14 octubre 2020

Foto de NDG

Recuerda, Tulio, el cuento del burro y la cebada. Cada día, le sustraían un puñado de grano hasta que, al fin, el platero se murió. ¿Acaso no nos está sucediendo lo mismo? Algún dios malvado nos roba, cada día, una porción de la capacidad para el asombro. Contagiados por la indiferencia, seremos mansos y resignados. Pero tú, Tulio, no te resignes. No te acostumbres al rito funerario de recontar, cada mañana, los muertos. ¡Rebélate, Tulio, protesta! Cuando te llamen pesimista, respóndeles que tratas tan sólo de equilibrar el sinnúmero de los sectarios y de los fanáticos”

“LIVIANDADES”

Hoy han muerto en España 173 enfermos por el coronavirus. Uno de ellos, era tu amigo el poeta. Eras sólo una parte, un accionista minoritario, de ese extraordinario patrimonio de amistad compartida que deja atrás José Benítez Iglesias.  No recuerdas a nadie con tan dilatada legión de amigos verdaderos. A esta hora, estaremos llorándole varios cientos de personas unidas por el reconocimiento a un hombre bueno, jovial, agraciado por los dioses con el don de la sonrisa más sincera. Cada uno de nosotros lo considerábamos amigo privativo, porque tuvo la gracia de hacernos creer que éramos únicos a sabiendas de que éramos legiones los agraciados. Fue sencillo y modesto, no estaba en disposición de dispensar favores, pero todos nos considerábamos afortunados de poder contar con su cordialidad y generosidad. ¡Qué bien se estaba siempre, allá donde el amigo estuviere! ¡Qué paz y comodidad irradiaba alrededor con sólo su presencia!

Ya conoces, Tulio, las veleidades de este hortelano cada vez más ensimismado, y de regreso a sus antiguas pasiones. Como a cualquiera de sus colegas, la vida le ha reservado oportunidades que no siempre ha agradecido como debiera. Nunca reconocerá bastante el don de la amistad desinteresada. ¡Qué suerte hemos tenido, Tulio, de haber gozado inmerecidamente de la amistad de gente prodigiosa!  Acuérdate de lo que algún clásico debió decir, y si no lo dijo, valdría la pena que lo dijera: que tanto vales como amigos verdaderos conserves. Llevo un rato largo buscado en mi bosque intricado de libros, un ejemplar de uno de tus autores de culto. Al fin lo encontraste, pero no el ejemplar que tenías subrayado. Aquel otro ejemplar debiste leerlo poco antes de andar errante por los arrabales romanos buscando entre calzadas y ruinas las mansiones de Horacio y de Cicerón. Tratabas de compartir siquiera una brizna del aire que respiraron dos de tus personajes favoritos. Es así como la muerte de tu amigo te ha llevado de nuevo a rebuscar en la memoria tus viejas lecturas de Cicerón, libro a libro de aquella colección de clásicos de Alianza, con los que tal vez conserves sus obras completas. Al fin has ido directo a estos textos y has vuelto a subrayar “¿Qué cosa hay más dulce que tener con quien atreverse a hablar de todo como si lo hicieses contigo mismo? (…) Piensa que sin amistad la vida se torna intransitable”. Y has sabido ahora que Cicerón escribió su tratado de amistad en homenaje a uno de sus amigos muertos, porque lo cierra con algo que ese hortelano dedica a su amigo: “Aquellos recuerdos (los del amigo desaparecido) no han muerto, sino que, más bien, los alimento y acreciento con la reflexión y la memoria”. Cuando te llegue, Tulio, la hora de hacer recuento, reconocerás que mucho de lo que eres pertenece a tus amigos y a aquellos otros que te facilitaron el encuentro con ellos.

Hace ya muchos años, era por el mes de mayo, cuando le pidió al hortelano que le presentara, en nuestra tierra, su recién editada antología. Y lo hice, Tulio, a sabiendas que era otra muestra de su generosidad. Recuerdas que te dijo: hazlo como tú haces las cosas, con independencia, como si no me conocieras. Y dijiste, en el aquel mayo florido, en la plaza de San Francisco, que en la obra de José Iglesias existen dos columnas que la vertebran: el amor, incluso el amor físico y carnal, y la nostalgia por su tierra extremeña. También dijiste que existen otros paramentos que la sustentan: el gozo por el paisaje, la infancia, y el festejo de la amistad y de la fraternidad. Hiciste además una consideración formal: la musicalidad, o mejor dicho la sonoridad de sus versos, siempre presente, perseverante, que consigue ensamblar estrofas de una perfección admirable. Y todavía una última anotación: es poesía solidaria, fraternal, compasiva, amiga de los desprotegidos, sean estos una prostituta o el hombre pesaroso y desvalido.

Y fue entonces cuando te atreviste a hacer una mínima antología para aquellos que todavía no conocieran sus versos, estos versos: 

Escribe del amor: “Cuando el amor me llama, de repente/ mi corazón se vuelve llamarada/ y arde mi sangre toda y la mirada/, inflamada de amor, busca tu frente…/ Cuando el amor me llama, me florece/ un corazón amigo en cada herida. / Cuando el amor me llama estoy salvado”

Escribe del peligro del hastío:Te estoy pensando aquí, desesperadamente triste. /Te estoy sintiendo aquí, desesperadamente lejos/ Quiero llamarte a gritos. /Gritar tu nombre al aire. / Gritar tu nombre y que vinieras. / Gritar tu nombre al sol y resurgirte

Escribe del amor recuperado: “Alégrate, mi amor, ya viene el día/ vistiéndonos de luz la casa entera. / Alégrate, mi amor, la primavera/ ha estallado en diademas de alegría”

Escribe de los jirones que el tiempo deja en nuestras vidas: “Menos mal que aún nos quedan orillas perfumadas/ de una memoria agreste donde acoger al tiempo/ Menos mal que aún guardamos un pequeño rescoldo/ del incendio de entonces y a veces resucita”

Escribe de la lucha por vivir con dignidad: “Qué tristeza sentirse apaleado/ como un perro en las calles de la vida/ Qué pena de lamerse cada herida/, sucio y solo, hambriento y derrotado”

Escribe de la añoranza que siente por el dios perdido. “Ya habitaba dios en el olvido/ Un dulcísimo sueño taciturno/ el recuerdo de dios. / El poeta buscaba, rebuscaba/ entre las piedras, / los escombros, / las memorias/ del viejo corazón desvencijado”

Escribe de su tierra: “A orillas dl recuerdo se levanta/ una tierra de luz que fue la mía. / Era dura y extrema más tenía/ esa miel amorosa que amamanta/ el sueño de los niños…”

Escribe del desarraigo de sentirse fuera de su tierra: “Duele dentro la tierra. Duele dentro/ este jirón de ausencia, esta distancia, / este latir de vida en el vacío”

Poco después, el amigo muerto te pagó quintuplicado el tiempo que dedícate a resucitar en público sus versos. Le pediste que actuara de jurado en un concurso para enaltecer la plaza de tu pueblo y compuso un poema que luego enmarcó, y en él te hizo la dedicatoria: “Esta albura matriz que espacia el paso/y acomoda la luz entre sus ojos/guarda en sus arcos el temblor del tiempo. /Memoria. /Los hijos de los hijos de los hijos/de los que aquí cruzaron sus infancias/regresarán del vuelo/a redimir la piedra. /Placenta es esta plaza/donde la luz se nutre. /Aquí hicieron los siglos del pórtico misterio. /Aquí se hizo silencio el peso de la historia”

Recuerdo quién me presentó a José Iglesias Benítez y quién me descubrió sus versos. Hace sólo unos minutos has vuelto a leer en el Tratado sobre la Amistad de Cicerón que las verdaderas amistades son imperecederas, y te hace ilusión pensar que cada uno de los que creemos en ella somos sólo un eslabón de un interminable proceso para ir construyendo la fraternidad de los hombres. Hoy pienso que en parte somos herederos de aquellas virtudes que José Benítez Iglesias poseyó con tanta jerarquía, y que quienes tuvimos la suerte de compartir su amistad  debiéramos esforzarnos en procurar que no mueran, como no ha muerto ni morirá la memoria del poeta amigo muerto.

2 de octubre 2020

Foto NDG

“El día que el agua caliente de la ducha deje de fluir, en ese instante comprenderás, Tulio, que ha comenzado el futuro. Y, cuando tengas una cierta edad, comprobarás cómo todo fluye y cambia y perece…; y lo que te parecía firme, se desvanece. Hoy nos reconforta más el olor a legía que el Chanel nº 5. Convivimos con resignación con lo que antes nos parecía insoportable. Cuando tus hijos alcancen el gobierno, me pregunto cómo figurarán en las enciclopedias los tiempos inciertos que vivimos: si como una merma en el curso del progreso o como el final de un tiempo en el que nos creíamos superiores” (De “Liviandes”)

En los últimos tiempos, al hortelano le ha dado un ataque de complicidad con sus colegas de generación, es decir con sus amigos antañones, es decir con sus amigos los viejos, y les ha preguntado si durante el tiempo que dura la pandemia han notado cambios en su pensamiento o en sus convicciones. Para dar ejemplo, o más bien para facilitar la confidencia, el hortelano indiscreto comienza por reconocer que él sí ha cambiado, y es lo que trata de explicar ahora emborronando la pantalla. Pero no van las cosas por donde imaginas, amigo Tulio. El doblo de las campanas del pueblo no le ha macerado sus convicciones, ni siquiera el aumento cierto del colesterol lo ha aproximado a la sacristía. El cambio va por derroteros existenciales, y tal vez sea debido a que el hortelano dispone de tanto tiempo libre como le plazca. ¡La terrible manía de pensar! En tiempo no tan lejanos, las obligaciones alimenticias le impidieron subir a la torre de su pueblo para contemplar el horizonte. Ahora, los dioses le han dispensado el regalo de disponer de tiempos luengos para contemplar las estrellas, y es así cómo todos los días las contempla con un disfrute inagotable.

El hortelano ha militado siempre entre los convencidos del progreso. Incluso ha sido partidario de acelerarlo en todo lo que estuviera a su alcance. Al tiempo, despreciaba a quienes pasaban la vida acurrucados en el rincón que las circunstancias le asignaron. Cuando niño, el hortelano vivía frente a un mar de encinas y, allá en el horizonte, tan pronto como anochecía, se encendían las luminarias del ferrocarril lejano, y al niño que fuiste le dio por imaginar que viajabas a bordo de aquellos convoyes a lugares remotos. Desde entonces, el niño con vocación tardía de hortelano se alistó en la bandada del progreso, del perfeccionamiento permanente, del adelanto, del éxito. Aborrecía a quienes se quedaban quietos, esperando que la suerte los sacara del atolladero. ¡Porca resignación!

De un tiempo a esta parte, sin embargo, el hortelano se encuentra perplejo. Y como es hombre de firmes contradicciones, se admiraba de la quietud de su huerta al tiempo que profesaba devoción por el progreso. Año tras año, estación tras estación, viendo cómo se consumaban los ciclos de los cultivos. Y también la lentitud como norma sagrada. Cuando escribes, tus colegas estarán seleccionando las semillas de las habas y los bulbos de primavera.  Cualquier mañana calma, enterrarán las semillas y aguardarán con paciencia infinita a que germinen. Otro día, de repente, aparecerá en el surco o en el arriate una brizna verde que lentamente, con exasperante lentitud, se convertirá en fruto o en flor allá cuando la pandemia, ojalá, sea memoria de uno de los episodios más tristes de nuestra existencia. Compadezco a mis amigos de la ciudad que nunca han enterrado una semilla ni han presenciado el milagro de la germinación de una planta.

El caso es que el hortelano ha llegado a una conclusión contraria a sus convicciones: “todo fluye, cambia y perece…, y lo te parecía firme se desvanece”. Creías que la gente de tu generación había inventado un sistema de convivencia que heredarían sus nietos, y has terminado por confirmar que los cimientos estaban infectados de termitas. Pensabas que el progreso había inoculado la solución contra los males del cuerpo, y has visto que los brujos de bata blanca no se ponen de acuerdo en cómo matar a un bichito insignificante. Y lo que es peor, has confirmado que la condición humana produce, de tiempo en tiempo, gente deleznable, y estamos ahora en el tramo más funesto, en la curva ascendente de esta otra pandemia de gobernantes ineptos. Lo mismo que en la huerta hay años que, sin conocer la razón, los frutos son más dulces y otros más agraces, en la vida de los hombres, en unos pocos años, se concentran sabios o artistas extraordinarios, mientras en otros momentos, como en el actual, la tarántula del odio desova sin complejos.

No sé si estas cavilaciones son o no efecto de los años o acaso del coronavirus que nos amenaza o de la evidencia de la perversión de los políticos. El hortelano ha escrito perversión, y no se arrepiente porque los conoce. Cuando alcanzó la edad de la “visión panorámica” comprendió la razón del regreso de Odiseo a Ítaca, que no era otra que proclamar el valor del retorno a los orígenes, y tal vez sea ésta la causa de lo que te sucede. Vuelves y regresas, mil vidas que vivieras, al fundamento de todas las cosas, al útero que te puso en el camino con la promesa de que los dioses te concederían el don del retorno. Que don Antonio erró cuando impidió el regreso del caminante. Le faltó decir que el mayor placer del caminante es el retorno, al “volver la vista atrás…”. Atrévete a decirle al poeta en cuyo bolsillo de moribundo encontraron los versos más metafísicos y premonitorios, atrévete -digo- a decirle que sí hay camino, y que también se hace camino al regresar. Si hasta sus versos finales –estos días azules y este sol de infancia- preludian su canto al regreso.

Si el hortelano sufriera un nuevo episodio de trascendencia, tan frecuentes en estos tiempos de pandemias, buscaría en sus libros esenciales el pasaje del sueño de Zaratustra del eterno retorno, traducido por aquel amigo que te reprendía porque ibas al salón de música sin haber leído antes la partitura. Recuerdas que era jefe de tribus, en tiempos de los profetas; que nació con la sonrisa en los labios como signo de sabiduría divina, y trató de convencernos de que no existe nada nuevo en el mundo. Decía el filósofo dueño de rebaños que las ideas, los sentimientos, se repiten; mueren y se reproducen, incluyendo el bien y el mal, en círculos inacabables. Sólo nos queda el consuelo de que, en este eterno fluir y repetirse, el mundo se perfeccione y progrese. Este tiempo infame pasará, y nuestros hijos volverán a construir un presente mejor para que nuestros nietos, a continuación, se encarguen de destruir lo conquistado. O tal vez seamos nosotros mismos, como lo hizo Zaratustra, los encargados de destruir lo ya alcanzado. 

Mientras llega la próxima deflagración, consolémonos recordando las alegres incidencias del viaje de la vida. ¡Qué hubiera sido de Marco Polo si no hubiera podido escribir al regreso el “libro de las maravillas del mundo”! Ojalá, te alcance el tiempo de que alguien te diga: cuéntame tu vida, Tulio. Porque todas las vidas merecen la pena y, a veces, la vida del labriego que nunca abandonó su tierra es más interesante que la del viajero atolondrado que camina sin conocer su destino. Por esta razón te enciendes de cólera cuando recuerdas que, en tu pueblo, treinta y cuatro ancianos confinados murieron sin la compañía de quienes conocieran su historia.

Al fin y al cabo, lo que el hortelano está rumiando lejos del portalillo de su chabuco es la exploración del tiempo que le tocó vivir, consciente de lo efímero de sus convicciones. Consciente también de los estados de ánimo de los viejos que Cicerón describió con tanta justeza. Por lo que recuerdo, lo escrito por tu tocayo, amigo Tulio, no eran estados melancólicos, sino un relato de las virtudes y de las oportunidades de quienes tuvieron la fortuna de llegar a la edad de subir al campanario para contemplar las vueltas del camino antes de que los dinamiteros coloquen la pólvora junto a los pilares de la torre. Peor que la melancolía, amigo Tulio, es la inconsciencia de quienes no reconocen que nuestro tiempo ha pasado. Aunque el curso de la historia no se cuente en generaciones tasadas, reconozcamos que está a punto de cerrarse el círculo de quienes amanecimos cuando humeaban aún las brasas de las guerras. Heredamos un mundo a sabiendas de que el progreso imparable lo destruiría, pero de él nos servimos para alimentar las ambiciones. Seamos sinceros, mis colegas, y recordad que algunos participamos en su aniquilamiento. A cambio, ayudamos a construir, sin apenas certezas, el tiempo más hermoso de la historia. 

Hagamos, pues, recuento de todo aquello que nuestra generación creó si es que se nos permite “socializar” lo que otros inventaron. Separemos el polvo de la paja. Seamos por una vez sinceros. Decidamos qué de todo aquello merece conservarse. Aquella España en blanco y negro era una España de esperanza y de promesa. Aquella España de miseria y de hambre se trocó glotona y glucémica. Ahora nos preocupa más el exceso de calorías que la falta de sustento. Podemos evacuar ante la puerta de El Pardo sin que nadie se entere, y el asno que teníamos esclavizado es hoy mascota en el predio del hortelano.

Veníamos de aquella España que Gil de Biedma describió con un tizón humeante: De todas las historias de la Historia/sin duda la más triste es la de España, /porque termina mal. Como si el hombre, /harto ya de luchar con sus demonios, /decidiese encargarles el gobierno/ y la administración de su pobreza (…) Quiero creer que nuestro mal gobierno/ es un vulgar negocio de los hombres/ y no una metafísica, que España/ debe y puede salir de su pobreza, / que es tiempo aun para cambiar su historia/ antes de que se la lleven los demonios. Procedíamos de siglos en los que la estupidez y la crueldad se enseñorearon de España, según el relato prodigioso de Chaves Nogales. Y creíamos -ingenuos nosotros- que habíamos conseguido enderezar el rumbo desnortado de una estirpe cainita.

Yo vengo, amigo Tulio, de un tiempo humilde pero esperanzado en el que nos alimentamos de sueños y de versos. Tengo la memoria flaca y, como Luis Landero, tengo “la memoria llena de ruinas poéticas”, y por ello he decidido esta mañana abrir la antología de los versos melancólicos  y comprobar cómo suenan aquellos de Ángel González que mal recuerdas en su letra pero cuya música te nutrió durante milenios: De vosotros,/los jóvenes,/espero/no menos cosas grandes que las que realizaron/vuestros antepasados./Os entrego/una herencia grandiosa:/sostenedla./Amparad ese rio/de sangre,/sujetad/con segura mano/el tronco de caballos/viejísimos,/ pero aún poderosos,/que arrastran con pujanza/el fardo de los siglos/pasados.

Ahora preguntarás, Tulio, que quién nos ha dado el derecho de legar a otros lo que no nos pertenece. Y, sin embargo, pienso y defiendo que aquellos nuestros tiempos eran tiempos de construcción y estos son tiempos de derribos, que en esta España nuestra merodea por los caminos una banda de dinamiteros que empollaron el odio soplando los rescoldos de la historia. Cuando Zaratustra despierte, se encontrará de nuevo con el rostro familiar de quienes aniquilaron las civilizaciones reclamando el derecho a construirlas de nuevo.

Cuando te llegue la edad de sentirte, como yo, perplejo y afligido tal vez comprendas mejor estos otros versos de Gil de Biedma a la hora de levantar la tienda en un pueblo junto al mar, /poseer una casa y poca hacienda/y memoria ninguna. No leer, / no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, / y vivir como un noble arruinado/entre las ruinas de mi inteligencia.

El hortelano tiene un pegujal, y en él, una silla de enea confortable, dispuesto a escuchar la música de las esferas siguiendo el consejo de Horacio, el padre de los poetas esenciales: el que se contenta con su dorada medianía / no padece intranquilo las miserias de un techo que se desmorona. O, más bien, con la aspiración de otro de tus poetas más queridos, Francisco Brines, envejecer con algo de memoria y alguna claridad, feliz de haber vivido los años más hermosos de esta España nuestra.  

13 de septiembre 2020

Foto NDG

“In memoriam: Recuerda, Tulio, la noche en que decidisteis en consejo de familia deportar a los ancianos al pabellón de los inválidos a la espera de que su tiempo se cumpliera. Recuerda, Tulio, que no teníais ni trapos ni plásticos para protegerlos, ni a ellos, ni a quienes los cuidaban. Murieron solos y sin dignidad. Los enterramos en el más completo desamparo. ¿Recuerdas, Tulio, aquellos tiempos de verbenas y de fanfarrias?” ( De “Liviandades”)

Estábamos haciendo cola en la plaza, “una de las plazas mayores más bonitas de España y probablemente del mundo” (sic) según el escritor Eduardo Moga, decía que hacíamos cola en un emplazamiento tan privilegiado para comprar el pan y el periódico -dos importantes nutrientes- cuando comenzaron a doblar las campanas. Lo de “doblar las campanas” me temo que lo entiendan solo la gente mayor de pueblo, especímenes en franca regresión. Doblaban las campanas pero nadie pareció inmutarse por la sencilla razón de que ya es rutina que en mi pueblo las campanas toquen a muerto, como le sucedía a aquel forastero (Clint Eastwood) recién llegado al poblado, y al que el campanero le previno con una frase que viene a cuento: “aquí se pasan la vida entre entierros y funerales”. Algo parecido, efectivamente, nos ha sucedido este verano pues raro ha sido el día en el que, al amanecer, las campanas, sean de Santa María o de San Pedro, no hayan esparcido sobre los tejados el sombrío recuerdo de que durante veinte días de confinamiento murieron tres decenas largas de ancianos. ¡34 muertos en un pueblo con vocación de aldea! Es probable que en toda su historia nunca como en la pasada primavera la muerte haya tenido una presencia tan destacada. A poco que lo pienses, Tulio, eran gente de mi generación y por ello me siento más concernido. Todos tienen nombre; a la mayoría los conoces y, si no, a poco que te lo expliquen, sabes quiénes son sus hijos y sus nietos.

Ahora, cuando al fin tenemos una cierta libertad de movimiento, se celebran los funerales que antes no se hicieron. Es la razón de que el paisaje sonoro del pueblo durante este verano esté impregnado del doblo por los muertos. Pocas cosas más sobrecogedoras, amigo Tulio, que el tañido grave e imponente de una campana bien timbrada como son las de mi pueblo. Cuando apenas se ha diluido el anterior, otro ocupa su lugar, y así sucesivamente durante un tiempo tan prolongado que ya no recuerdas cuándo comenzó ni cuándo al fin termina porque el zumbido de cada campanazo se mantiene líquido en tu cerebro. Como una pedrada en las aguas del estanque cuyas ondas se propagan hasta extenuarse. Tú mismo, Tulio, nos podrías ilustrar sobre cómo las religiones utilizan las reiteraciones sonoras para provocar emociones devocionales. Lo hacen los tibetanos haciendo sonar el gong, los sufíes en los bailes circulares y los benedictinos en las abadías recitando los salmos. Tan cierto, que un amigo me dijo hace poco que, escuchando las campanas de duelo, le entran unas ganas irrefrenables de hacer confesión general. En cambio, mi nieta adolescente bajaba este verano del dormitorio todas las mañanas diciendo: “¡abuelo, las campanas…!”

¡Oh, las campanas…! Otra vez las campanas tocando a muerto. De poco te sirve recordar la emoción con la que seguiste el duelo de las campanas de Salzburgo cuando bajabas de la colina del palacio del príncipe para visitar en el cementerio la tumba de Mozart y coincidió con la hora en la que las espadañas de la ciudad conmemoraban el Día de Difuntos.  El decorado parecía sacado de Visconti en Muerte en Venecia. Aunque la mejor escena de funeral compartido ocurrió al comienzo del verano en el cementerio. El cementerio de mi pueblo está en una ligera pendiente y arriba, en la parte de la ampliación, hay una pequeña meseta en la que instalaron un altar. Mi amigo el geógrafo, tan impertinente como el hortelano, dice que en esta tierra lo único que crece y se amplían son los cementerios. Pues bien, en aquella esplanada, además del altar, instalaron un monolito en memoria de los muertos por la pandemia y un cirio encendido. Leyeron con solemnidad los nombres de los que murieron en la Residencia que los acogía (¿) mientras un chelo competía con el doblo de las campanas recordando a los muertos. Hubo discursos, rezos y responsos, y los presentes -me cuentan- regresaron a sus casas emocionados.

Dicen mis paisanos que están ocurriendo cosas raras desde que el virus acampó en la tierra; que la naturaleza y los animales se comportan de forma distinta. Incluso achacan al virus la escasez de la cosecha de tomates y el secado prematuro de las patatas. He sido incapaz de convencer a mi colega que vende hortalizas en el Altozano de que los tomates se pudrieron por el mildiu y la araña roja. Cuando todo pase, los jóvenes encontrarán las palabras correctas para recordar el tiempo de la pandemia. Serán los años del virus o el año de los muertos, como antes lo fueron los años de la guerra, los años del hambre, el año del aire, años en los que ocurrieron desgracias porque de los años favorables apenas nadie se acuerda.

Allá por la primavera, cogí de la estantería La peste de Camus por aquello de ilustrar lo que estabas leyendo cada día en los periódicos. Nunca pensaste que las escenas de las ratas de la novela se quedaran cortas frente a lo que tú mismo presenciaste. El artesano dice con razón que, en los días que morían los ancianos a borbotones, se baldearon las calles con lejías desinfectantes, y las ratas abandonaron las cloacas y terminaron por colonizar los cobertizos de las callejas. Y esa sería la razón de que un ejército de ratas se adueñara del gallinero de la huerta y en él se hicieran fuertes. Y así has presenciado una de las imágenes más repulsivas que puedas imaginar y que hubiera servido a Buñuel para ilustrar cualquiera de sus películas: dos ratas asaltaron la jaula del canario amarillo y con él convivieron hasta que al fin logramos liberarlo.

De acuerdo, Tulio, dejaré de hablar de muertos y de pandemias, porque no pretendo competir con los telediarios. Incluso prometo abandonar la lectura de Pessoa, buen compañero como Camus para los tiempos de desasosiego. El hortelano necesita no más de tres minutos de concentración en el portalillo del chabuco para ver el mundo con un horizonte despejado. Comencé por decir que quienes estaban en la cola en la plaza porticada para comprar el pan apenas se inquietaron por escuchar de nuevo las campanas, y que su atención y la plática iba por el derrotero de los partes del tiempo que emite la televisión. Se anunciaban lluvias, las primeras desde que despuntó la primavera y, cuando esto ocurre, a todos nos entra una especie de arrebato de energía y de vitalidad admirables. Dejemos, pues, en paz a los muertos pero a ver quién se atreve a decirle al cura que libere a las campanas del oficio de recordar a los muertos. Dentro de unas horas, el experto dice que va a llover, que las tormentas romperán la coraza del verano y están ya en la frontera. Y no hay tiempo más venturoso en las tierras de secano que los otoños que principian con lluvia. Quién sabe si dentro de unos días las hormigas voladoras, los hormigones, no colonizarán los charcos de agua y serán ellas los heraldos de la otoñada. El hortelano no entiende la mala imagen del otoño. ¡Si es tiempo de proyectos, de renovación, de sementera…! Al hortelano nada le produce mayor satisfacción que el primer trompeteo de las grullas. Lo espera cada año con la misma expectación que espera que las lluvias nos traigan buenas cosechas de níscalos, de espárragos silvestres, las primeras aceitunas, los frutos de otoño. Hoy has vendimiado las uvas del patio y has tenido tiempo para sorprenderte de la generosidad del otoño. Incluso has tenido el gozo adelantado de recoger la leña para la chimenea del invierno. Por un momento has imaginado ese día, entre melancólico y gozoso, de encender el primer fuego y volverás a recitar el adagio que te guía: “mira a las estrellas pero no olvides encender la leña en la chimenea”. Preparémonos, Tulio, para el invierno. No sólo hagas acopio de leña; procura almacenar sosiego y fortaleza, que falta nos hará para estos tiempos de cólera política y de incertidumbres incontables.

Segunda Etapa

12 septiembre 2020

En la noche del Juicio Final, los vigilantes estaban dormidos. No escucharon ninguna de las siete trompetas, ni el ruido de los truenos ni vieron los relámpagos. El teniente de guardia, además, estaba borracho. Pues, eso, Tulio: en los tiempos del coronavirus nos tocó en suerte un gobierno de incompetentes. En una tribu bien organizada, el hechicero llamaría a los ancianos y los pondría a concertar soluciones. Pero el brujo de la hora presente decretó el confinamiento y escanció la copa de la autocomplacencia. Los ancianos perecieron dentro de la choza

De “Liviandades”

El hortelano se ha propuesto reanudar su cuaderno, tantos años suspendido por culpa de otros devaneos. Y lo ha decidido esta mañana de finales de verano viendo a la gente de su pueblo enmascarada. Por ejemplo, en casa ya sabemos lo que es un “mascarillero”. O ¿de qué otro modo llamar a esa tabla en la que cuelgan 13 alcayatas previamente asignadas a cada uno de sus habitantes? Nuestra casa, aunque solo conserve la noble fachada y la toza, se ha convertido en refugio sentimental al que recurrimos para reconocernos como descendientes de un territorio apartado que todavía mantiene algunos atributos centenarios. No olvidarás el nombre de quien dirigió con sabiduría y generosidad su reconstrucción, y todavía lamentas no haberlo incorporado a un azulejo para que, al menos quienes nos sucedan, lo recuerden. Hace sólo unos días, alguien en el Altozano añadió un nuevo capítulo a la historia de la casa que habitas. En ella residió y tuvo taller un maestro orive llegado de Portugal para distribuir a sus hijos por los pueblos de la vecindad, todos ellos expertos en el arte de labrar la plata para engalanar a las campesinas de la comarca. “En tu casa nació mi abuelo porque allí su padre tenía el taller de orive”. Cuando la pandemia arreció en la pasada primavera, un anciano se escabulló de la residencia de mayores y a la hora de siesta lo encontraron aldabeando en la puerta. Los vecinos le reprendieron y él respondió que aquella era su casa y buscaba a su madre. Murió de coronavirus, pocos días más tarde. Me cuentan que procedía de familias de orives y, cuando niño, residió en esta casa. Habían pasado tres cuartos de siglo pero su cerebro seguía orientándole a “su” casa y a su madre. Si, como parece, la práctica de la filigrana en metales preciosos era oficio de judíos y en la toza de la chimenea está esculpido el árbol de la vida, díganme a mí por qué no puedo presumir de que la casa en la que ahora cuelga un “mascarillero” moraron judíos y que, tal vez por ello, en la ventana del dormitorio luce la cruz de los cristianos con el anagrama de Jesucristo. “Excusatio non petita…, acussatio manifesta”

  Has decidido reabrir la alacena de impertinencias cuando la mujer del vendedor de piñones y orégano te ha dicho con el noble acento campesino de esta tierra: “ya viénis del huertu; siempre acarreandu, como las jormiguinas”. Tal vez en la escuela a la mujer del vendedor de orégano le enseñaron la fábula de aquel poeta griego al que sus paisanos despeñaron por las rocas acusado de sacrilegio. Y debes confesar que la pertenencia a la tribu de las hormigas no te ha defraudado porque las “jormiguinas” debíamos ser especie a proteger entre tanta muchedumbre verbenera. Te ven ir y venir cada mañana, cada tarde, del huerto a casa y de casa al huerto con tanta frecuencia, ahora con una carretada de tomates, con el cubo de los huevos o con un ramo de hortelana y perejil como hoy es el caso. A veces te ven también con una brazada de rosas o de bulbos cuando se avecina la primavera. Pero la mujer del vendedor de orégano no sabe que lo que buscas con tanto trajinar de casa a la huerta es el acarreo de emociones primitivas -estas sí- en trance de desaparición.

El perejil y la hortelana -del huerto a la cazuela- sirven para sazonar un condumio de escasa reputación: la morcilla morenga. Tengo para mí que es una reliquia de mis antepasados árabes o judíos. La morenga está hecha con los entresijos, tripas y callos del cordero, además de cebolla, sal, perejil y algo la propia sangre del cordero. En un territorio en el que cerdo era y es el tótem de la cocina, es fácil entender la razón de que esta morcilla esté ayuna de los ingredientes cristianos. ¡Qué fantástica discriminación: morcillas cristianas de cerdo frente a morcillas judías o musulmanas de cordero! No me cabe duda de que la morenga está aquí desde que los árabes habitaban el castillejo o los judíos tenían sinagoga a dos pasos de donde, esta mañana, te has embebido hablando con el carnicero artesano de esta delicia gastronómica, al menos para quienes amanecimos inoculados de estos sabores ancestrales. Por si alguien se siente tentado a probarla, dos consejos básicos: cocción lenta junto a un trozo de cebolla y un ramo de hierbabuena. Mientras dure la cocción, cierre la puerta y abran de par en par la ventana. Con este perfume espeso, el rabino recitaría la Torá y el imán versos coránicos.

De regreso con el botín de las morenga, has reparado en la casa en la que vivió el hortelano que ayer enterraron. Era un hombre enjuto siempre con el cubo al brazo, otra “jormiguina”, presto siempre a la broma y con el que te gustaba conversar en la huerta cuando iba a recoger restos vegetales para sus gallinas. Por cierto, nunca llegaste a confirmar su teoría sobre la categoría superior de los huevos de gallina alimentada con restos de hortalizas. En esa casa que esta mañana sufre la ausencia de quien la adquirió con los ahorros de la esforzada emigración a Alemania, anduviste tú de niño aprendiendo los rudimentos que te sirvieron para aprender el oficio de las letras. La recuerdas aunque haga medio siglo que no la frecuentas. A la entrada, un zaguanillo; una estancia a modo de despachito, a la izquierda; a la derecha, el comedor y el dormitorio y, de frente, un pasillo hacia el corral y el establo. Tal vez la última vez que cruzaste el umbral fue para velar el cadáver del familiar muerto.

¡Las casas de los pueblos! Esas casas por las que ahora suspiran las gentes de ciudad para curarse del confinamiento urbano. ¡Cuántas veces has soñado con hacer un libro con la historia de las casas de los pueblos! Un libro que contara las peripecias de sus moradores en todo lo que la memoria alcanzase. Historias de vivos y muertos, de sucesos de gloria y de desgracias. En estas casas parían las mujeres de generación en generación y morían los hijos de sus hijos. Sus paredes conservan la huella del grito de la parturienta y el gemido de las muertes. Por supuesto, las risas de los niños y el rumor de las canciones campesinas.

 Con poco esfuerzo y colaboración podrías identificar las casas que habitaron tus abuelos y los abuelos de tus abuelos. Te sorprenderías de las historias que guardan estos muros como si de un cofre surgieran mercaderías asombrosas. A veces te has sorprendido, al tiempo que vas por una calle, recordando quiénes fueron los moradores de esta o aquella casa, y, como es larga ya la memoria, reconstruyes con visión panorámica la historia de un tiempo y de unos personajes mucho más sugerentes que los que ahora vemos enmascarados por la calle; que no es lo mismo un personaje tramitando el paro en la ventanilla el subsidio que un labriego aparejando las bestias para hacer la sementera. No me pidas, amigo Tulio, que compare la dignidad de aquel campesino con el infortunio de quien no tiene trabajo.

Pero ya nunca podrás hacer la historia de la calle Braceros como si fuera el relato de un nuevo Macondo, comenzado por la casa del maestro desvariado que vivía con una hermana tarada, o esa otra de la dos hermanas enclaustradas que nunca salían a la calle, o la siguiente con una saga de otras tres hermanas y un varón, una especie de gineceo, perfectamente jerarquizado, y la siguiente en la que vivía la última plañidera que tomaba asiento junto a la viuda para rezar tan pronto expiraba el muerto y sollozar tan alto como fuera el estipendio. La casa de la mujer a la que prestaban el chorizo o la morcilla para adobar los garbanzos de los pobres y desgrasar el cocido de los ricos. Pero ya no tienes tiempo para hacer el relato de las casas, muchas de ellas cerradas o en venta, en las que vivieron sagas familiares cuya memoria se desvanece. Casas a las que ronda la piqueta ignorante y asesina. Cuando derriban una de estas casas, sepan que están destruyendo la memoria compartida, el vínculo que nos une y nos cohesiona. Por eso te dio un ataque de ira aquella mañana cuando descubriste que una maquina comenzaba a derruir una de las casas blasonadas de la calle Pedro Díaz y te quisieron consolar diciendo que luego colocarían el escudo en la nueva fachada recién reconstruida. Tantas casas maltratadas, mutiladas, deshonradas por la ignorancia. Pocas otras cosas te producen más respeto y admiración que una casa centenaria. Así te entretiene y tal vez fatigues a los jóvenes contando las historias de las casas, por ejemplo el valor de estos tus amigos que han recuperado la memoria de alguno de los moradores de casas centenarias que idearon modos de progreso que las guerras y el fanatismo truncaron. En los desvanes han descubierto escritos que, si no los hubiera cubierto el polvo o el olvido, habrían servido para evitar el hundimiento económico de los pueblos. Y soy ingenuo cuando pienso que rescatar la memoria de estos hombres notables ayudará a despertar el genio de quienes todavía pueden soplar el rescoldo del talento de quienes trataron de inventar nuevos sistemas de bienestar antes de que los pueblos, mi pueblo, termine por convertirse en pavesa de un tiempo que ya no existe. Los pueblos, estos pueblos de secano y de modorra, serán a no tardar espacios condenados a la desaparición si alguien desde fuera no los salva. Carecen de toda posibilidad de regenerarse por sí solos.  ¿Quién se atreve a decirles a mis vecinos que este pueblo, y tantos otros como este pueblo, perviven gracias a los recursos ajenos? Si no se hubiera inventado la estructura de solidaridad de la vieja Europa, hoy crecerían ortigas junto a los muros de los templos.  Y no hace tanto tiempo que estas cosas ocurrieron…

Por la tarde, te has sentado junto al limonero del rincón en el que hace veinte años colocaste un azulejo con los versos de JRJ, aquellos de la más dulce melancolía escrita en versos, los que dicen que el canto de los pájaros sobrevivirá aunque el pueblo se hará nuevo cada año. Al poeta le gustaban los atardeceres y es conocido que se disponía cada día a presenciarlos con recogimiento y solemnidad. Estas tardes de finales del verano son las más silenciosas del año. Son tardes poco sólidas, casi evanescentes, presintiendo la vecindad el otoño, propensas a la melancolía y también al pensamiento más substancioso. Si estás atento, oirás el lejano graznido de una pareja de cuervos camino de los pinares. No hay pájaros cantando. Ni siquiera escucharás la algarabía con la que los vencejos despedían los atardeceres del verano. Estarán ya en remotos territorios a la espera de que la rueda de las estaciones los empuje de nuevo a los lugares donde anidaron. Recuerda que celebraste en la primavera, en la ciudad confinada, la llegada de los vencejos acreditando que el mundo no había terminado. Volverán los vencejos, Juan Ramón, y tú seguirás presente. Traerán bajo el ala la noticia de que el virus ha sido al fin confinado.

UN PRODIGIO EN EL GALLINERO

 

4.6.18.- Como ha sido año de lluvias copiosas, las callejas parecen jardines asilvestrados que sirvieran para exhibir lo que la propia naturaleza es capaz de producir sin intervención de los hombres. Si el hortelano no tuviera los tiempos tan marcados, no dudaría en hacer, aunque nada más fuera para autoconsumo, una guía de las flores de calleja. Y así podría dar el nombre a cada una de las plantas que, esta mañana, lucen más que un jardín de nobleza. Mira estas parcelillas de amapolas que han salido en la hendidura del asfalto de las últimas casas del pueblo. Repara en el azul de las campanillas, en el amarillo de tantos y tantos jaramagos. ¡Qué gracia aquel puñado de azulinas encaramadas al muro de pizarra! O el color de aquel reducto de musgo adherido al granito, o las malvas que han tejido, allá donde la calleja se ensancha, un fantástico lienzo violeta. Como el sol apenas sobresale de las cumbreras, ya ves cómo alumbra aquel rincón florecido de candilejas. Puedes recorrer y de hecho lo estás haciendo las callejas sin que nadie te estorbe para contemplar este humilde jardín de las flores proletarias. Y piensas que ni Salomón con toda su gloria se vistió como ellas… Pero, para alumbrar tanta belleza, ha sido preciso que la naturaleza trabajara a destajo, que los vientos depositaran las simientes en cada rendija de los muros y que la lluvia las fecundara.

Allá donde las callejas terminan, sin solución de continuidad, comienzan los caminos de arena que van a los pegujales de mis vecinos. Senderos florecidos con su cohorte de rosales silvestres, jaramugos, hinojales…¡Cuánta hermosura de libre dispensación para quien quiera mirarlo! Mira cómo han prosperado este año las umbrelas con su plataforma en la que anida un enjambre de insectos felices en su mullido territorio floral. Pero sobre todo cuánta soberbia enseñorean las cañijerras o ese florón que más parece un candelabro fastuoso. Flores de callejas y flores de vereda que estáis dispensando un impagable espectáculo sin que nadie tal vez repare en su excepcional belleza, como aquella flor del capítulo de L de Platero: “¡Que pura, Platero, y qué bella esta flor del camino! Pasan a su lado todos los tropeles—los toros, las cabras, los potros, los hombres, y ella, tan tierna y tan débil, sigue enhiesta, malva y fina, en su vallado solo, sin contaminarse de impureza alguna”.

Y debieras recodar además que el espectáculo que te asombra tenía esta mañana otro complemento excepcional: el canto de los pájaros. Cantaban desaforadamente el chamarí y los jilgueros, como si pregonaran la plenitud del momento.

Has abierto el cancil de la huerta y te has encontrado con otro festín de coloración, ¿Qué prefirieres las flores silvestres o el jardín de la huerta? Claro que son diferentes. A este lo abonas, lo podas, lo cuidas, y aquel no tiene quien lo atienda…, pero has reparado en cómo han prosperado los dondiegos sobre la pila de granito que fue comedero de las bestias. Cualquiera de las dos que escoltan la puerta serviría para decorar un palacio y fueron tan solo un pesebre de las vacas o de los jumentos. ¿Quiénes las tallaron? Un buen día, aquel personaje que tanto estimas llegó con una tonelada de granito y con enorme esfuerzo quedaron reconvertidas en recipientes de plantas de jardín. Hoy crecen en ellas la planta más modesta de las que engalanan los patios campesinos. Ayer, cuando bajabas a la plaza porticada para comprar la prensa, reparaste que, en la plazuela del Castillejo, estaban ya recrecidos los pericos que cada año adornan el esquinazo de la calle de las Fraguas. En los meses de invierno, alguien los defiende colocando sobre sus raíces una pizarra. Las manos franciscanas que los cobijan, tan pronto como asoma la primavera, los liberan de la protección para que engalen la fachada encalada, tal como lo hacen otras mujeres en los mínimos arriates de las casas mudéjares de la vecindad o en la misma plaza junto a la muralla del palacio de los condes.

 

El día en que Cees Nooteboom cumplía ochenta años anota en su cuaderno (“533 días”. Editorial Siruela) el “paisaje de sonidos” que le despiertan en su casa de Menorca a la que acude cada año desde hace más de medio siglo. El primer canto de los gallos de los vecinos, entrelazado con el cacareo de las gallinas, el rebuzno del burro, el graznar de los gansos…No lo dice, pero intuyo que Nooteboom trata de trasladarnos en esta página el sentimiento de plenitud que le embarga. El libro es como una caja en la que el escritor estuviera archivando las emociones que le produce la contemplación de las cosas más ordinarias, aquellas que le hacen compañía o le hacen sentirse recompensado. La casa es modesta, perteneció a viejos payeses y él añadió al jardín el huerto de un vecino fallecido hace tiempo y del que conserva una higuera y un limonero. Pero el limonero se secó al poco tiempo. La higuera está a punto de dar los primeros frutos de la temporada. A la casa le llega el sonido del mar; desde el jardincillo de los cactus puede ver las aguas del Mediterráneo. El libro de Nooteboom es puro mediterráneo. Pasa los inviernos en los paisajes nevados del Norte, pero se ha contagiado de los placeres y del pensamiento meridionales. Muchas páginas parecen ambientadas en la Ilíada o en los versos de Virgilio. Cuando trabaja le gusta acompañase de la música. Hoy está escuchando las suites de Bach y, a poco que repares, el contenido del relato parece guiado por el violonchelo de Rostropóvich, como si las letras y la música se hubieran ensamblado. Una vez que ha conseguido este mestizaje, le resulta fácil cabalgar por el mundo de las ideas anotando las incidencias más modestas de la vida ordinaria y aquellas preocupaciones que ensombrecen la vida de las naciones. Otro día cualquiera, Nooteboom se entretiene en encontrar algún tipo de relación entre la música de las últimas seis sonatas de Haydn y sus cactus.  Nos va a informar que las sonatas fueron grabadas por Glenn Gould en 1981. Incluso nos dirá el ambiente en que fueron grabadas en Nueva York. Lo mismo que conoceremos la particularidad de cuando sembró los cactus en su “jardín español”. Y ahora sabremos definitivamente el contenido del libro que está leyendo y la razón por la que está asociando la música de Haydn con la visión de sus cactus. Ni siquiera haría falta que Nooteboom nos confesara su afición a leer los diarios de escritores. Los conserva en su biblioteca de la planta de arriba. Ha tomado entre sus manos el diario de Julien Green y lo abre por una página cualquiera. Corresponde al 14 de febrero de 1942. La lectura de aquél pasaje le trae el recuerdo de algo similar recogido por André Gide igualmente en sus diarios. Son escenas de la Segunda Guerra Mundial. Ese día Green escribe sus recuerdos desde Estados Unidos, Gide desde Túnez. Compara ambas relatos y saca sus conclusiones sobre la crueldad de las guerras. Incluso hace algo más personal: trata de recordar qué pasó en su vida ese mismo día de febrero del año 43. Lo recuerda con toda claridad: vivía de niño en Holanda y fue el año en que se divorciaron sus padres, pero para él hubo otro acontecimiento más importante, fue el año de la bomba. La bomba del ejército aliado había caído junto a su casa. El estruendo “lo sigo oyendo en mi memoria; no me liberaré de él nunca jamás…” El hortelano está atento en la lectura de este diario de Nooteboom y, como él, es también aficionado a la lectura de diarios y memorias. Los guarda, relativamente ordenados, en una estantería adicional entre sus libros de poesía y su pequeña colección de grecolatinos. Por ello no le resultará difícil encontrar los diarios de Jünger y de Klemperer y le seduce la idea de investigar qué sucesos ocurrieron en esa misma fecha, febrero del 43, en la vida de dos de los escritores que más le satisfacen. Incluso podría buscar la coincidencia con Stefan Zweig. Pero tal vez en el 43, Zweig ya se habría suicidado. No pudo recuperarse de la barbarie nazi. Los diarios de Jünger, menos los relativos a la Primera Guerra Mundial, son distendidos, escritos desde la distancia emocional; los de Klemperer, en cambio, son trágicos; todavía recuerdo la impresión con la que los leí hace veinte años. Pocos textos me han impactado más sobre la saña con la que los hombres podemos autodestruirnos. Creo recordar que el primer tomo de los diarios se inicia con la voluntad del escritor de concurrir a las elecciones de rector de Universidad. Terminan buscando basura para alimentarse entre las ruinas de Dresde. El caso es que Nooteboom le ha abierto al hortelano el apetito de comprar los diarios de Julien Green; sentarse en el portalillo, abrir un nuevo libro mientras escuchas el  prodigio que acaba de ocurrir en el gallinero. ¿O por qué no releer a Klemperer? Los políticos que ves a diario en televisión ¿habrán leído alguno de estos diarios? Y si lo han hecho, ¿qué opinarán de los que siembran rencor y odio cada mañana, por la tarde y por la noche?  

LA ADELFA DE FUENTEPIÑA Y EL ELOGIO DE LAS COSAS ORDINARIAS

 

3.6.18. La adelfa que plantamos de un esqueje que recogimos en Fuentepiña ha florecido por vez primera. Está al borde de la veredilla de la huerta frente al gran olivo centenario. La adelfa, en fin, no tiene nada de particular. Cualquiera de las que se venden ahora en los viveros tiene una floración más abundante y de colores, probablemente, más lucidos. Pero esta adelfa pertenece al patrimonio lírico de Juan Ramón Jiménez, y el hortelano no debiera esforzarse en reiterar su devoción por el poeta y por ese lugar “sagrado”, Fuentepiña, al que todos los juanramonianos admiramos. Regresamos  de aquel viaje con esquejes de geranios y de adelfas con la ilusión de que aquellas plantas que crecían desgobernadas  en el arriate que bordea la casa de campo del poeta, muy cerca del pino bajo el que yacen los restos de Platero, procedieran de las mismas que él sembrara. Aquellos esquejes de geranios llevan ya varias temporadas alumbrando los veranos de la huerta, y este es el primer año en el que la adelfa juanramoniana se ha hecho presente en la vereda. Toda  primera vez llega con el aura y el prestigio de lo iniciático, de la emoción que acompaña a la esperanza. Los antiguos celebraban el inicio de las estaciones y los creyentes bendecían las cosechas. Raro es el año que la huerta no nos depara alguna oportunidad iniciática, y estoy listo para celebrar, este otoño, la recolección de las dos primeros frutos del nogal que plantamos para sombrear el sestil de la huerta. El hortelano tiene esta mañana, en las primicias del verano, una sobrecarga sentimental porque, además, está reparando en los árboles y en las plantas “alusivas”. Alusivas porque cada una de ellas te recuerdan su procedencia. Por ejemplo, estás viendo el crecimiento vigoroso y el verde intenso del azufaifo que te trajeron en una macetita desde Campanario, o la higuera repleta de brevas a punto de sazón que llegó desde Los Tejares de Jaraíz de la Vera, o el naranjo que procede de una semilla del corral de la casa de los padres de la calle Braceros, o el roblecito de no más de un palmo que asemillasteis de una bellota cogida del suelo al borde la Casa de Cristal de New Canaan, uno de los espacios más mitificado de la arquitectura de diseño, o el manzano de jardín que te recordará siempre la amistad de uno de los personajes más generosos de cuantos has conocido. Si te lo propusieras, podrás de esta forma componer un largo relato con la historia de la mayoría de las plantas y de los árboles de tu pegujal.

Y mira por dónde estás leyendo estos días ese libro de Cees Nooteboom, “533 días”, que al fin encontraste en La Central de Callao, en el que describe la sensación de confort que le produce el reencuentro con las cosas ordinarias de su casa después de haber estado meses correteando por el mundo. Cuando regresa a su casa de Menorca se sorprende de la “lealtad de los objetos”: mesa, sillas, libros, la lámpara de lectura… “Ahí están los objetos, de pie o tendidos, inmóviles en su perfecto silencio”. A Nooteboom llegaste hace años a través de sus relatos de viajes. En su juventud fue monje trapense. Abandonó la reclusión del monasterio y se hizo nómada y cosmopolita. Hoy, en el tramo final de su camino, convertido en uno de las máximas autoridades intelectuales de Europa, desde su casa con huerto y jardín menorquinos, medita sobre los acontecimientos que ensombrecen el futuro del mundo. Lo hace mezclando lo particular y lo universal con tanta maestría que a veces uno pierde la noción de si lo importante es la enfermedad de sus cactus o la habilidad de la araña en tejer su red en su propio dormitorio, o, por el contrario, lo trascendente es la eterna insatisfacción de los hombres enfebrecidos en fabricar sueños de imposible cumplimiento.

 El caso es que, en esta página que estás leyendo, Nooteboom se felicita por la compañía de los objetos que le hacen la vida confortable. Pero el texto que más aprecias de elogio a cualquiera de los objetos de la vida ordinaria, lo encontraste en el libro de Eckermann referido a la preferencia que el gran Goethe sentía por su silla de madera. Aquel día, cuenta Eckermann, Goethe había comprado en una subasta una butaca verde de la que se había encaprichado, pero pronto se arrepintió y volvió a recuperar su vieja silla de madera a la que había mandado añadir un suplemento que le sirviera de respaldo de cabeza. Y reflexionaba el gran Goethe: “cualquiera forma de comodidad resulta del todo contraria a mi naturaleza (….); los muebles elegantes son propios de gentes que carecen de pensamiento o que no desean tenerlo”.  Y no debes olvidar los versos de JRJ que te sabes de memoria: “¡Qué quietas están las cosas/ y qué bien se está con ellas!/ Por todas partes, sus manos/ con nuestras manos se encuentran”. Tal vez por esta razón pusiste tanto entusiasmo en rehabilitar y grabar su nombre en el sillón de tu bisabuelo, un simple y modesto sillón de madera de pino y de enea. Y te entretuviste en pensar que, en tiempos de ajuares tan escasos, este modestísimo asiento haya presidido las glorias y las desgracias de una familia de labradores y carpinteros. Pero volviendo a la reflexión de Goethe, uno confiesa su debilidad de “voyeur” para escudriñar al detalle los lugares en los que trabajan los autores que admiras cuando aparecen en las revistas ilustradas o en los documentales, y hasta se atreve a clasificarlos según los objetos que muestran sus escritorios. Cela escribió lo mejor de su obra en cafetines y lo peor, que no fue poco, en despachos acomodados. Imagino el escritorio de Delibes y te lo representas despojado de lujo. Cervantes escribió su Quijote entre barrotes. Si te lo propones, encontraras la descripción de Ernst Jünger escribiendo sus memorias a solo unos metros de su huerto de Kirchhorst, a Josep Pla apegado a la chimenea de su masía en Llofriu y a Baroja en su casona de Itzea. Y encontrarías la cita de Azaña cuando decía que necesitaba un ambiente rústico para pergeñar sus prosas. Pero no es tiempo ahora de amontonar viejos conocimientos, sino de enaltecer las cosas, los objetos que te acompañan durante la vida, y de reconocer que “qué bien se está con ellas”, “inmóviles en su perfecto silencio”. O tal vez ésta sea la ocasión del elogio a la austeridad y a la sobriedad para enaltecer el pensamiento como sentenció Goethe. Como sólo eres aprendiz de hortelano y emborronador de papeles, confórmate con señalar que también los lectores tenemos espacios preferidos para pasar las páginas de los libros de placer. Y pocos comparables a estar hoy aquí, estrenando el verano, en el portalillo de la huerta, embebido en las páginas de Cees Nooteboom.

Cosas de la capital vistas desde la aldea

 

Los de pueblo sentimos un gran respeto por la cosas de la capital. Para el hortelano, sin ir más lejos, hay más distancia entre su aldea y la capital de su provincia que entre aquella y Madrid o Nueva York pongamos por caso. Salvo que tuvieras algún latifundio, tú seguías siendo de pueblo, y ellos de ciudad. La capital tenía jerarquías muy variadas, y en el pueblo todo comenzaba y terminaba en el sargento de la Guardia Civil. Efectivamente si tenías muchos caudales, en la capital te perdonaban la vida, aunque siguieras siendo de pueblo. Ellos eran hijos de gentes de oficina y de escalafón, y tú “eras de tu pueblo”.

Esta es la razón exclusiva por la que el hortelano toma precauciones a la hora de hacer una o varias impertinencias sobre asuntos de la capital que vienen en el periódico de la fecha, porque él se siente más desenvuelto si aborda una cuestión de Madrid o de Bruselas que si trata de meter el diente en lo que va leyendo sobre los 127 mantos que tiene la patrona de la capital, todos ellos bordados en oros, topacios y esmeraldas. No es que la cuestión de los mantos de la patrona de la capital le preocupe al hortelano, pero le ocurre que todos los años, por la época en  que comienzan a libar los abejorros, se tropieza con la noticia de los mantos de la patrona. Hoy, la virgen lucirá el manto el número 97 de su colección, que fue una ofrenda de la señora doña María del Carmen Carvajal Muñoz. Dice el periódico en portada que el manto de hoy es de raso natural blanco, bordado a mano, en oro con topacios. Mañana cuando baje a la plaza porticada a por los periódicos para degustarlos en la huerta, el impertinente buscará con ansiedad qué numero hace el manto de cada día y qué tipo de pedrería lucirá, si bordado en oro o en plata, con topacio o esmeraldas. ¡Cosas de la ciudad! Y, a lo mejor, en renta de mantos de vírgenes patronas no andamos tan mal como en otras cosas. Si la patrona de la capital de mi provincia tiene 127 mantos, ¿tendrá más o menos que la de los Desamparados o la “Moreneta”. Si estuviésemos al mismo nivel que aquellas, el hortelano se sentiría muy reconfortado. Puede ocurrir que la tendencia a regalar mantos de pedrerías a las vírgenes sea un hecho que el escribidor no logra descifrar. Antes, mucho antes, las gentes ofrendaban exvotos y, no veas Tulio, lo tenebrosos que eran los camerinos de las vírgenes, repletos de manos, piernas y otras casquerías que representaban los órganos afectados por los milagros de las vírgenes. Pienso que algo similar debe ser el impulso de las damas oferentes de mantos enjoyados. En lugar de regalar al cirujano una cesta de ibéricos, ofrendan mantos sanadores. O tal vez se deba a otras peticiones de favores: casar a la niña con un abogado del Estado o, lo que sería peor, competir con otros del mismo rango para pasar a la historia y el periódico diga, como lo dice esta mañana, que el manto que la virgen luce en el novenario es producto de su hacienda. ¿Tributan estos detalles o, por el contrario, deducen en el IRPF? Pero, el hortelano echa el freno a las variadas consideraciones que se le ocurren. No vaya a ser que la señora Carvajal y Muñoz tenga parientes entre los amigos del hortelano y se lo tomen como ofensa. No hace mucho que se le ocurrió una censura a un determinado prócer de la provincia y su interlocutor le cortó señalando el parentesco.

Sigo, pues, tu consejo, amigo Tulio: antes de opinar, trata de averiguar la naturaleza de tu interlocutor y, mucho más, si son varios los que te escuchan. El asunto vale para todos y para siempre, pero advierto que en Extremadura somos parcos en la opinión. La llevamos por dentro. Debe ser una característica de los rurales y nunca sabremos si tu interlocutor es así de reservado o es que hace tiempo se le apagaron las luces. Lo decía Josep Pla aplicado a sus payeses. O acaso, nosotros los extremeños, acostumbrados a tener siempre amos y señores, hayamos desarrollado en mayor medida el sentido de la prudencia, o tal vez sigamos pensando que la expresión de la opinión es algo así como una categoría o privilegio. En tiempos remotos había caballeros con derecho a expresar opinión ante los reyes, como los había con derecho a destocarse en su presencia. Creo que nuestro don Manuel Godoy gozó de este privilegio ante el rey don Carlos, tal vez por la confianza que le prestaba su señora la reina. A mí siempre me produjo ternura la sorpresa de Juan Rulfo cuando le preguntaron cómo había ido aquella reunión y él, también de la clase de los plebeyos como el hortelano, se maravillaba de la espontaneidad y libertad con las que se expresaban sus compañeros de mesa. En su otra vida, el hortelano en una ocasión dijo esto de plebeyo aplicado y en presencia de una reina -era nieta de un taxista- y la Señora se sintió un tanto afligida. ¡Ahí es nada, el ejercicio de la libertad de opinión! Los campesinos somos pues sobrios a la hora de expresarnos, y además los extremeños nos sentimos más cómodos delegando la opinión. ¡Que opinen ellos! Ellos son los políticos y especialmente los que están en el gobierno.

Pero no siempre fue así. Hubo un siglo maravilloso en el que las minorías extremeñas tenían opinión de casi todo. Fue el siglo XIX y fue portentoso, aunque luego aquella eclosión de talento terminó sojuzgada. Viene esto a cuento de lo que voy leyendo en el periódico de la capital de la provincia. Por alguna razón, tal vez de aniversario, se glosa una de las efemérides más gloriosas de la capital de mi provincia, la creación de la Real Audiencia de Extremadura en el año 1791. La señala el periodista amigo de la historia con una especie de reserva frente a Badajoz, que también la pretendía. Vencieron los de mi capital y muy probablemente aquella afrenta fue un capítulo más de las luchas que aún mantienen la herida sangrante. El enfrentamiento entre las dos provincias es un asunto de las minorías culturaleso políticas. No creo que a la gente en general le preocupe si el presidente de la Junta sea de Aceuchal o de Ahigal. El periodista llena una página completa relatando la efeméride pero no dice nada del suceso más importante de la ceremonia, el discurso del extremeño Juan Meléndez Valdés, poeta y jurisconsulto, liberal y afrancesado. No viene al caso, pero no olvides, Tulio, que este señor con nombre de calle fue un excelente poeta romántico que escribió los versos eróticos más memorables de la literatura hispana. Busca en la maquinaria los dedicados a una ninfa ninfómana y verás el desahogo con el que se expresaba el poeta nacido en Ribera del Fresno y muerto en Montpellier.

Te decía que el suceso más importante de la historia de la creación de la Real Audiencia de Extremadura fue el discurso que pronunció Meléndez Valdez, que junto al del pacense Vicente Payno conforman la denuncia más valiente y arriesgada de la situación paupérrima de la Extremadura del siglo XVIII, y que sin muchas variaciones ha continuado hasta el presente. Cuando termines de leer los versos eróticos del extremeño, busca el tal discurso y párate en aquel párrafo que comienza:

“Sin población, sin agricultura, sin caminos, industria ni comercio, todo pide, todo solicita, todo demanda la más sabia atención, y una mano reparadora y atinada para nacer a su impulso, y nacer de una vez sobre principios sólidos y ciertos, que perpetúen por siempre la felicidad de sus hijos y, con ella, nuestra honrosa memoria. Hasta aquella escasa porción de conocimientos que en otras provincias se suele hallar entre sus nobles y su clero es aquí por lo común más limitada; la veréis envuelta en sombras y tinieblas espesas. En medio de un suelo fértil y abundante, como aislados en él y apartados de la metrópoli por muchas leguas, sin puertos ni ciudades de grande población, donde uniéndose los hombres se corrompen y se instruyen, perfeccionan sus artes y sus vicios, ni el clero, ni los nobles de Extremadura pudieran cultivar hasta ahora sus ricos y admirables talentos según sus honrosos deseos. Así que, retirados y ociosos en el seno de sus familias, con unas almas grandes y elevadas, pero duras y encogidas, han cuidado más bien de disfrutar sus gruesos patrimonios y acrecentar sus granjerías, que de salir a ilustrarse ni ejercitar su razón en el país inmenso de las ciencias. No es culpa suya, no, esta escasez de luces…”

 

Ya sabemos cómo terminó Meléndez Valdés…desterrado y vilipendiado. Y mira por dónde, Tulio, el periódico de mi provincia clama contra el abandono en que el ayuntamiento de la capital mantiene una de las dos esculturas que adornan su paseo principal. Es aquella avenida que le sirvió al hortelano para comprobar por sí mismo que los grandes paseos llenos de arboles y flores y señoras encapirotadas  -¿serian aquellas las que regalaban mantos a la patrona?- existían en verdad y no solo en la pantalla del cine de invierno. La avenida de mi ciudad tiene dos esculturas que le hacen flanco. Al oeste, la del poeta Gabriel y Galán al que tiene gran respeto y aprecio la población más conservadora. Al lado este, está la estatua de un prócer liberal sobre el que el común de los ciudadanos, estoy seguro, ni saben quién fue ni que pinta allí. Se llama Muñoz Chaves y su escultura, según estoy leyendo, se conserva en estado lamentable. A la de Gabriel y Galán, todos los años le llevan flores y le llueven homenajes. Sobre el político liberal,  nunca más se supo, pero fue tan importante e influyente que a los liberales en mi provincia los llamaban “chavistas”. Este Muñoz Chaves era nacido en la otra provincia y cuando se erigió la escultura parece que los pacenses lo reivindicaron, porque ya entonces las minorías extremeñas mantenían el conflicto entre las dos capitales que separa la sierra de San Pedro. El debate no es cosa de la historia, el hortelano ha comprobado hasta qué punto se mantienen vivo aunque solo aflore a la hora de las cervezas. Somos pocos pero mal avenidos…

Estoy reparando, Tulio, en que los dos personajes a los que me refiero, Muñoz Chaves y Meléndez Valdés, fueron pacenses, aunque las referencias periodísticas a las que me refiero ocurrieran en Cáceres y ya conoces la estadística corrosiva que circula por las maquinarías tratando de documentar, a través del origen de quienes ostentan los cargos públicos, la prevalencia absoluta de los nacidos en Badajoz sobre los de Cáceres. Son cosas de la política y de sus burócratas, pero dan mucho juego a la hora de desviar la atención sobre lo que de verdad nos importa. Te decía, Tulio, que los de pueblo somos reservados y retraídos, pero los que vivís en las capitales solo aplicáis la retórica a la hora del verdejo.

En los tiempos de Meléndez Valdés Extremadura se llamaba provincia y mira, Tulio, lo que dijo aquel día en Cáceres. Quítale la quincalla romántica, y mira si es o no de aplicación lo que dijo hace casi un siglo y medio:

“esta ilustre provincia (Extremadura), cuyo genio pundonoroso la arrastra al heroísmo en todas las carreras, cuyos hijos se han señalado siempre en cuanto han emprendido de grande y de difícil, y que con las famosas conquistas de sus Pizarros y Corteses mudó en otro tiempo la faz de Europa, abrió al comercio y la industria las anchísimas puertas de un nuevo mundo, y a la sabiduría un campo inmenso, una inexhausta mina de observaciones y experiencias en que ocuparse y engrandecerse; es hoy, por desgracia, la menos industriosa de las que componen el dominio español, y la que menos goza de sus inmortales hijos

 

Desde el chabuco de su huerta, el hortelano contempla cómo el ventarrón de primavera doblega los sarmientos de las parras y cómo desflora los rosales. Está lloviendo sobre la siembra de las patatas y, Dios mediante, habrá cosecha abundante. Piensa que en esta tierra, “la menos industriosa de las que componen el dominio español”, el periódico lleva a su portada el manto número 97 de la patrona, dice que la estatua del prócer liberal en el paseo principal de la capital está desbastada, y el periodista que homenajea la ceremonia de constitución de la Real Audiencia de Extremadura ha olvidado el discurso del extremeño que murió en el exilio por ser “ilustrado”. ¡Cosas de la capital vistas desde la aldea!

 

Del carácter “neandertal” de nosotros los extremeños

 

Amigo Tulio, habrás leído estos días lo que se dice en los papeles sobre el origen de los  agricultores y de los cazadores, y sobre cómo el hombre primitivo comenzó siendo cazador/recolector hasta derivar a la agricultura. Lo dicen referido a cuando nuestros abuelos los neandertales y los homo sapiens, milenios atrás, se cruzaron entre sí, y de ellos parece que procedemos. Se dice en dos libros muy serios, documentados en las últimas investigaciones de antropología biológica, que los primeros vivían felices y en armonía, mientras que los segundos, los sapiens, empezaron a competir para progresar socialmente ¿Qué nos importará a nosotros, por viejos que seamos, las elucubraciones que se están poniendo de moda sobre cómo se comportaban los sapiens y los neandertales, y si no hubiera sido preferible que la humanidad no se hiciera sedentaria inventando la agricultura, y así habríamos continuado siendo hombres cazadores y recolectores, sin preocuparnos por la lluvia o por la sequía, y sobre todo sin tener que esforzarnos en cultivar el terruño sea propio o ajeno? Dicen que allí comenzaron nuestras desgracias porque el homo agricultor metió por medio la codicia para cultivar más y mejor, y, de mejora en mejora, es decir de codicia en codicia, hemos llegado a los Mac Donald y a Wall Street, y a producir especímenes como el tal Ignacio González, de quien el hortelano impertinente supo a ciencia cierta, hace no menos de seis años, que era homo codicioso y avaro.

 En el portalillo de mi huerta estoy leyendo uno de estos libros en el que se trata de demostrar que el avance más importante de la civilización europea se registró cuando nuestros ancestros descubrieron la cerveza. Descubrieron que sorbiendo aquel destilado de semillas silvestres se encontraban mejor, más enardecidos, hacían mejores versos o acaso copulaban con más entusiasmo. A partir de entonces se dedicaron a perfeccionar aquel brebaje. Era sencillo pero revolucionario: cultivarían las semillas silvestres y seleccionarían cada año las mejores. Algo parecido a lo que hicieron nuestros paisanos extremeños cuando se trajeron de América  simientes de tomate y de maíz, o como yo mismo hago guardando cada año en un bote de potitos las semillas de mis tomates “morunos” o las pipas de calabaza. Desde aquella lejanísima fecha, al cabo de una o varias glaciaciones, llegamos al día de hoy, en el que, por ejemplo, en el chabuco de mi huerta estoy, hoy mismo, sorbiendo un vino tinto de las bodegas Habla, de a 4,90 euros la botella, que es bueno y sobre todo de precio competitivo. Los vinos extremeños de más de 15 euros no merecen la pena y, si la merecen, nunca abrirán mercados que nos saquen de pobres.

Decía, Tulio, que el paso del homo sapiens de cazador/recolector a agricultor/sedentario no fue en balde. No lo digo yo, lo dice Karin Bojs (Mi gran familia europea, Ariel) y lo dice Yuval Noah (De animales a dioses, Debate), ¡oigan ustedes, dos eminencias!. Y lo dicen con tanta seguridad que este pobre hortelano no debiera dudarlo. Pero el hortelano está dispuesto a hacer una impertinencia a favor de los agricultores y en detrimento de los recolectores. Y es más: se atrevería a decir que a los extremeños “nos va como nos va” porque hemos hecho más caso a Yuval Noah que a Karin Bojs. Los sapiens no es que fueran más inteligentes, que a lo mejor lo fueron, sino más habilidosos, más diligentes que los perezosos neandertales que se pasaron los milenios sesteando tan pronto como llenaban la panza con frutos silvestres.

Mira, Tulio, el asunto tiene más miga de lo que parece. Resulta que los extremeños que conservan el ADN de los neandertales, es decir del homo cazador/recolector, son mayoría frente a la escasa grey de los homo cultivadores. Los primeros se limitan a recoger, con poco esfuerzo, lo que la vida les va ofreciendo, sean subvenciones o empleo protegido; los segundos maquinan para producir vino de a 4,90 e. la botella o, hartos de tanta protección, se las ingenian para embotellar cerveza artesana, tal vez sin conocer que con la cerveza comenzó la cadena humana del progreso. Y hasta puede que aquellos sean más felices, porque ya es conocido lo que el informe PISA sostiene: que los muchachos extremeños y andaluces son más felices que los del resto del reino de España, por mucho que mi amigo el liberal opine que la alegría de los perezosos la financian los diligentes.

A más/a más, -como dice mi vecino recién regresado de Cataluña para cultivar lechugas y patatas junto a mi huerto-,  hablaba yo este Viernes Santo con un ganadero de lo mal que se presenta la primavera y el verano. En una semana, los campos se han mustiado y el verde de los pastizales se va dorando poniendo fin a esta  primavera escuálida si el buen dios de los agricultores no lo remedia. Y él me decía que, al fin y al cabo, la escasez de pasto de este verano la compensará con los muchos kilos de avena/veza que ha sembrado. Solo pide una tregua a las tormentas para que no arruinen su cosecha.

Aquí es donde yo quería llegar, amigo Tulio. Y lo explico. El hortelano, que ya ves que se ha pasado meses sin hacer impertinencias, se admira y se sorprende cuando repara, de aquí para allá, en los paisajes de su tierra. Son los más bellos que Dios ha creado y, si no son, como si lo fueran. Prefiere -¡cómo no!- el paisaje de la dehesa y, si es en primavera, le deslumbra la dehesa florecida, las magarzas, las azulinas y los gamones como hachones encendidos, y qué decir de la flor de la encina, modesta y contenida como es el carácter de mis paisanos. Allá donde no haya encinas, no te olvides de admirar las laderas de mi aldea embellecidas por el cantueso y las retamas. ¡Una maravilla, Tulio! ¡Un prodigio! Pero tan pronto como pasa el tiempo de la diosa Flora, se acabaron los gozos de la mirada. ¿Cómo es posible que estos campos tan dilatados, decenas de miles de hectáreas que difícilmente se abarcan con la mirada, sean eriales? Sin cultivo, sin que nadie, como mi amigo el sembrador de la avena/veza, los ponga en “rendimiento”. Sitúate en cualquier promontorio, en cualquier colina de nuestra patria extremeña, preferiblemente en aquellas que no tengas en lontananza los regadíos de las Vegas, ni en las llanuras de Barros, sitúate en uno de los miles de oteros desde el que divises un universo de secano. Piensa en la producción efectiva de esas miles de hectáreas que dominas con la vista. No verás ni un almacén ni una fábrica. Si eres propenso a elucubrar, echa cuentas: cuántas cabezas de ganado sustentan esos territorios; cuántos jornales o empleos promueven por kilómetro cuadrado, cuanta riqueza producen, y a dónde se dirige el escuálido fruto de esos infinitos territorios. Son, sin duda, paisajes neandertales.

El extremeño con dominancia de ADN neandertal se contenta con alimentar sus ganados con el fruto espontáneo de las estaciones. Si vienen bien dadas, los rebaños crecerán rollizos y en primavera sestearán con la panza repleta. Si los cielos no descargan lluvia, tiempo habrá de lamentarse en la taberna. Mi amigo que siembra avena-veza se hace cruces de por qué no se asocian para sembrar o recolectar como aprendieron a hacer las hermanas hormigas hace milenios.

No te doy más la monserga, Tulio, con las cavilaciones de este pobre hortelano que cultiva un pegujal de patatas y de rosales. Pero si tuviera tiempo, se adornaría con la herencia mesteña que hizo imposible la vida a los agricultores en favor de los ganaderos de la nobleza y de los Cabildos. Y sin irnos tan lejos, traería aquí lo escuchado el otro día en la Asamblea de Extremadura sobre el proyecto estrella del presidente Vara de la “economía verde” y la “economía circular”, que fue cuando pensó este hortelano que habían regresado los neandertales. No sé si estarás de acuerdo, Tulio, pero a mí lo escuchado me produjo una profunda tristeza. Era tanto como reconocer nuestro fracaso como pueblo, como si fuera un retroceso a nuestro origen neandertal: ya que hemos sido incapaces de prosperar y de crear empleo productivo, inventemos que otros nos paguen por mantener el paraíso ecológico que habitamos. Algo parecido a lo que legisló el presidente Roosevelt para favorecer las reservas de los nativos americanos. Alistémonos, pues, en un sistema basado en la conservación a ultranza del paisaje y del medio ambiente, aplicando el método “multierres”: repensar, rediseñar, reproducir, reparar, reducir, reutilizar, recuperar, re…Cuando en tiempos de Franco inventaron aquello de “orgánica” aplicado a la democracia y de “vertical” a los sindicatos, ya sabíamos que ni era democracia ni eran sindicatos. Lo mismo me ocurre con lo de “verde” o “circular” apellidando a la economía. ¡Tremendo, Tulio, tremendo! Imagino que la rendición de los neandertales frente a los sapiens tuviera mayor gloria e inteligencia.  

Es posible que en esta tarde de Viernes Santo la acumulación de belleza que esconde este tapial me esté nublando, amigo Tulio, las entendederas. O acaso que tanta meditación de tiempos remotos y tanta reflexión contradictoria (lo dijo JRJ: “amor, amor, amor; amor en el lugar del excremento”), esté favoreciendo la melancolía que producen los aromas de la huerta. Porque a nadie importa la nostalgia que un hombre provecto siente cuando recibe un regalo inesperado. Y es que la providencia le ha reservado el don de recibir un pequeño tesoro: el sillón de su bisabuelo. Es un objeto sencillo y tosco, probablemente torneado en el taller carpintero familiar. El bisabuelo era labrador, es decir perteneciente a la estirpe de los sapiens. Creó, según tengo entendido, un huerto con frutales al borde de una rivera en el lugar más prodigioso de su aldea. En su honor, en honor al sillón del bisabuelo hortelano, allí entronizado, juro al cielo que este su vástago leerá, tan pronto lo tenga a mano, el testamento de Petrarca. Quiero al fin saber a quién dejó su huerto/jardín de Arquá, a quién legó su biblioteca y el modo como trató de curar su melancolía mirando su ultima primavera, año de 1374.

EL HORTELANO LLEGA A LA CONCLUSIÓN QUE LOS PROBLEMAS DE LOS EXTREMEÑOS SON DE LA INUCUMBENCIA DE LOS DIOSES

 

En mi aldea llamamos avisperinas a los chamaríes. Las nombramos en femenino, sean machos o hembras. El canto de los chamaríes  es el más cálido y sentimental de las aves de mí aldea. En otros pueblos de la comarca a las avisperinas las llaman verdecillos. Son, en definitiva, uno de esos pajarillos pequeños, humildes, las más de las veces innombrables, porque solo unos cuantos en mi aldea sabemos distinguirlos de los verderones, de los pardillos o de los trigueros. Sí, en cambio, de los jilgueros, que son la aristocracia de los pajarillos cantores en estos andurriales. A lo que vamos: el gorjeo de las avisperinas son para este hortelano impertinente el más amoroso de cuantos en primavera se asientan en la huerta. No tengo empacho, amigo Tulio, en reconocer que el canto de las avisperinas, sobre todo cuando se barrunta la primavera, me enternece. Como son tan insignificantes -apenas unos gramos de peso- anidan en cualquier parte, seguros de que los rústicos los hemos respetado desde siempre porque en nada sirven para engrosar los garbanzos. 

Este hortelano, lector impenitente e inexperto y, además, de flaca memoria, estaba decidido a escribir esta mañana sobre el balance económico y social de los extremeños durante 2016, y comenzó escribiendo que será por los idus de marzo, es decir dentro de nada, cuando conoceremos el dato más fehaciente, más sólido, irrefutable, de las cuentas de Extremadura. Sabido es que nosotros somos las avisperinas de la nación, los más modestos, los más humildes, pero tal vez los más conformes con nuestra propia naturaleza. Recuerda el hortelano que cuando se celebró no sé qué exposición de Zurbarán en el Museo del Prado, hará por lo menos 30 años, leyó en el catálogo una referencia de antaño dirigida al pintor de Fuente de Cantos afirmando que su pintura era modesta y austera “como corresponde a la naturaleza de su tierra”. Ya le gustaría al hortelano encontrar aquella cita para reproducirla textualmente y glosarla como merece. Como le agradaría al hortelano, ahora que escribe sobre pintores, conocer algo más de un pintor extremeño que firmaba en el siglo XVII con el nombre de “Labrador”. Se llamaba Juan Fernández y fue el pintor preferido por algunas Cortes europeas. Nadie mejor que él pintó un racimo de uvas, y quien no esté conforme que se asome al Museo del Prado. Labraba por lo visto sus campos  y, de cuando en vez, cogía los pinceles para retratar la cosecha de su huerta. Creo recordar también que cuando estaba en la Corte gustaba de bajar a la cañada que la cruzaba para poder conversar con los pastores y los gañanes. Me da la impresión que la presencia de los cuadros del Labrador en el Museo del Prado es el resultado de un escándalo de corrupción, si no todos, algunos de ellos. Pero el tema no viene al caso, y si alguien tiene curiosidad, que consulte en la maquinaría.

Amigo Tulio, no tomes al pie de la letra las referencias que escribo, que ya sabes que lo hago en el chabuco de la huerta sin más auxilio que la memoria, atento no más a escuchar el primer gorjeo de las avisperinas, sean machos o hembras. Por eso dudo si los idus de marzo se celebraban al comienzo del mes de Marte o ya entrada la primavera. En todo caso, los idus para los romanos eran días de buenos augurios, fechas en las que los dioses se apiadaban de los humanos y les enviaban regalos de prosperidad, a ellos y a sus ganados. En marzo era cuando las vacas y las ovejas quedaban preñadas y se preñaban de flores fructíferas los manzanos y las vides. Bien seguro que nuestros ancestros de Mérida implorarían el favor de los dioses sacrificando en marzo una oveja primala o un morueco merino. Ojalá el hortelano tuviera ahora a mano uno de sus libros preferidos, los “Fastos” de Ovidio, y así podría no solo fijar la fecha exacta de los “idus” sino cómo conjurar la ira de los dioses contra el bienestar de los extremeños. El hortelano no tiene duda a estas alturas de que el problema principal de los extremeños incumbe a los dioses. Y siendo así que es en marzo cuando el Instituto Nacional de Estadística hace publicas las cuentas regionales, sabremos si se confirman o no los peores augurios, aquellos que ya conocíamos en el pasado diciembre y adelantaban que Extremadura era la Comunidad con menor PIB y renta per cápita de toda España. Nada nuevo, para nuestra desgracia. Este es, como digo, el dato principal y yo diría que exclusivo para medir el presente y el futuro del bienestar de los extremeños. El segundo índice en importancia ha sido catastrófico. Me refiero a la EPA. Hasta ahora era Andalucía la Comunidad con más paro. En la última EPA, la principal, la que recoge los datos de todo el año, somos nosotros, los extremeños, los más parados. Renta per cápita, paro…

Estoy leyendo tu pensamiento, amigo Tulio. Estas tratando de objetar que a pesar de todo ello, Extremadura cuenta con los mejores índices de bienestar, que los mayores extremeños están entre quienes viven con mayor satisfacción, etc., etc. Claro que sí, amigo Tulio: ¿no ves lo feliz que soy debajo de la higuera, cosechando naranjas sanguinas, ajetes tiernos y espinacas? ¿No ves cómo estoy gozando atisbando el primer gorjeo de las avisperinas? Los cielos están limpios, la dehesa está totalmente enverdecida y, pronto, los arroyos se llenarán de ranúnculos, y una alfombra de magarzas festoneará las laderas, y los prados se llenarán de orquídeas silvestres, y las rapaces estarán requebrándose en los cantiles de Monfragüe. Soy tan feliz como Virgilio y Horacio lo fueron. Soy todo lo feliz que pueda ser un hombre en esta tierra. Si me duele aquí o allá, tengo el servicio médico a no más de 15 minutos. Cobro, al igual que la mayoría de mis paisanos, puntualmente la pensión. El día que se me trabuque la memoria o el entendimiento, tendré una plaza en la residencia junto a la gente de mi aldea. ¿De qué nos quejamos, amigo Tulio?

Verás, amigo Tulio: no logro quitarme de la cabeza el dato de la EPA 2016…He hablado en estos días con un joven profesional que trata de ganarse honradamente la vida en Extremadura. Lo he visto sinceramente descorazonado. Le he preguntado cuántos de sus compañeros de curso trabajan actualmente en Extremadura y si lo hacen en su especialidad. Le he preguntado si conoce alguna estadística sobre las ofertas de empleo para los titulados en los segundos ciclos de la enseñanza profesional…¿Te lo digo?

Al regreso de la huerta, durante los veinte minutos que dura la travesía por la A-66 , he adelantado a tres camiones enormes cargados de cerdos ibéricos…Siempre que los veo me acuerdo de la EPA y del PIB, también de una amiga. El hortelano tenía y tiene una amiga que cuando joven se desplazaba en coche descubierto. Una vez me dijo que por mi tierra no se podía viajar en descapotable porque siempre que se cruzaba con un camión se le colaban dentro los purines de los cerdos…

Al grano, Tulio, que ya ves que desvarío.

Imaginemos, Tulio, que la situación que lamentamos no fuera culpa de los políticos. Hacen lo posible y lo hacen con la mejor voluntad. El desarrollo, la prosperidad y la creación de empleo depende de tantos imponderables, de tantas variables y coyunturas nacionales e internacionales, que muy difícilmente los gobernantes extremeños  pueden crear riqueza. El desarrollo de Extremadura no depende de sus gobernantes. Bastante hacen con administrar unos presupuestos que les vienen dictados por el Estado. Extremadura por sí sola no puede revertir una situación de crisis o de subdesarrollo. Y tal vez por eso acaban de descubrir que el origen de los males de Extremadura es el ferrocarril. ¡Albricias!

Imaginemos, por el contrario, que aún reconociendo lo anterior, los gobernantes extremeños disponen de instrumentos importantes para producir un cambio de modelo económico en la Comunidad. El Estado le aporta importantes fondos de solidaridad y Europa, en los últimos veinte años, ha hecho un aporte extraordinario de recursos para favorecer el desarrollo. Si Extremadura, a pesar de ello, no adelanta en el proceso de convergencia con el resto de las Comunidades Autónomas, debiéramos pensar que la cosas se están haciendo mal o, lo que es peor, que el tratamiento que se aplica es incorrecto, y en lugar de corregir la enfermedad, la agrava.

Imaginemos que por mucho que nos empeñemos, la “cosa” extremeña no tiene solución ni a corto ni a medio plazo. Prosperaremos, más o menos, al compás que lo hagan las Comunidades vecinas. Dejemos de una vez por todas de preocuparnos de la EPA, del PIB y de PISA. Somos como somos y punto en paz: “más duros que los alcornoques y más que los jierros de las jerramientas” según los versos del poeta de Guareña.

Imaginemos que la responsabilidad del atraso y del paro la tuviéramos los extremeños en general y en particular. Los empresarios por ser poco o nada creativos; los profesionales por acomodarse a la situación de supervivencia; los sindicatos por sometimiento; los colectivos y asociaciones por pura endogamia política; los particulares porque bastante hacen con subsistir.

Cuando lleguen los idus de marzo, antes de que el INE nos vuelva a colocar el espejo ante las narices, este hortelano, que lo es de vocación y dedicación, ofrecerá las primicias de su huerta al dios de la prosperidad convencido como está que los problemas de Extremadura son de incumbencia de los dioses.

 

DE SI SEMBRAR TOMATES AUTÓCTONOS NO SERÁ COLABORAR CON EL “INCONSCIENTE COLECTIVO” DE LOS EXTREMEÑOS

 

 

¿Quién le mandará a este puñetero hortelano ocuparse o preocuparse en estas fechas navideñas en saber si a su tierra, en el año recién terminado, le ha ido bien, mal o regular? Bien del todo no le ha podido ir porque no hace falta acudir a los papeles para conocer que los jóvenes extremeños, en general y en particular, no tienen fácil, y para muchos será imposible,  encontrar trabajo en su tierra en el año que comienza. Mal/mal tampoco nos ha ido porque, fíjate, amigo Tulio, que en los últimos doce meses hay 12.000 extremeños menos en paro. Y la cifra se exhibe en los periódicos, y hasta la oposición pasa de puntillas acudiendo a los tópicos habituales: que si el empleo es precario, que si el paro de los jóvenes, que si…¡Mira que debe ser difícil ser portavoz del gobierno o de la oposición! Dicen lo que le mandan decir en los “argumentarios”, que es una cosa que se inventaron los cuarteles generales de los partidos políticos para evitar que sus portavoces en las provincias dijeran gansadas…Porque, ¡vamos a ver!, ¿de quién es el mérito si hay menos parados? ¿Del Gobierno de Madrid o del de Mérida? ¿De quién la culpa de que sigamos siendo los más parados? ¿De Rajoy o de Fernández Vara? Y si no fuera culpa de ninguno de los dos, sino de nosotros los extremeños…

Como el hortelano no se fía de los portavoces, ni siquiera de los periódicos, ha buscado un hueco para leer con lupa los balances oficiales y tratar de descubrir cómo le ha ido a Extremadura en el año recientermiando. Y mira, Tulio, lo que he descubierto en relación con el problema principal de los extremeños, de los españoles y hasta de los habitantes de Pensilvania: el paro. Te había dicho que, en 2016, 12.000 extremeños menos sufrieron el paro. ¡Estupendo! Y me pregunto: siendo así que Extremadura, junto a Andalucía, son las dos comunidades autónomas con más paro y con menos renta, cómo nos ha ido respecto al resto de las regiones, porque en todos ellas ha disminuido, afortunadamente, el paro. Cabría esperar que en Extremadura y en Andalucía que parten de muy abajo en la carrera por crear empleo, el paro hubiera disminuido más que en el resto. ¡Pues, no! Extremadura ha sido la Comunidad Autónoma donde menos ha disminuid el desempleo en 2016 (un -6,81 %). ¿Lo has leído en alguna parte, amigo Tulio? ¿Se atrevió a decirlo el presidente extremeño en su mensaje de final de Año a todos los extremeños? Me dirás que no sea ingenuo; que qué cosas escribo…Repito: las tres provincias españolas en las que menos disminuyó el paro fueron, por este orden: Cáceres, Santa Cruz de Tenerife y Badajoz, estas dos ex aequo. Lo normal sería que durante 2016 Extremadura hubiera acortado el diferencial de paro que la aleja de las otras Comunidades. Pues, no. El diferencial ha empeorado. ¡Mal, muy mal, señor Rajoy! ¡Mal, muy mal, señor Fernandez Vara! ¡Mal, nosotros todos los extremeños, que todos somos responsables! No vamos en buena dirección…

Recuerda ahora el hortelano lo que ya escribió en estas emborronaduras a propósito del discurso del bisabuelo zafrense de don Antonio Machado, José Álvarez Guerra, en su toma de posesión, en 1822, -¡ya ha llovido, desde entonces, Tulio!- del cargo de “jefe político”  de Cáceres, una especie de gobernador civil para toda Extremadura, cuando se fijó como meta de su mandato que Extremadura igualara lo antes posible el nivel de riqueza de las otras regiones y “aún superarlas si fuera posible”.

Ya ves, Tulio, que el género de los ingenuos viene de lejos y con precedentes tan ilustres como la estirpe de los Machados; el género de los ingenuos y el de sarcásticos, porque escribir “nivel de riqueza” aplicado a los españoles y a extremeños de aquella época era algo más que una ironía.

A propósito de la pertenencia al género  de los impertinentes o de los ilusos, dispensa, Tulio, que te dé la vara recordando a otros ilustres miembros de esta Hermandad, porque uno admira a quienes a lo largo de la historia han aportado a la sociedad alguna invención que trascienda a sus vidas. Y mucho más si se trata de personajes extremeños. Está claro que el hortelano siente predilección por quienes crearon en su tierra bienestar, trabajo o pensamiento. Los hubo y los hay, que nadie lo dude. Lo que ocurre es que no son suficientes para recuperarnos del atraso de siglos por los siglos, amen. Y seguimos todavía en tiempo de  amenes, instalados en los síes, cuando tantas veces habría que haber dicho  no/no/y no… Pero ejercer de continuo el pensamiento crítico no es bueno para la salud; cuídate, amigo Tulio, de los excesos críticos, así sean bienintencionados, que luego pasa lo que pasa… Te recuerdo, Tulio, que en su otra vida, el hortelano frecuentaba las librerías de viejo. En cuanto se descuidaba, es decir entre tabarras y monsergas, se sorprendía arrastrando el tranco por la cuesta de Moyano o por la calle del Ateneo o sus aledaños. Como un aprendiz de Baroja, aunque sin  txapela. O como Azorín, con abrigo y paraguas. A Azorín el escribano lo vio metido en la caja de pino en su casa de la calle Zorrilla. Es tiempo pasado. Pero no olvido que una vez encontró por allí una edición de Platero, de las de la Residencia, garabateada por un combatiente en la batalla del Ebro mezclando líricas y pólvora. Y el hortelano, más joven entonces, se emocionó. Y sin embargo ahora mismo, cuando abandona la huerta, vuelve al pasado y mire usted por dónde se ha traído en el gabán un librejo de aquellos que alegraban los ojos a mi amigo de Cañaveral, que, uno a uno o a brazadas, logró reunir doce mil libros e impresos referidos a Extremadura. Él decía que los libros no los encuentras, te encuentran ellos a ti. Al hortelano esta mañana lo ha encontrado uno que dice tal cual así:

La generalidad de los pueblos de la provincia de Cáceres arrastran vida pobre y miserable, de lo cual es ya indicio su escasa densidad de población…He dicho que en ella malviven y mueren sus habitantes, porque en efecto la raza está allí depauperada…¿Y sabéis, señores, por qué está aquella raza tan empobrecida y tiene tan pocas resistencias orgánicas? Pues sencillamente porque no come, porque no gana para comer…, una gran parte de lo que da de sí la tierra trabajada por aquellas pobres gentes, sale de allí, viene principalmente a Madrid por obra y gracia del absentismo que es una azote…”

¿Te imaginas, Tulio, quién escribió -lo escribió en 1921- esta denuncia que en aquellos tiempos ni era prudente ni honorable? ¿Un componente de aquellas minorías que, en ese mismo año, fundaban en Madrid el Partido Comunista de España o de aquellos socialistas que ya estaban peleados? Ni siquiera era uno de aquellos primeros sindicalistas ferroviarios que sembraban acólitos en Mérida o Plasencia/Empalme. Era un católico ¿progresista? que se rebeló contra el contubernio de los terratenientes.

Por supuesto que son, Tulio, tiempos pasados, superados, olvidados. Como lo está el autor de aquellas líneas. Se llamaba León Leal Ramos, uno de los prohombres del Cáceres de la primera mitad del XX. En lo que el escribidor conoce de él -otro libro “viejo” de pequeñas semblanzas cacereñas y éste mismo de color no solo sepia sino de paja de barbecho- debió ser hombre valiente e impertinente en aquella Extremadura, entonces sí, de siervos y de señores.

Mira, Tulio, cómo se quejaba en 1915 del comportamiento de sus paisanos, los parientes próximos de quienes hoy también miran para otra parte cuando se les recuerda las enormes carencias de nuestra tierra:

“No me importa, por mí, que mis palabras caigan una vez más en el vacío. Aunque eso implicare un desaire o un desprecio para mí, yo hablaría porque quiero a mi pueblo y no quiero ser de esos muchos que en tertulias y cafés censuran indignados los desaciertos de los Alcaldes, Ayuntamientos, particulares, y comisiones, y no hacen más que esa labor negativa, de censura, , que a ellos por su pasividad, les cuadra mejor que a cuantos, si no aciertan, arriman al menos el hombro”

No sabía yo que el tal León Leal Ramos, con calle de importancia en la capital del hortelano, y con una muy importante labor social en los años tremendos de las vísperas de la Guerra Civil, ejerciera la virtud de la impertinencia con tanta maestría. Y vistas así las cosas, es por lo que este modesto cofrade piensa de nuevo qué lentos pasan los tiempos para la regeneración de los extremeños. No digo ya que fueran ingenuos Jose Álvarez Guerra en 1822 y León Leal Ramos en 1921, que soñaban con la idea de que Extremadura igualara “la riqueza” del resto de las regiones, sino que continúe siéndolo, casi dos siglos más tarde, un puñado de ilusos que seguimos preguntándonos que nos pasa a los extremeños para que, de las cincuenta y una provincias españolas, sean las dos extremeñas las que menos redujeron el paro en 2016.

Olvidaba dos cosas, amigo Tulio. La primera es decirte que los párrafos que he transcrito de León Leal corresponden a la conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid, el día 17 de mayo de 1921. En el texto figura la denuncia de la situación bochornosa de los latifundios en unos diez términos municipales cacereños , con indicación del porcentaje que ocupaban respecto al que estaba en manos de los residentes. ¡Qué escándalo, Tulio! Porcentajes que fluctúan entre el 60 al 80 % de los términos en poder de terratenientes absentistas.

Lo segundo es todavía más importante: te digo que ya están en los semilleros de la huerta las simientes de los tomates de verano. ¡Qué despaciosamente progresa la naturaleza: sembrar en enero para cosechar un puñado de tomates en verano! Hemos plantado morunos, negros de Crimea y rosados de los que sembraban los campesinos de mi pueblo a lo largo de los años. Pero el hortelano tiene una duda respecto a estos últimos: si acaso sembrando los autóctonos no estará de alguna forma colaborando a mantener el inconsciente colectivo de los extremeños; es decir, si, sembrando tomates de los de toda la vida, no estará acaso favoreciendo los condicionantes biológicos del atraso de todos nosotros. Decía León Leal, un hombre culto y cultivado, que “la raza está allí depauperada” por el hambre. ¡Qué fuerte!, que dicen mis nietos adolescentes.