Y de las personas pasaríamos también a discutir cómo en la historia se producen tiempos de concordia y tiempos bárbaros y épocas que giran sin rumbo ni concierto. ¿Acaso el viejo execrable que ha perdido las elecciones no tendrá algo de razón en aquello de que los hombres llevamos en la raíz un principio depredador y autodestructivo? 

Me temo, Tulio, que esta vez no vas a conseguir convencerme de que el mundo se encamina hacia un destino de progreso, a pesar de que, a veces, los navegadores de a bordo se bloqueen. En estos tiempos de políticos airados, no conozco a nadie de pensamiento honrado que no sienta preocupación de ver cómo este nuestro país se llena otra vez de su propia incertidumbre existencial, y así no te sorprenderás de que recurra a mis clásicos, a aquellos que nutrieron a la gente de mi generación, aunque nada más sea para poder decir a los nietos que se abrochen los cinturones y se acomoden tranquilos en sus asientos para ver pasar la historia. Ojalá no tenga razón aquel escritor que se autoexilió “huyendo de la estupidez y de la crueldad que se enseñoreó de España”. 

Tienes razón, amigo Tulio. No son tiempos comparables. Desde hace casi dos siglos, España vivió en guerra entre españoles. No ha habido generación que no sintiera en sus propias carnes el peligro cierto o la realidad de morir enfrentados. Todas las generaciones, menos la tuya, Tulio, que has tenido la fortuna de vivir en democracia. Insisto, antes había hambre y miseria, y los que no la padecían se revestían de palabras solemnes -dios, patria y honor- para empuñar la espada. Pero en estos tiempos de pestilencias, el hortelano observa que de nuevo circula el virus del odio y de la intolerancia. Si la España del 78 no hubiera logrado su ingreso en UE y en la OTAN, tú mismo estarías a estas horas  repasando el escalafón militar.

Por mucho que lo intentes no lograrás que no vuelva a reincidir en el “España nos duele”. Te podría demostrar que los “dolientes” de aquella España y los “afligidos” de la Europa cainita fueron los que más contribuyeron a la prosperidad de todos los pueblos, y que el ejercicio del pensamiento crítico es el único instrumento para remediarlo. Si a este humilde escribano se le exigiera pagar todas sus deudas intelectuales y emocionales, tendría que hipotecar de inmediato su huerta. Se quedaría tan desnudo como estaba el día que se encaramó a un tren de madera y carbón camino de la ciudad de la que ya nunca salió. Y de ahí deriva su esquizofrenia: ser hortelano viendo toneladas de cemento y solo un poco de verdor desde su ventana. A cambio la vida le dio la oportunidad de conocer a las personas que lo nutrieron. Recuerdo, amigo Tulio, una mañana de la primavera de hace más de 50 años viendo a solas los restos de Azorín en su dormitorio de la calle Zorrilla convertido en velatorio. De Azorín ya entonces este aprendiz de hortelano tenía un altísimo concepto. Uno de los primeros libros que compró fue un pequeño austral que conserva como oro en paño. De aquel libro, Un pueblecito, Riofrio de Ávila, comprado en la librería Cervantes de la ciudad levítica, aprendiste la belleza de la prosa y la hermosura de las ideas. Eras apenas un adolescente pero te deslumbró aquel ejercicio de claridad de pensamiento –cristalinidad la llama el escritor- y de estilo admirable. Fue como una revelación y de ella has ido viviendo. ¡Imagina la emoción de aquella mañana velando a solas durante unos minutos los restos de quien te enseñó los dones más extraordinarios de la vida: leer y pensar, como lo hacía aquel don Bejarano Galavís, convertido en un pequeño Montaigne, amando todas “las novedades y bizarrías del pensamiento”. 

Lo del dolor de España en el costado de Azorín lo aprendiste mucho más tarde, y es ese mismo dolor el que, ahora, asomado medio siglo después a la ventana, te asedia. Por estas fechas de otoño, el hortelano y su banda acostumbraban a dar un paseo por Aranjuez. Iban en tren de cercanías hasta una de las estaciones más hermosas de los ferrocarriles españoles, y andando y cavilando por un sendero de altísimos plataneros llegaban siempre a la glorieta del Niño de la espina. Y, siempre que esto ocurría, el hortelano y sus amigos recordaban aquel suceso que ocurrió allí mismo hace más de un siglo para honrar a Azorín del desaire que le habían causado los sectarios de aquella época, probablemente menos fanáticos que los dinamiteros actuales. Aquel día de 1913, Azorín pronunció un discurso que está en la memoria de todos los “dolientes” de España y nos sirve para comprobar que aquello que tanto le preocupó a Azorín, a Unamuno, a Machado, a Ortega, a Chaves Nogales, y antes a Giner de los Ríos, nos sigue preocupando y ¡con qué intensidad en la hora presente! Cierto, amigo Tulio, ahora no hay hambre de pan, pero existe la misma incertidumbre de futuro. En aquellos tiempos, a pesar de todo, existía un cierto respeto a las ideas y al pensamiento. Aquellos nombres gozaban de autoridad intelectual. Ahora en cambio hemos perdido el respeto a la inteligencia y al pensamiento honrado. ¡Con qué perversa naturalidad aceptamos la mentira y el desprecio a la verdad y a la razón! Da lo mismo decir y contradecirse, afirmar lo que ayer negaste, renegar de lo en la víspera proclamaste. Han olvidado que la verdad y la razón nos hicieron libres. ¡Cuídate, Tulio, del gobierno de los embusteros!

El hortelano desde muy antiguo fabricó mitos en su cabeza; es decir eligió gentes a las que admirar, y así construyó un panteón de héroes. En su imaginación el hortelano tiene dioses mayores, otros menores y algunos acólitos de los dioses a los que venera. En lo más alto, dos músicos, tres poetas, uno o dos pintores, algún narrador, dos, tres, pensadores. No creo que a nadie importen sus nombres, que por lo demás es fácil identificarlos. Muchos de ellos ya han muerto o se van muriendo, que vaya usted a saber la razón de la predilección por los viejos. Uno de esos hombres a los que el hortelano le encomienda que le guíe en tiempos inciertos acaba de proclamar que está a punto de perder la fe en la democracia. Muerto Santos Juliá, he fiado mi interpretación de la historia reciente a Álvarez Junco, que es quien acaba de confesar en público que está a punto de convertirse en apostata de la democracia. Sus razones son las mismas que te he confesado, amigo Tulio.  Al igual que le ha sucedido a mi maestro, mi fe en la democracia se tambalea. ¿Cómo le digo al hijo de la partera que alumbró la razón de la democracia hace dos mil quinientos años, que estoy a punto de perder la fe en un sistema que permite que haya gobernado el imperio el viejo más execrable y que la mentira sea ley en el gobierno de los jóvenes ensoberbecidos? Antes que Sócrates, los persas exigían a los jóvenes tres cualidades para alistarse en la milicia del emperador: montar a caballo, disparar el arco y decir la verdad. Si hoy, tus hijos, Tulio, quisieran prosperar en la política, recomiéndales que se afanen en el arte de la mentira.

Al hortelano siempre le ha inquietado no haber sido consciente de la transcendencia del instante que vive. Efectivamente, en su otra vida, fue testigo de algunos acontecimientos de importancia y rara vez intuyó que eran, aquellas, horas de trascendencia.  Recuerda haber leído en otro de sus libros de cabecera lo que contaba Stefan Zweig cuando estalló la primera gran guerra: la corte y el pueblo de Viena se divertían en la verbena sin percatarse del signo de los tiempos. No sé si hoy somos conscientes del daño que nos causarán en el futuro los gobiernos que nos abochornan. Si estos jóvenes airados hubieran gobernado la España del 36, la guerra civil habría comenzado, sin duda, media hora antes. 

Un comentario en “8 de noviembre de 2020

  1. Gracias, José Julián, por tu escrito.. Como has dicho en otra ocasión, estás en tu derecho de percibir la realidad como lo haces, pero me cuesta interpretar que percibas la realidad sólo con esos tintes oscuros. Y por supuesto, mi lectura del artículo de Alvarez Junco es diferente, le duele la situación política muy mejorable, pero sigue creyendo en la democracia como sistema con mucho recorrido positivo y menos malo que cualquier otro sistema de los que actualmente tenemos. Un abrazo Ernesto

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