30 de enero de 2021

Foto de NDG

“Ayer me llamó un amigo que está confinado en un viejo monasterio de 25.000 metros cuadrados. Durante horas recorre cada día sótanos y terrazas explorando el daño que una primavera fecunda causa en su recinto. Lucha contra los roedores y las carcomas para que el tiempo no destruya los tesoros que aquel caserón alberga. Barrunto el eco de sus pasos en el enlosado de los claustros. Mi amigo piensa y recapacita. Y reza. De entre todos mis amigos confinados, es él quien tiene más ánimo y aliento. Pertenece, desde polos opuestos, al mismo género del financiero que ayer nos recomendaba serenidad y humildad intelectual para afrontar la crisis. Probablemente él lo llame humidad franciscana”. (De Liviandades)

En mi pueblo la gente era muy “tertuliera”. Le diré a mi amigo, el que inventó las tertulias en la radio, que no fue él quien descubrió el género, sino que las tertulias las inventaron mis paisanos. Las había de toda clase y pelaje. Tertulias de verano y tertulias de invierno. De derechas y de izquierdas. Tertulias templadas y otras enardecidas. De mujeres y de varones. Las mujeres, al menos las de mi pueblo, tenían más fácil aplicarse a las tertulias. No necesitaban acomodarse en un leño de madera o en el banquillo de la rebotica para seguir la deriva de las conversaciones entre gentes de confianza. Las de mujeres se hacían en las resolanas, allá donde no llegaba libre el cierzo; las de varones transcurrían en espacios más abiertos, sin que ello tenga alguna connotación malévola o ¡vaya usted a saber! Ya me gustaría que alguien me hiciera el favor de escuchar mi monólogo sobre las tertulias de aquel arcipreste ilustrado: tres al día, según las estaciones, si el tiempo estuviera calmo o lloviznara. En la fragua o en la carpintería convertida en astillero para componer los barcos en los que las merinas cruzaban el Tajo. La tertulia del boticario, a la que cada día acudían el cura, el médico y el experto en guerras mundiales. La de los labradores al caer la tarde, esperando que el barbero les atendiera, sentados en el umbral antes de que Leoncio descolgara las jaulas de los perdigones. La de la “cruz mentirosa”, que por algo sería el sobrenombre, y no porque allí estuviera un pozo con el que tu amigo te ilustró sobre historias de cultos prerromanos.  Tengo para mí que aquellas pláticas tenían efectos terapéuticos indudables. En aquellos tiempos, unos y otros, salvo los declaradamente lunáticos, eran más cuerdos, o al menos más equilibrados que los que comenzaron a alimentarse con leches de botica. La carestía y la pobreza hacían cuerpos enjutos, pero lo cierto es que no afectaban tanto al cerebro como ahora lo hace el exceso de calorías.

En una ocasión, el hortelano quiso asociarse a una de las pocas tertulias campesinas que en su pueblo van quedando. Lo hizo con la excusa de saludar a uno de los componentes del grupo que todas las tardes, cuando el sol decaía, se acomodaban en la calleja del Greal junto al muro del cobertizo de la miel. De él aprendió el hortelano lo poco que pudo asimilar de su sabiduría campesina. Era parco de palabras, pero las que decía eran como proverbios esculpidos en piedra. Ahora que lo estás recordando, notas que la memoria te está llevando a tantas ocasiones en las que le acompañabas junto al rebaño en los campos abiertos, horizontes infinitos, tan primitivos que parecían que los estabas inaugurando. Intuía, tan pronto asomaban por el horizonte, la carga de agua que traían las nubes según de donde “se levantaran”; volteaba las piedras para conocer el final de la sequía. Te conducía sigiloso al nido de la perdiz repleto de huevos, a la madriguera del zorro, o te decía el nombre de la rapaz que vigilaba el gallinero. Tuviste tanta admiración a aquellas tus gentes que alguien te escuchó decir que tenías más respeto al estanquero de tu pueblo que al subsecretario de Hacienda. En fin, el intento de conversar en la calleja del Greal no tuvo éxito y fue entonces cuando comprendiste que ningún profano puede incorporarse a una tertulia si no pertenece a la tribu que la convoca.

Me dicen ahora los amigos que lo que más lamentan del confinamiento – ¡un año, señores, un año! – es la ausencia tertuliera. Por ejemplo, nadie debiera asombrarse de que me sienta frustrado si tengo una idea ingeniosa y no puedo comentarla con alguien que la refute. El otro día me escucharon farfullar algo así como que necesitaba discutir con alguien sobre la pobreza mental de quien hablaba por la radio. Claro que puedes descolgar el teléfono o montar una sesión telemática o hablar con las paredes. Pero no es lo mismo que cuando tomabas el Cercanías e imitabais torpemente a Sócrates afirmando algo a la espera de que te replicara el contrario. Podías comenzar preguntando si visteis la ceremonia del Capitolio y la intervención de una mujer poeta momentos antes de que Biden pronunciara el discurso al estilo de los que se pronunciaron en la España de la Transición. Por cierto, en estos días se ha cumplido el 40 aniversario de un discurso, dicen que histórico, el que pronunció el presidente Suárez el 29 de enero de 1981 para anunciar su dimisión. Y ni siquiera a tus nietos les has contado la pequeña contribución que el hortelano tuvo en aquel texto y el secreto que se obligó a guardar durante unos días eternos. Pero este “por cierto” no estaba en el guion de esta mañana de niebla cuarenta años más tarde de aquel suceso. Decía que la ceremonia del Capitolio habría servido para celebrar una de aquellas jornadas que tanto recuerdas y tanto echas en falta. Alguien comenzaría diciendo ¿visteis a aquella mujer que se definió como negra, flaca, descendiente de esclavos e hija de madre soltera recitando en versos algo así como que en la vida siempre hay luz si somos valientes para verla, si somos suficientemente valientes para serlo? Le replicaría un colega de andanzas con el argumento de que todo lo que rodea a la política y a los discursos de los políticos son como fuegos artificiales en las verbenas de verano. ¡Bonitos, pero falsos! Y el otro replicara diciendo qué tiene que ver la poesía con la política…, era lo que nos faltaba: que Iván Redondo se inventara estrofas para aliñar los discursos de su dueño. Sobre su dueño tú escuchaste la confidencia de otro gerifalte de su partido: “cuando hablo con él, doy por sentado que me está mintiendo, pero me sirve para conocer la razón de su embuste”. Y tan pronto como lo hubieras dicho, el de larga memoria terciaría diciendo que para discursos el que pronunció Manuel Azaña en Carabanchel en 1935, tres años antes del de Barcelona pidiendo “paz, piedad, perdón”. Y es así como se iban hilvanando aquellas tertulias de los tiempos prepandémicos, que comenzaban, por ejemplo, hablando de la amortización del sátrapa de pelo dorado y terminaríais discutiendo sobre quién disparó a Liberty Valance o dónde sirven los mejores garbanzos del orbe cristiano. ¡Oh, tiempos aquellos! ¡Aquella época dorada en que nada importante ocurría. ¡Los efectos sanadores de las tertulias! ¡Las consecuencias nefastas de estos confinamientos!

Estos son, en cambio, tiempos de monólogos, propensos a escribir tratados filosóficos de bolsillo con los que enfrentarse a una situación tan rara y extraordinaria como nadie, ni siquiera el profeta Bill Gates, la soñara. La gente, también tus amigos -tú mismo sin ir más lejos- escriben memorias o dietarios con los que camuflar la incertidumbre o la impotencia para sobrevivir con honor y conciencia a la pandemia. Ni siquiera puedes compartir tus dudas y tu desasosiego con quienes saben caminar por las orillas sin embarrarse las botas, y no como yo, amigo Tulio, que meto los pies descalzos en todos los charcos. Estoy convencido que si ahora mismo, mañana, cualquier día de estos, pudieras calarte la gorrilla para tus citas montañeras, estarías viviendo este infortunio con algo más de sosiego. 

Estoy esperando, amigo Tulio, tu réplica, tal cual hacíamos en los tiempos en que todo transcurría con una monotonía exasperante. No te importe echarme en cara lo que tantas veces he reconocido: la obscenidad del viejo embebido en sus problemas. No tenemos derecho a hablar de nuestras carencias mientras vosotros estáis en el ruedo tratando de sobrevivir a las inclemencias, y nosotros, los viejos, con la pensión en el bolsillo, acodados en barrera, presenciando la faena. Os esperan años de reconstrucción y otros tantos de invención de nuevas formas de convivencia. Viviréis, tú y tus hijos, con la certeza de que en alguna caverna otros virus, no sé si también el cambio climático, están tramando el asedio a esta raza de homínidos que se creían únicos y poderosos. Todavía no sabemos, Tulio, cuán profunda será la huella que esta pandemia dejará en la conciencia y en el ideario de los hombres inteligentes. Pero es probable que el COVID-19 pase a los manuales de historia como primer aviso de un cambio estructural tan importante como lo fue el Renacimiento y la Revolución Industrial. Recomienda a las gentes de tu generación que hagan lo que hacían los pastores de mi tierra cuando presentían la proximidad de una manada de lobos: colocaban los collares de púas en el cuello de los mastines y encendían por la noche las hogueras para mantener la guardia. Pero no perdáis la fe en el progreso: el hombre tiene recursos suficientes para superar los mayores infortunios.

Claro que hay otra forma de enfrentarse al futuro incierto. La inventó Boccaccio y, desde entonces, es el refugio de quienes, aturdidos por la pestilencia, deciden esperar que el temporal amaine, atrincherados en un palacio, en un “lugar sobre una pequeña montaña alejado de los caminos y en cuya cima hubiera una pequeña villa con un hermoso patio, con pradecillos en su entorno y con jardines maravilloso y con pozos de agua fresquísimos”. No sé cómo no se le ha ocurrido a alguien inventar un nuevo “Decamerón” para entretenernos las tardes de confinamiento. ¡Todos en cuarentena, tirios y troyanos, rojos y azules! Cada cual en nuestras casas viendo en la televisión a diario un capítulo del texto de Boccaccio. En lugar de esa fetidez de telebasura importada de Italia, asistiríamos a un reality en el que participaran, como en el libro de Boccaccio, diez personajes sabios y ocurrentes. Tendrían la obligación de contar historias divertidas sobre el presente. Nuestro único compromiso seria permanecer atentos a la pantalla. No tardaríamos en ponernos de acuerdo en elegir a los integrantes. Por mi parte comienzo proponiendo a Fernando Savater y a Javier Marías. Y como la composición del grupo debiera ser paritaria, estas dos señoras: Rosa Belmonte y Elvira Lindo. Te toca a ti, Tulio, completar la nómina. No tengas reparo en convocar a Millás o a Rubén Amón, que son personas de buen entendimiento. Pero no se te ocurra mencionar a políticos, de natural sectario. Aunque repara que, en el Decamerón auténtico, los protagonistas eran siete mujeres y sólo tres hombres, y a éstos los encontraron al azar, a la salida de misa de Santa María Novella. Nosotros haríamos un grupo paritario. Les rogaríamos que hablaran de la vida misma, sin ninguna limitación de temas, como lo hicieron aquellos otros personajes que se recluyeron, tal como nosotros, para hacer una tertulia que luego el amigo de Petrarca puso por escrito.   ¿Te imaginas el éxito del programa? Encenderíamos el televisor cada tarde a las seis y lo apagaríamos a las doce de cada noche presenciando en directo las cavilaciones de esos nuevos huéspedes del Decamerón de la penúltima pandemia. Como en los programas de la telebasura, podríamos incluso votar para expulsar a los que no respondieran a las expectativas del entretenimiento. 

Hace un año, escuchábamos sobrecogidos el parte diario de muertos y nos horrorizábamos viendo en la pantalla las morgues saturadas. Hoy convivimos resignados con una situación tanto o más funesta que aquella pero nos hemos venido acostumbrando lenta pero inexorablemente. Los griegos inventaron una divinidad encargada de castigar los pecados de los hombres, y no dudó en cegar a los soberbios. Digo yo que, a cambio, nos debió conceder la habilidad para acomodarnos a las adversidades. Los libros están llenos de testimonios de quienes describen la resignación de las victimas a las desgracias que vivieron. El hortelano, que devoró durante años las memorias de Ernst Jünger, no olvida cómo describía con disfrute cualquier momento placentero en las trincheras de la Gran Guerra del 17 o los placeres de la vida en el París de la Segunda Guerra Mundial. Fíjate en una de las películas que más admiras y repara cómo la sociedad de Casablanca se divertía en plena contienda. 

Lo que ocurre es que ahora sabemos cómo terminaron aquellas calamidades y, sin embargo, desconocemos el final de la pandemia. Ya me habrás oído, Tulio, mi teoría sobre la visión panorámica de los viejos. Nadie, como nosotros, ha tenido la fortuna de haber leído las novelas de la vida desde el comienzo al fin. Aquel protocolo argumental que estudiamos en Literatura -introducción, nudo y desenlace- lo podemos aplicar ahora a las personas y a los acontecimientos de la historia reciente. Sólo nosotros lo hemos vivido desde el comienzo. Pero me temo que no duremos lo suficiente para conocer los efectos que la pandemia producirá a largo plazo. Vosotros, Tulio, no sólo los conoceréis, sino que vais a tener la suerte de poder participar en la construcción del futuro. Conoceréis también el daño, tal vez irrecuperable, que los fanáticos tratan de causar, en plena pandemia, a esta España nuestra tan poco querida por quienes la gobiernan. 

Un comentario en “30 de enero de 2021

  1. Acabo de leer tus reflexiones de Hortelano. Gracias. Propones muchas salidas al problema del confinamiento. Ojalá pudiéramos implementar alguna. Un abrazo

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