13 de septiembre 2020

Foto NDG

“In memoriam: Recuerda, Tulio, la noche en que decidisteis en consejo de familia deportar a los ancianos al pabellón de los inválidos a la espera de que su tiempo se cumpliera. Recuerda, Tulio, que no teníais ni trapos ni plásticos para protegerlos, ni a ellos, ni a quienes los cuidaban. Murieron solos y sin dignidad. Los enterramos en el más completo desamparo. ¿Recuerdas, Tulio, aquellos tiempos de verbenas y de fanfarrias?” ( De “Liviandades”)

Estábamos haciendo cola en la plaza, “una de las plazas mayores más bonitas de España y probablemente del mundo” (sic) según el escritor Eduardo Moga, decía que hacíamos cola en un emplazamiento tan privilegiado para comprar el pan y el periódico -dos importantes nutrientes- cuando comenzaron a doblar las campanas. Lo de “doblar las campanas” me temo que lo entiendan solo la gente mayor de pueblo, especímenes en franca regresión. Doblaban las campanas pero nadie pareció inmutarse por la sencilla razón de que ya es rutina que en mi pueblo las campanas toquen a muerto, como le sucedía a aquel forastero (Clint Eastwood) recién llegado al poblado, y al que el campanero le previno con una frase que viene a cuento: “aquí se pasan la vida entre entierros y funerales”. Algo parecido, efectivamente, nos ha sucedido este verano pues raro ha sido el día en el que, al amanecer, las campanas, sean de Santa María o de San Pedro, no hayan esparcido sobre los tejados el sombrío recuerdo de que durante veinte días de confinamiento murieron tres decenas largas de ancianos. ¡34 muertos en un pueblo con vocación de aldea! Es probable que en toda su historia nunca como en la pasada primavera la muerte haya tenido una presencia tan destacada. A poco que lo pienses, Tulio, eran gente de mi generación y por ello me siento más concernido. Todos tienen nombre; a la mayoría los conoces y, si no, a poco que te lo expliquen, sabes quiénes son sus hijos y sus nietos.

Ahora, cuando al fin tenemos una cierta libertad de movimiento, se celebran los funerales que antes no se hicieron. Es la razón de que el paisaje sonoro del pueblo durante este verano esté impregnado del doblo por los muertos. Pocas cosas más sobrecogedoras, amigo Tulio, que el tañido grave e imponente de una campana bien timbrada como son las de mi pueblo. Cuando apenas se ha diluido el anterior, otro ocupa su lugar, y así sucesivamente durante un tiempo tan prolongado que ya no recuerdas cuándo comenzó ni cuándo al fin termina porque el zumbido de cada campanazo se mantiene líquido en tu cerebro. Como una pedrada en las aguas del estanque cuyas ondas se propagan hasta extenuarse. Tú mismo, Tulio, nos podrías ilustrar sobre cómo las religiones utilizan las reiteraciones sonoras para provocar emociones devocionales. Lo hacen los tibetanos haciendo sonar el gong, los sufíes en los bailes circulares y los benedictinos en las abadías recitando los salmos. Tan cierto, que un amigo me dijo hace poco que, escuchando las campanas de duelo, le entran unas ganas irrefrenables de hacer confesión general. En cambio, mi nieta adolescente bajaba este verano del dormitorio todas las mañanas diciendo: “¡abuelo, las campanas…!”

¡Oh, las campanas…! Otra vez las campanas tocando a muerto. De poco te sirve recordar la emoción con la que seguiste el duelo de las campanas de Salzburgo cuando bajabas de la colina del palacio del príncipe para visitar en el cementerio la tumba de Mozart y coincidió con la hora en la que las espadañas de la ciudad conmemoraban el Día de Difuntos.  El decorado parecía sacado de Visconti en Muerte en Venecia. Aunque la mejor escena de funeral compartido ocurrió al comienzo del verano en el cementerio. El cementerio de mi pueblo está en una ligera pendiente y arriba, en la parte de la ampliación, hay una pequeña meseta en la que instalaron un altar. Mi amigo el geógrafo, tan impertinente como el hortelano, dice que en esta tierra lo único que crece y se amplían son los cementerios. Pues bien, en aquella esplanada, además del altar, instalaron un monolito en memoria de los muertos por la pandemia y un cirio encendido. Leyeron con solemnidad los nombres de los que murieron en la Residencia que los acogía (¿) mientras un chelo competía con el doblo de las campanas recordando a los muertos. Hubo discursos, rezos y responsos, y los presentes -me cuentan- regresaron a sus casas emocionados.

Dicen mis paisanos que están ocurriendo cosas raras desde que el virus acampó en la tierra; que la naturaleza y los animales se comportan de forma distinta. Incluso achacan al virus la escasez de la cosecha de tomates y el secado prematuro de las patatas. He sido incapaz de convencer a mi colega que vende hortalizas en el Altozano de que los tomates se pudrieron por el mildiu y la araña roja. Cuando todo pase, los jóvenes encontrarán las palabras correctas para recordar el tiempo de la pandemia. Serán los años del virus o el año de los muertos, como antes lo fueron los años de la guerra, los años del hambre, el año del aire, años en los que ocurrieron desgracias porque de los años favorables apenas nadie se acuerda.

Allá por la primavera, cogí de la estantería La peste de Camus por aquello de ilustrar lo que estabas leyendo cada día en los periódicos. Nunca pensaste que las escenas de las ratas de la novela se quedaran cortas frente a lo que tú mismo presenciaste. El artesano dice con razón que, en los días que morían los ancianos a borbotones, se baldearon las calles con lejías desinfectantes, y las ratas abandonaron las cloacas y terminaron por colonizar los cobertizos de las callejas. Y esa sería la razón de que un ejército de ratas se adueñara del gallinero de la huerta y en él se hicieran fuertes. Y así has presenciado una de las imágenes más repulsivas que puedas imaginar y que hubiera servido a Buñuel para ilustrar cualquiera de sus películas: dos ratas asaltaron la jaula del canario amarillo y con él convivieron hasta que al fin logramos liberarlo.

De acuerdo, Tulio, dejaré de hablar de muertos y de pandemias, porque no pretendo competir con los telediarios. Incluso prometo abandonar la lectura de Pessoa, buen compañero como Camus para los tiempos de desasosiego. El hortelano necesita no más de tres minutos de concentración en el portalillo del chabuco para ver el mundo con un horizonte despejado. Comencé por decir que quienes estaban en la cola en la plaza porticada para comprar el pan apenas se inquietaron por escuchar de nuevo las campanas, y que su atención y la plática iba por el derrotero de los partes del tiempo que emite la televisión. Se anunciaban lluvias, las primeras desde que despuntó la primavera y, cuando esto ocurre, a todos nos entra una especie de arrebato de energía y de vitalidad admirables. Dejemos, pues, en paz a los muertos pero a ver quién se atreve a decirle al cura que libere a las campanas del oficio de recordar a los muertos. Dentro de unas horas, el experto dice que va a llover, que las tormentas romperán la coraza del verano y están ya en la frontera. Y no hay tiempo más venturoso en las tierras de secano que los otoños que principian con lluvia. Quién sabe si dentro de unos días las hormigas voladoras, los hormigones, no colonizarán los charcos de agua y serán ellas los heraldos de la otoñada. El hortelano no entiende la mala imagen del otoño. ¡Si es tiempo de proyectos, de renovación, de sementera…! Al hortelano nada le produce mayor satisfacción que el primer trompeteo de las grullas. Lo espera cada año con la misma expectación que espera que las lluvias nos traigan buenas cosechas de níscalos, de espárragos silvestres, las primeras aceitunas, los frutos de otoño. Hoy has vendimiado las uvas del patio y has tenido tiempo para sorprenderte de la generosidad del otoño. Incluso has tenido el gozo adelantado de recoger la leña para la chimenea del invierno. Por un momento has imaginado ese día, entre melancólico y gozoso, de encender el primer fuego y volverás a recitar el adagio que te guía: “mira a las estrellas pero no olvides encender la leña en la chimenea”. Preparémonos, Tulio, para el invierno. No sólo hagas acopio de leña; procura almacenar sosiego y fortaleza, que falta nos hará para estos tiempos de cólera política y de incertidumbres incontables.

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